Los poetas leen a Antonio Machado
Foto: Antonio Machado en el Café de las Salesas

Cultura

Los poetas leen a Antonio Machado

Para conmemorar el 80 aniversario de la muerte de Antonio Machado hablamos con un grupo de poetas, escritores y lectores atentos. Algunos siguen leyendo a Machado, otros se distanciaron, pero todos ellos saben, como sabía Juan de Mairena, que los maestros enseñan bien.

por Anna Maria Iglesia

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“Se dice que vivimos en un país de autodidactas. Autodidacto se llama al que aprende algo sin maestro. Sin maestro por revelación interior o por reflexión autoinspectiva, pudimos aprender muchas cosas, de las cuales cada día vamos sabiendo menos. En cambio, hemos aprendido mal muchas otras que los maestros nos hubieran enseñado bien. Desconfiad de los autodidactos, sobre todo cuando se jactan de serlo”, afirmaba Juan de Mairena, el ilustre maestro creado por Antonio Machado. Cuando se cumplen ochenta años de la muerte del poeta nacido en Sevilla el 26 de julio de 1875, hablamos con poetas que se formaron leyendo a los maestros, a poetas y lectores atentos de la tradición literaria que, en un momento dado, se cruzaron con los versos y las prosas de Machado. ¿Cómo les influyó el poeta de Sevilla? ¿Qué queda del autor de Soledades en ellos? Algunos siguen leyéndolo, otros se distanciaron, pero todos ellos saben, como sabía Juan de Mairena, que los maestros enseñan bien.

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Machado por Joaquín Sorolla. | Imagen vía Wikipedia.

Miguel Barrero

Escritor y periodista, Barrero es autor de Camposanto en Collioure, un texto que tiene elementos propios del ensayismo, de la literatura de viaje o de la biografía y en el que el autor viaja hasta la localidad francesa, a apenas 20 kilómetros de la frontera con Cataluña, para reconstruir los últimos días de Antonio Machado. Barrero sigue los pasos del poeta, rescatando así de aquella pequeña localidad francesa los fragmentos dispersos de una memoria que no puede convertirse en olvido. Barrero redescubre así a Machado y, a la vez, narra el exilio y el desarraigo compartido por todos aquellos que, con la Guerra Civil, tuvieron que huir cruzando la frontera. Además de Camposanto en Colliure, Barrero es autor de El rinoceronte y el poeta, La tinta de Calamar, obra con la que obtuvo el premio Rodolfo Walsh, o Los últimos días de Michi Panero.

¿Cuándo leíste a Antonio Machado por primera vez?

No recuerdo exactamente cuándo lo descubrí, aunque sí tengo una idea aproximada: fue con el «Retrato» o con el «Recuerdo infantil». El primero venía en un libro de lecturas del colegio y el segundo nos hizo memorizarlo mi profesor de Lengua en 6º de EGB. Fui el primero que se lo aprendió y salí a recitarlo a la pizarra. No recuerdo si el «Retrato» llegó antes o después de esa memorización, pero sí que junto al poema se incluía una pequeña ficha biográfica y gracias a ella supe que Machado había muerto en un lugar llamado Collioure. Le pregunté al profesor por las razones que le llevaron a morir en el extranjero y él nos contó que había tenido que irse por culpa de la guerra, sin especificar más. Eso llamó mucho mi atención.

¿Es un poeta que has vuelto a leer a lo largo de los años?

No es que lo haya vuelto a leer a lo largo de los años, es que nunca he dejado de leerlo. Desde que en mi adolescencia me deslumbró absolutamente, gracias a una lectura atenta de determinados pasajes de Campos de Castilla, Machado se convirtió en mi poeta de cabecera. Creo que no hay día que, por uno u otro motivo, no me venga a la cabeza alguno de sus versos.

¿Qué influencia ha tenido el poeta en tu concepción de la poesía? Y, en este sentido, ¿para ti Machado es un autor que ha resistido el paso del tiempo?

Claro que resiste el paso del tiempo, la prueba es que ochenta años después de su muerte continuamos hablando de él. Con Machado ocurre lo que ocurre con los clásicos, que sus textos no sólo no se quedan obsoletos, sino que adquieren nuevos matices cada vez que se vuelve a ellos.

¿Con qué obra o poema de Machado te quedas?

