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Cultura viral

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Silvina Ocampo, mucho más que la hermana menor

La escritora Mariana Enríquez publica una biografía coral sobre la escritora argentina Silvina Ocampo.

 

“El más común de los lugares comunes sobre Silvina Ocampo es considerar que quedó a la sombra, oscurecida, empequeñecida por su hermana Victoria, su marido el escritor Adolfo Bioy Casares y el mejor amigo de su marido, Jorge Luis Borges. Que la opacaron. Pero es posible que la posición de Silvina haya sido más compleja”. Y es precisamente esta complejidad a la que alude en las primeras páginas de su ensayo, La hermana menor (Anagrama), lo que interesa explorar a Mariana Enríquez, que se adentra en la figura de la poeta y narradora argentina construyendo una biografía coral, a través de múltiples testimonios que dibujan un retrato poliédrico de Silvina. Y esto es lo que precisamente busca -y consigue- Enríquez: mostrarnos a Ocampo como una mujer compleja, sobre de la que se ha escrito y se ha dicho mucho, pero en torno a la cual todavía hoy quedan interrogantes, muchos de ellos fruto de las diferentes percepciones de quienes la conocieron.

Antes de la escritura, apareció la pintura en la vida de Silvina Ocampo, que con 27 años viajó a París, donde formó parte del “grupo de París”, jóvenes pintores argentinos entre los que destacaba Norah Borges, Xul Solar o Horacio Butler. En la capital francesa, tuvo como maestro a Giorgio De Chirico, cuyos cuadros no le gustaban particularmente. Sin embargo, el artista italiano tuvo una importante influencia sobre la joven, que tiempo después de dedicaría unos versos: “Giorgio de Chirico, yo fui su alumna/ Recuerdo el perfil griego y la manzana/ y el cielo de París en la ventana/ donde soñó el espacio y la columna”. Léger también ejerció una importante influencia sobre la joven, que fue su alumna poco antes de regresar a Argentina entre finales de 1932 y principios de 1933.

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Imagen vía Anagrama.

De regreso, Silvina se encontraría con Adolfo Bioy Casares y ambos se encontrarían con la literatura. En efecto, los primeros pasos profesionales de Bioy Casares tampoco fueron literarios; él había estudiado derecho, letras y filosofía con el objetivo de convertirse en estanciero, pero la literatura fue una atracción más fuerte y, como Silvina, que había dejado atrás la pintura, comenzó a dedicarse únicamente a escribir. El primer trabajo de Bioy Casares fue un libro de relatos, Prólogo, que se publicaría en 1929, el de Silvina todavía debería esperar hasta 1937, que fue cuando publicó Viaje olvidado, un libro de relatos, muy influenciado por la pintura y de un “surrealismo leve”. El libro no pasó desapercibido: Macedonio Fernández escribiría un largo artículo en diciembre de ese mismo 1937 para la revista “Destiempo”, subrayando la ductabilidad y la originalidad de los relatos, y el crítico Oscar Bietti también le dedicará una página en la revista “Nosotros”, aunque sus palabras no sarán tan elogiosas como las de Macedonio. Las críticas de Bietti fueron muy similares a las que le dirigió su hermana, Victoria Ocampo, quien en “Sur” no dudó en publicar una dura reseña, en la que define a su hermana como “una persona disfrazada de sí misma”.

Si bien el tiempo dirá que las palabras que Victoria dedicó al primer trabajo narrativo de Silvina fueron al cuanto certeras, lo cierto es que a la escritora le molestó el juicio expresado por su hermana mayor -Victoria tenía 13 años más que Silvina-, un juicio en el que, más de uno, ve reflejada la mala relación entre las dos hermanas. Algunos dicen que la mala relación data de cuando Victoria se casó y decidió llevarse con ella a Fanni, la niñera de Silvina, una de las mujeres a las que más quería la por entonces niña. Otros, sin embargo, subrayan que el distanciamiento comenzó siendo Silvina ya adulta y que se acrecentó tras su matrimonio con Bioy, que, como Borges, no soportaban a Victoria, que, por entonces, ya dirigía la revista “Sur”.

La “moral humanista, defendida por Victoria Ocampo, Eduardo Mallea y Guillermo de Torre, en estrecha sintonía con el debate de ideas que atraviesa la revista desde mediados de los años 30”, se contraponía abiertamente con la “moral formalista con la que se identificaban Borges, Bioy y su grupo de seguidores, sobre todo desde los 40”, apunta Enríquez. Si bien es cierto que Silvina no participó en ninguna de estas tendencias, sino que, como afirma Judith Podlubne, “abrió una alternativa suplementaria al antagonismo entre las morales literarias de Sur”, la confrontación entre Bioy y Victoria afectó a la relación de las dos hermanas. Y, en efecto, Silvina lamentaría que, habiéndole enviado el manuscrito de Viaje olvidado, Victoria no solo no le prestara atención, sino que lo perdiera: “Mi primera revelación, mi primer contacto con el crítico y la persona que juzga lo que se ha hecho, fue muy desdichado. La persona a quien lo entregué perdió el manuscrito”, le confesaría Silvina mucho tiempo después a Noemí Ulla.

