Nuestro lejano oeste vinícola
Foto: Sven Wilhelm

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Nuestro lejano oeste vinícola

por Víctor de la Serna

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El noroeste de España, Galicia, con sus popularísimos albariños y godellos, no es lejano: está en todas las mesas. El suroeste, ese Marco de Jerez y Sanlúcar con sus finos y manzanillas históricos, tampoco lo es. Pero entre medias, a lo largo de la raya de Portugal entre Castilla y León y Extremadura, está ese oeste que para muchos es un desierto vinícola. Nunca lo ha sido, porque siempre se ha cultivado la viña, pero sí que eran vinos ignotos, de consumo local, y también en la parte extremeña una porción de esa inmensa y anónima producción de vinos a granel españoles que viajan en camiones y contenedores hacia destinos remotos.​
Había terruños, había castas locales de uva, pero no había viñadores dispuestos a convertirse en pequeños bodegueros de calidad como los que sacaron del olvido al Priorat o al Bierzo. Poco a poco –muy poco a poco- eso está cambiando y empiezan a salir.​
Este oeste empieza justo al lado del Bierzo, en Arribes del Duero (que, no nos pregunten por qué, son los Arribes en Salamanca y las Arribes en Zamora), la estrecha y espectacular zona sobre la garganta del Duero en la zona en la que el río marca la frontera portuguesa. Pese a sus uvas autóctonas, la ligera juan garcía y la más potente bruñal, poco de interés ha salido de aquí: Hacienda Zorita nunca pasó de la mediocridad. Pero la esperanza renace con una bodega nueva, la de Alvar de Dios Hernández, cuyo Camino de los Arrieros es un fresco cóctel de variedades (rufete, juan garcía, alicante bouschet, trincadeira, mencía y bruñal).​
Llega después una nueva Denominación de Origen, Sierra de Salamanca (cuyo nombre verdadero es Sierra de Francia, pero parece que quisieron evitar confusiones galas), la patria de la uva rufete. Aquí la esperanza, y ya la realidad, es la doble empresa de César Ruiz –uno de los responsables de La Tintorería en Madrid y de Alma Vinos Únicos- y sus amigos: Mandrágora y Viñas Serranas. Localicen sus vinos de viejas viñas de uvas autóctonas, de una sinceridad admirable.​
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Imágenes vía: Alvar de Dios Hernández, Molinillo, Bodega de Mirabel, Envínate y Alvear.

En Cáceres la gran esperanza ha sido la Bodega de Mirabel de Anders Vinding-Diers (primo, por cierto, de Peter Sisseck), aunque como tantos productores extremeños (del clásico Marcelino Díaz al más nuevo Habla) ha optado por uvas foráneas (tempranillo, cabernet…) y un estilo internacional correcto, pero un tanto carente de individualidad.​
Finalmente, en Badajoz, la gran realidad es la de dos proyectos muy unidos, el de Palacio Quemado desde que fue adquirido por la familia cordobesa Alvear, de gran tradición en los vinos generosos, y su equipo de asesores enológicos, los jóvenes de Envínate, que aparte de sus vinos para Alvear tienen una pequeña producción pacense propia. Ambos vieron el rutinario panorama extremeño y lo compararon con el del vecino Alentejo portugués, mucho más interesante con uvas autóctonas como la trincadeira preta o incluso la norteña touriga nacional, y la perfectamente aclimatada alicante bouschet (garnacha tintorera).​
Envínate y los Alvear se empeñaron en plantar esas variedades, se toparon con la animadversión administrativa, pero ya han conseguido –ya era hora– que el elenco de castas oficial de Ministerio de Agricultura, que hace decenios admitió uvas como la gewürztraminer, incluyese media docena de castas portuguesas (que en algún caso, ya eran españolas aunque aquí lo ignorásemos, como la touriga, presente en el Ribeiro bajo el nombre de carabuñeira). Lo importante es que Envínate y Palacio Quemado están produciendo los mejores vinos extremeños de todos los tiempos. Búsquenlos.​
Víctor de la Serna

Periodista generalista a la antigua usanza, ha acabado especializándose en comunicación, cocina, vinos, baloncesto y las calles de Madrid.