Es muy complicado responder a esa pregunta, porque es difícil despreciar nada de lo que escribió. Siempre me ha conmovido especialmente la carta-poema a José María Palacio, pero tampoco me puedo olvidar de la elegía que dedicó a Francisco Giner de los Ríos, de las parábolas, de la atmósfera de misterio que impregna «El viajero», de ese portento que es «La tierra de Alvargonzález» o de los «Consejos», que a mí siempre me han gustado mucho. Por no hablar de los «Proverbios y cantares» (los de Campos de Castilla y los de Nuevas canciones) o el cancionero apócrifo de Abel Martín. Y sin olvidar, por supuesto, al gran Juan de Mairena.

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Antonio Machado | Fundación Miguel Hernández

Rosa Berbel

Nacida en la misma ciudad en la que, tiempo atrás, había nacido Antonio Machado, Rosa Berbel es una poeta que en 2018 publicó su primer poemario, Las niñas siempre dicen la verdad, con el que obtuvo, por unanimidad, XXI edición del Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal. Poemario ambicioso y que demuestra una madurez poética admirable, en Las niñas siempre dicen la verdad los ecos clásicos -el tema del tempus fugit, por ejemplo- se entremezclan armónicamente con una mirada contemporánea acerca de temas como la precariedad, la violencia de género, el amor… La tradición clásica se convierte en el lienzo en el que Berbel traza sus propios versos, unos versos que no buscan la inmediata complacencia del lector, que, por el contrario, se debe enfrentar a una palabra que se va revelando lentamente, una palabra que se oculta entre capas de significado.

¿Cuándo leíste a Machado por primera vez?

Muy pronto, supongo que en el colegio y desde luego mucho antes de desarrollar un interés consciente por la poesía. Hay versos de Machado que tengo tan asumidos que incluso a veces me sorprendo de que sean de él. Forman parte de mi imaginario como una especie de canción o saber popular o algo así, igual que me pasa con Lorca. Por ejemplo, me resulta difícil como sevillana pasear por Sevilla y no pensar en ese verso tan íntimo de “mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”.

¿Es un poeta que has vuelto a leer a lo largo de los años?

Lo he leído después en el instituto, donde se estudia su poesía (y su biografía) de forma más insistente. Recuerdo un examen bastante desastroso sobre el poema “El espino” y un rechazo posterior que me duró varios años. Pero luego volví a su poesía de forma más receptiva y fuera de la horma académica, y supongo que con una lectura mucho más madura. No obstante, sigo sin haberlo leído con toda la profundidad que me gustaría, es una tarea que tengo pendiente.

¿Qué influencia ha tenido el poeta en tu concepción de la poesía? Y, en este sentido, ¿para ti Machado es un autor que ha resistido el paso del tiempo?

El momento en que empecé a escribir poesía coincidió en el tiempo con la lectura de Machado, así que supongo que dejó un poso difícilmente calculable. Pero diría que hay en mi concepción del poema algo de su austeridad y su intimismo, aunque desde luego sin renunciar a la proyección de otros mundos posibles. Siempre he sentido a Machado como un poeta muy intuitivo, muy musical también, y creo que tanto la intuición como el ritmo dominan buena parte de mi escritura. Creo que es interesante seguir volviendo a Machado, aunque sea para confrontarlo con las sensibilidades y las discusiones contemporáneas. Su lectura puede ser un punto de partida para reflexionar sobre muchas cuestiones que hoy nos interpelan: político-ideológicas, estéticas, afectivas, etc. En este sentido, su poesía sigue siendo inagotable, desde luego, como la de cualquier clásico.

¿Con qué obra o poema de Machado te quedas?

Hay un poema titulado “Consejos” que me gusta mucho y al que suelo volver periódicamente. Además, suelo compartirlo con mis amigos, en un intento por consolarnos mutuamente y por recordarnos lo estéril que es la frustración y la impaciencia. En fin, el arte es largo y además no importa.

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Fotografía de Antonio Machado dedicada a Juan Ramón Jiménez, hacia abril de 1913. | Archivo de Abel Martín.

Ben Clark

Traductor y poeta, sobre todo poeta. Clark se convirtió en una de las nuevas voces poéticas a tener en cuenta cuando publicó Los hijos de los hijos de la ira, poemario con el que ganaba el Premio Hiperión de poesía. Luego llegó Memoría y La mezcla confusa, con el que ganó el Premio Nacional de poesía joven Félix Grande. En 2017 se consagraba definitivamente con la publicación de La policía celeste, poemario con el ganaba el premio Loewe de Poesía y que seguía a La fiera, que, publicado apenas tres años antes, había conseguido el premio Ojo crítico de poesía.