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Silvina y Bioy. | Foto vía 'Romances argentinos de escritores turbulentos', libro de Daniel Balmaceda.

 

Silvina, una vida llena de rumores

De la mala relación entre las hermanas se ha escrito y se ha dicho mucho, aunque no siempre de acuerdo a la realidad de los hechos. Sin duda, la relación de Bioy con Silvia Angélica “Genca” desde antes de casarse con Silvina provocó el distanciamiento del autor de La invención de Morel con Victoria. Genca tenía 16 años cuando comenzó la relación con el escritor, una relación de la que, parece ser, Silvina no solo era conocedora, sino también cómplice. Dolores Bengolea, sobrina nieta de las hermanas Ocampo, llegó a decir que Genca fue amante tanto de Bioy como de Silvina, pero ¿fue realmente así? “Muchos amigos, conocidos y biógrafos dicen que es solo un rumor dañino, que le causó a Silvina graves problemas familiares. Las cartas que podrían confirmar o negar el trío permanecen inéditas”, comenta en su libro Enríquez. Lo cierto es que fueron muchos los rumores, más o menos dañinos, que rodearon a la pareja y que se hacían eco de las infidelidades de Bioy y del posible lesbianismo de ella.

Muchos de estos rumores fueron fomentados por el propio Bioy, tanto por las declaraciones que realizaría una vez fallecida su mujer como por sus escritos memorialísticos. En sus Memorias, por ejemplo, refiriéndose a Genca, escribiría: “Una noche, después de una reunión en casa, mi amigo Mastronardi exclamo: ‘Genca está poderosísima’. Gracias a este comentario advertí la belleza de Silvia Angélica, la sobrina de Silvina. Poco después fuimos amantes y empezó para mí un largo periodo de querer mucho, de ser muy querido”.

Genca, sin embargo, no fue la única amante del escritor; de unas de sus relaciones, nació Marta, que fue adoptada por el matrimonio y que Silvina trató como una hija, a la que sobreprotegió, al menos según Jovita, que trabajó en casa del matrimonio de escritores y que, a la muerte de ambos, escribió Los Bioy, donde relató muchas de las intimidades de la pareja. “Marta había sido muy mimada y tratada como una princesa”, cuenta Jovita, “no cortaba la carne porque era muy delicada y ni siquiera tenía fuerzas porque no las ejercía para nada”. A través de Jovita, se supieron muchos de los detalles de la pareja, como el enfado de Silvina al recibir en casa los gatos, animales que odiaba, de Elena Garro, antigua amante de Bioy, que le pidió al escritor que los cuidara durante su viaje, algo que Silvina se negó a hacer.

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Silvina Ocampo fotografiada por Adolfo Bioy Casares en 1959 | Imagen vía scielo.br

Sin embargo, como decíamos, muchos de los rumores vinieron del propio Bioy –“el más cercano, el menos objetivo y al mismo tiempo el más autorizado” en palabras de Enríquez– que, en sus anotaciones diarias sobre las visitas que realizaba Borges a su casa, dejó entrever la antipatía que sentía Silvina, a pesar de la amistad que les había unido en principio, hacia el autor de El Aleph, que, sin embargo, siempre en palabras de Bioy, “la quería muchísimo” y la admiraba. A pesar de ello, las discrepancias literarias los distanciaban: cuando Borges afirmó que el éxito de Baudelaire se debía a que “la cursilería gusta” o que le resultaba altamente desagradable escuchar los poemas de Verlaine con música de Debussy, Silvina -recuerda Bioy- no dudó en protestar y en contestar, algo que también hizo al escuchar las alabanzas de Borges hacia la poesía Stevenson o Chesterton, afirmando que el verdadero “poeta mayor” era Wordsworth. Si se distanciaron realmente o fue sobre todo una percepción de Bioy, cuyo texto Borges, María Kodama criticaría por revelar, no siempre con honestidad, conversaciones privadas, queda entre interrogantes; de lo que no hay dudas es que Silvina escribiría dos poemas dedicados a Borges, uno publicado en “La Nación” en 1973 y el otro publicado en 1987, un año después de la muerte del escritor en Ginebra, en un volumen de homenaje publicado por el Banco de Boston.

Mientras Jovita siempre negaría que Silvina hubiera mantenido relaciones con mujeres y, en concreto, negaría la supuesta historia de Silvina con Alejandra Pizarnik, el íntimo amigo de la autora de La condesa sangrienta, Fernando Noy sostiene todo lo contrario: “el ocultamiento es una falta de respeto a ese gran, mítico, amor”. Si bien la carta que el 31 de enero de 1972 enviaría Alejandra Pizarnik a Silvina parecería disipar cualquier duda - “Oh, Sylvette, si estuvieras. Claro es que te besaría una mano y lloraría (…) Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas en voz viva. Sylvette, mon amour, pronto te escribiré”- no son pocos los que afirman que fue la joven poeta afincada en París quien se enamoró de Silvina, pero sin ser correspondida. ¿Fue así? En realidad, no hay nada seguro; “Se decía que había tenido romances de joven, pero eso nadie lo sabe”, concluye Edgardo Cozarinsky.

 

Silvina Ocampo, escritora

En 1948, cuando tenía 45 años, Silvina Ocampo publicó su segundo libro, Autobiografía de Irene, una serie de relatos protagonizados principalmente por mujeres, a excepción de “El impostor”, donde inventa un mundo claustrofóbico exclusivamente de hombres. Para Enríquez, “Autobiografía de Irene es, sin duda, un libro influenciado no solo por Borges, sino por los debates sobre literatura que se daban en el seno de la revista Sur y a los que Silvina Ocampo no era ajena, aunque, como con casi todo en su vida, prefería mantenerse en la sombra”. Con este libro, Silvina responde a la demanda de “escribir bien” que le hacía Victoria en su reseña y lo hace con “una lengua literaria convencional y trabajada, adiestrada en los libros de poemas que escribe en el ínterin de una década, una lengua en la que reemplaza las anomalías sintácticas, tan extraordinarias, de Viaje olvidado”, su primer libro.

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La hermana menor. | Foto vía Emecé.

Once años más tarde, en 1959, Silvina publicará un nuevo libro de cuentos, La furia, para algunos el más “ocampiano” de todos y en el que mejor delinea su universo literario. En este libro encontramos cuentos fundamentales para comprender su trayectoria literaria, empezando por “La casa de azúcar”, uno de los preferidos de Cortázar y prosiguiendo con “La continuación”, un relato que, casi a forma de carta, una escritora dirige a su marido. Como comenta Enríquez, en “La continuación” “el tono es de velada rabia, de despecho, y pronto se convierte en otra cosa, en un laberinto metatextual donde la escritora termina viviendo como propio el argumento del cuento que está escribiendo”.  Tras La furia, vendrán otros libros de relatos - Las invitadas, Y así sucesivamente, Cornelia frente al espejo - y más de un poemario -Lo amargo por lo dulce, Árboles de Buenos Aires, Breve santoral-, convirtiendo a Silvina en una de las autoras claves de la literatura argentina del XX. “Borges representaba el genio total, ocioso y perezoso, Bioy Casares la inteligencia activa, Silvina Ocampo era entre ellos dos la sibila, la maga que les recordaba en cada movimiento y en cada palabra (suyas) la singularidad y el misterio del universo”, afirmaría tiempo después J. R. Wilcock.

A pesar de todo, ¿fue Silvina Ocampo reconocida como debía o el reconocimiento le llegó demasiado tarde? ¿Su nombre quedó verdaderamente desdibujado entre el de Victoria, el de Bioy y el de Borges? Para Adriana Mancini, a pesar de los libros de cuentos y de poemas, de las antologías y de los libros en colaboración publicados y traducidos, Silvina Ocampo no despertó gran interés por parte de la crítica hasta los años setenta y prueba de ello serían las duras declaraciones de Abelardo Castillo, cuentista y director de dos de las revistas más influyentes entre 1959 y 1974, “El grillo de papel” y “El escarabajo de oro”. Castillo no duda en acusarla de frívola y de falta de profundidad, una crítica que contrasta con los elogios que Tomás Eloy Martínez le dedicaría en ocasión de la publicación de La furia o con la admiración que sentía por su obra Manuel Puig, pero no era el único en admirarla.

“Entre 1974 y 1991”, escribe Enríquez, “publicaron selecciones de cuentos y poesía de Silvina Ocampo autores y críticos como Borges, Italo Calvino, Enrique Pezzoni, Edgardo Cozarinski, Pepe Bianco, Matilde Sánchez, Noemí Ulla” y nombres como Pizarnik o Sylvia Molloy firmaron artículos sobre la escritora, que, como se ve y al contrario de lo afirmando por Mancini, siempre fue leída por los suyos, pero no por el gran público.

Contemporánea de Silvina Bullrich, Beatriz Guido y Marta Lynch, Ocampo tuvo que enfrentarse a los miles de ejemplares que vendían estas tres autoras, que hoy no ocupan ningún lugar de privilegio en la Academia, como sí cuenta Ocampo. Si bien tuvo el respaldo de la crítica, un respaldo que aumentó con los años, a Silvina le hubiera gustado tener más lectores; en una carta del 12 de diciembre de 1973 le escribe a Manuel Mújica Láinez: “No sé si te conté del éxito de mi libro en Italia, éxito de crítica y de lectores (…) Pero ese éxito es como una pompa de jabón cuyo brillo no llega hasta aquí. ¿Por qué tanto tan poco éxito en mi país? ¿No es injusto? Vos darás una explicación”.

Injusto era, sin duda, pero la literatura nunca fue justa, no en cuanto a ventas se refiere. Hoy nadie discute el valor literario de Silvina y libros como el de Mariana Enríquez ayudan a mantener viva la obra de Silvina Ocampo, satisfaciendo su sueño: tener más lectores. La hermana menor es, sin duda, una invitación a la lectura.

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