Hablar de poesía contemporánea es hablar de Ben Clark, un nombre clave para comprender los nuevos caminos que está tomando la poesía en castellano que se está escribiendo ahora.

¿Cuándo leíste a Machado por primera vez?

La primera vez que leí a Machado fue en una antología de Plaza & Janés Editores de 1999. Descubrí muchísimos autores en esa colección y Antonio Machado fue uno de los que más me impactaron, sin duda.

¿Es un poeta que has vuelto a leer a lo largo de los años?

Siempre. Cuando pierdo un poco la fe en la poesía, algo que me sucede con frecuencia, siempre regreso a don Antonio Machado. Es como un chute de vitaminas, un Frenadol poético contra la desesperación.

¿Qué influencia ha tenido el poeta en tu concepción de la poesía? Y, en este sentido, ¿para ti Machado es un autor que ha resistido el paso del tiempo?

De Machado aprendo cosas todos los días: es sencillo pero profundo, es irónico pero verdadero, es la combinación perfecta de pensamiento y emoción. Es imposible imitarlo, pero uno aprende mucho intentándolo. Machado no sólo resiste el tiempo, sino que es cada vez más contemporáneo. Es un autor que habla de cosas que están ocurriendo ahora mismo.

¿Con qué obra o poema de Machado te quedas?

Es muy difícil escoger un poema, pero me quedo con el clásico ‘A un olmo seco’ porque es el poema que me recito a mí mismo cuando estoy triste.

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Antonio Machado con su hermano José, la mujer de éste, Matea Monedero, las tres hijas de ambos, Carmen, María y Eulalia, y la madre de los Machado, Ana Ruiz. Madrid, hacia 1933. | Archivo de Abel Martín.

David Leo García

Tenía solo 17 años cuando David Leo ganó el Premio Hiperión de poesía con Urbi et orbi, su primer poemario. Es paradójico que aquel premio lo ganara ex equo con Ben Clark, que ese mismo año había publicado Los hijos de los hijos de la ira: un mismo premio estaba señalando quienes serían los poetas a los que la crítica y los lectores no podrían no prestar atención. Lo demostró con creces García con el siguiente poemario, Dime qué, con el que ganó el XXIII Premio de poesía Cáceres de Patrimonio de la Humanidad, y lo demuestra hoy más que nunca con Nueve meses sin lenguaje un poemario complejo, en la mejor acepción del término, un poemario que indaga en el lenguaje, para cuestionarlo y profundizar en su vacío, en su incapacidad de nombrar.

García juega con el lenguaje transformado en mera materialidad, en un significante que carece de significado, en un significante vacío al que el poeta da forma precisamente a través de ese vacío. La lingüística, la filosofía del lenguaje, el psicoanálisis son algunas de las disciplinas que están detrás de los versos de un poeta que, seguramente, ha escrito uno de los mejores poemarios de este año.

¿Cuándo leíste a Machado por primera vez?

Antonio Machado es probablemente (junto a Juan Ramón Jiménez, la Generación del 27 y Miguel Hernández) el punto de partida de cualquier aficionado a la poesía, y yo no me libré de ese itinerario. Así que comencé a frecuentarlo cuando me interesé por el género, a los doce o trece años; aunque, inevitablemente, en mis años escolares ya tenía noticia de sus caminos hechos al andar, sus estudiantes monótonos y sus dioses soñados con bendita ilusión.

¿Es un poeta que has vuelto a leer a lo largo de los años?

También inevitablemente lo he retomado a lo largo de los años, bien por mis obligaciones académicas bien por puro placer. Y mis consideraciones han sido desiguales: donde unas veces admiraba sus entramados simbólicos, la entereza del referente moral o el humanismo de quien creía en un “infalible mañana” para España, otras veces me contrariaba la monotonía de algunos poemas supeditados a su ideario, donde Machado, admirador de Paul Verlaine, no acababa de asumir el aserto del francés: “de la musique avant de toute chose”.

¿Qué influencia ha tenido el poeta en tu concepción de la poesía? Y, en este sentido, ¿para ti Machado es un autor que ha resistido el paso del tiempo?

Sospecho que su vigencia, fuera del ámbito poético, se debe a su faceta más moralista y sentenciosa (como apuntaba antes), en lugar de a su magistral uso de los símbolos. Y que ha sido instrumentalizado con descaro, lo que ha jugado en su contra. (Cuando te reivindican Alfonso Guerra y Aznar, pon tus barbas a remojar…).

¿Con qué obra o poema de Machado te quedas?

Puestos a elegir, me quedaría con el Machado a medio camino entre el Simbolismo y el diagnóstico sociohistórico, el que sabe integrar sus sutiles movimientos de conciencia en el devenir de su patria. Y, si hay que destacar un poema, elijo uno no demasiado representativo de su obra, pero sí muy verleniano en su asociación entre sonido y sentido, además de juguetón, jovial y fluido: “Las moscas” (“Moscas de todas las horas, / de infancia y adolescencia, / de mi juventud dorada, / de esta segunda inocencia / que da en no creer en nada…”).

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Fotografías de boda de Leonor y Antonio Machado. Julio de 1909. | Foto: Segundo, fotógrafo, antiguo dependiente de Compañy, Madrid. | Archivo Histórico Provincial de Soria, Archivo Pilar Cervero Díez Luengo vía Archivo de Abel Martín.

Luna Miguel

Editora y poeta, Luna Miguel ha demostrado a lo largo de los años, a través de sus poemarios y de sus artículos, conocer como pocas la poesía actual, de aquí y de fuera. Con una fuerte formación de la tradición poética, Luna Miguel ha sabido abrirse al mundo y estar atenta a las nuevas voces que, al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, pero también en Oriente, están escribiendo los versos que se leerán en el futuro.

Con Luna Miguel no solo descubrimos a una gran poeta, sino a una maestra de lecturas: nos ha descubierto nuevas voces poéticas y nuevos poemarios, abriendo el abanico lector a todo amante de la literatura. Estar enfermo fue su primer poemario, tras él llegaron Poetry is not dead y Pensamientos estériles. La tumba del marinero supuso su consagración, una consagración merecida tal y como demostró con los excepcionales Los estómagos y El arrecife de las sirenas. Acaba de publicar su primera novela, El funeral de Lolita, y es editora invitada junto a Antonio J. Rodríguez en Caballo de Troya.

¿Cuándo leíste a Antonio Machado por primera vez?

Lo leí en el instituto, por imposición del temario de Lengua y Literatura. De él me llamó la atención su vida y su historia con Leonor. Su obra sabía que la podía leer en casa, pues mi padre y mi abuela también eran profesores y lo estimaban mucho.

¿Es un poeta que has vuelto a leer a lo largo de los años?

Sí, especialmente entre mis 21 y 24 años. Me interesaron sus poemas sobre el duelo mientras yo escribía sobre ese mismo tema.

¿Qué influencia ha tenido el poeta en tu concepción de la poesía? Y, en este sentido, ¿para ti Machado es un autor que ha resistido el paso del tiempo?

Es un autor al que hay que leer desprendiéndose de academicismos, como bien explica Elena Medel en la biografía que le dedicó. Creo que tiene un revestimiento de sobriedad y de oficialidad que hace que de más jóvenes tengamos miedo a disfrutarlo.

¿Con qué obra o poema de Machado te quedas?

Durante un tiempo me supe de memoria ‘A un olmo seco’. Me parece un canto hermoso y también doloroso sobre alguien que se quiere agarrar a las cosas vivas incluso si sabe que está a punto de perderlo todo. Me siento muy identificada con los sentimientos que se cuentan en ese poema.

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Homenaje a Antonio Machado en Soria, el 5 de octubre de 1932. | Archivo de Abel Martín.

Carlos Mayoral

Amante de los clásicos, Mayoral ha leído y releído a la generación del ’98 y del ’27 como pocos. Como demostró en Empiezo a creer que es mentira, la literatura forma parte consustancial de la formación y de la vida de este escritor y periodista nacido en Villaviciosa de Odón. Como escribió Nacho Carretero, “Mayoral es el vigilante -siempre de guardia- que vela por la literatura.”

¿Cuándo leíste a Machado por primera vez?

Mi familia es de Segovia, y yo pasaba varias épocas del año allí siendo adolescente. Es una capital de provincia en la que nada pasa y que apenas cuenta con personajes ilustres, sin embargo, allí corona la plaza del ayuntamiento esa estatua oronda e imponente de don Antonio, junto al teatro y frente a la catedral, es decir, en el centro mismo de la ciudad. Así que era inevitable pensar: ¿Qué tiene que decirme este señor con el que me cruzo tanto? También mantienen a día de hoy su casa segoviana con un aspecto muy vetusto, y con una librería muy pequeña en su interior en la que compré por primera vez un poemario suyo. Tendría yo unos 15 años.

¿Es un poeta que has vuelto a leer a lo largo de los años?

Lo leo muchísimo, diría que mínimo una vez al mes hojeo algo suyo. Me parece un estilo muy inspirador. E incluso me siento identificado con el pensamiento filosófico que muestra en su última poesía y en su Mairena. Confieso que a veces, cuando necesito alguna idea de fondo para un artículo o una columna, buceo en el Mairena para preguntarme: ¿Qué diría Abel Martín al respecto?

¿Qué influencia ha tenido el poeta en tu concepción de la poesía/de la literatura? Y,en este sentido, ¿para ti Machado es un autor que ha resistido el paso del tiempo?

Ha tenido muchísima influencia, porque creo que desprende sencillez, que no es sinónimo de facilidad. A menudo, cuando uno escribe, lo difícil es convertir el texto en una idea sencilla. Hay muy pocos autores que desprendan esta sencillez. Machado es uno de ellos. Y es precisamente en esta sencillez donde entra en juego su atemporalidad. De hecho, sus dos ídolos, Jorge Manrique y Bécquer, han resistido el paso del tiempo por lo que tienen de popular, de llano. Y él lo imita.

¿Con qué obra o poema de Machado te quedas?

Desde el punto de vista lírico, con ese poema escrito durante el duelo por la enfermedad de su amada Leonor, y que termina con ese pareado: “Esta amargura que me ahoga fluye/ en esperanza de Ella”.

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Antonio Machado hacia enero de 1924. | Archivo de Abel Martín.

Unai Velasco

Velasco es seguramente el editor de una de las editoriales de poesía más exquisitas que podemos encontrar actualmente en las librerías. En tan solo tres años y habiendo publicado solamente cinco títulos, Ultramarinos ha demostrado que en la cantidad no está siempre la calidad. Desde Ultramarinos, Velasco ha traducido al castellano poetas como Chus Pato o Blanca Llum Vidal, ha apostado por autores como David Leo García y Xaime Martínez y ha recuperado autores como Efraín Huerta y Alberto Cardín. Velasco, además, fue Premio Nacional de poesía joven Miguel Hernández con En este lugar.

¿Cuándo leíste a Machado por primera vez?

Antonio Machado era un nombre que formaba parte muy claramente de mi imaginario poético, quizá porque leí a Juan Ramón Jiménez en mi adolescencia y porque mis padres me llevaron a su tumba en Colliure cuando era pequeño. Sin embargo, no lo leí hasta los dieciocho o los diecinueve, tal vez los veinte. Aunque eso no es ninguna novedad, porque empecé tarde a leer a muchos de los grandes poetas.

¿Es un poeta que has vuelto a leer a lo largo de los años?

No, no lo he releído. Pero básicamente porque no suelo releer (por tiempo, supongo). Aunque sí tengo ganas de leerlo más, porque no lo he leído completamente. Por ejemplo, considero una laguna profunda no haber leído el Juan de Mairena, que es una obra muy reclamada por cierta poesía de este país, aunque sea prosa.

¿Qué influencia ha tenido el poeta en tu concepción de la poesía? Y, en este sentido, ¿para ti Machado es un autor que ha resistido el paso del tiempo?

Como digo, yo lo leí tarde. Y no me dio la sensación de estar leyendo algo que hubiera perdido vigencia. Pero no me ha influenciado. En cambio, quien sí lo hizo, y mucho, Juan Ramón Jiménez, sí me parece un poeta que, de alguna forma, es de otro tiempo. De una manera distinta a Juan Ramón, también es de otro tiempo su hermano Manuel Machado. Tuve la oportunidad de leer toda su poesía hace un par o tres de años y me gustó mucho.

¿Con qué obra o poema de Machado te quedas?

Su libro La tierra de Alvargonzález, seguramente. Pero, como te digo, es una opinión parcial. Pero, por favor, digamos no a lo de «Caminante no hay camino…». ¿Existe un verso más insoportable en la poesía en castellano?