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Unamuno, la vigencia del náufrago que conduce la barca

Pronunció algunas de las palabras más célebres, más espontáneas y mejor articuladas contra la intolerancia. Domador y artesano de géneros literarios, la figura de Miguel de Unamuno cobra especial relevancia en estos tiempos, y el director Alejandro Amenábar estrenará el 27 de septiembre una película sobre su vida.

 

La escena ha sido reconstruida varias veces. No pertenece a la ficción, sino a un acto de valentía de un hombre desarmado y enjuto frente a algunos de los representantes del bando que pronto lo represaliará. La tecnología era por entonces incapaz de registrar las palabras exactas, y tampoco se esperaba que en aquel recinto ocurriese aquel día un hecho histórico. “A veces quedarse callado equivale a mentir”, comenzaba un discurso que más de 80 años después ocupa un lugar central de análisis y reflexión.

Algunas voces dudan de aquellas circunstancias y señalan que se trata de un mito, pero la multiplicidad de testigos y las consecuencias de aquel episodio confirman aquel acto de responsabilidad cívica y de independencia intelectual. Un sobre es testigo de aquel atropello a la razón. Allí, en ese papel que contenía una carta con un pedido de clemencia para un preso político, Miguel de Unamuno escribe con un lápiz nervioso las ideas que luego expresara ante los defensores de la muerte.

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Unamuno durante su exilio en Hendaya. | Foto vía Universidad de Salamanca.

Uno de los enfrentamientos retóricos más álgidos de la historia española ocurre entre Unamuno y el general José Millán Astray, fundador de la Legión, el mediodía del 12 de octubre de 1936, la fecha en la que se celebraba el Día de la Raza y se daba inauguración al curso en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Al comienzo de la Guerra Civil, Unamuno había abrazado el franquismo, crítico de la anarquía que él percibía en la República, pero en breve, cambia de opinión. El caudal de pedidos de amigos y conocidos –presos o represaliados– que le escriben para que interceda como mediador ante el general Francisco Franco, instalado en el Palacio del Obispo, lo conducen a dejar de lado aquella postura inicial.

A pesar de algunas polémicas sobre las palabras exactas que pronuncia, un discurso improvisado, no por ello menos brillante, Unamuno interviene con un monólogo digno de una escena de Shakespeare. “Dejaré de lado la ofensa personal que supone en un discurso la explosión contra vascos y catalanes, llamándoles anti-España; pues con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo que, lo quiera o no, es catalán, nacido en Barcelona, para enseñarnos la doctrina cristiana que ignoráis. Y yo, un vasco, llevo toda la vida enseñándoos la lengua española que muchos desconocen”. Unamuno, nacido en Bilbao, escribió su tesis doctoral, pocas veces citada, pero tan influyente sobre la raza vasca.

Un episodio revisitado por el cine

La isla del viento (2015), de Manuel Menchón, comienza con los sucesos del 12 de octubre de 1936 y finaliza con el clímax del mismo hecho, bisagra de la intelectualidad y la historia del país. “Lo del 12 de octubre es muy importante para nuestra historia. Tuve la enorme suerte de llevarlo al cine por primera vez, ya que nadie hasta ese momento lo había hecho en serie de TV o película. Es sorprendente que tuviesen que pasar 80 años hasta que alguien lo llevase al cine. Y qué casualidad que tres años más tarde Alejandro Amenábar lo haga también. Me alegro mucho. Supongo que habrá visto como yo, que es necesario volver a Unamuno”, dice el director y también uno de los guionistas de la película.

Protagonizada por José Luis Gómez y dueña de una bellísima fotografía y música original, La isla del viento explora aquel tiempo en el que el intelectual se refugia durante su exilio en Fuerteventura, en su Ínsula Barataria, tras oponerse a la dictadura de Primo de Rivera.

Aquella mañana de octubre, tres meses después del estallido de la Guerra Civil, Unamuno no asiste a la misa en la catedral de Salamanca. Marcha hacia el paraninfo de la Universidad. El Rector no debía pronunciar un discurso, pero sí presidir el acto y presentar a los oradores y a sus respectivos discursos de espíritu nacionalista, entre ellos, al catedrático de Literatura Francisco Maldonado de Guevara. Son las palabras de este orador, quien se refiere al separatismo vasco y catalán como el “cáncer” del país, como exponentes de la “anti-España”, las que irritan a Unamuno. 

El actor, director de escena y miembro de la Real Academia Española, José Luis Gómez, realizó en teatro hasta marzo pasado Unamuno: venceréis, pero no convenceréis, un monólogo intimista cuyo título toma de aquella frase célebre y profética que el Rector le lanza a los franquistas.

En octubre se producirá el regreso al cine de Alejandro Amenábar –y al idioma español, ya que hace 15 años que filma en inglés–con su guion original Mientras dure la guerra, sobre los últimos días de Unamuno. Karra Elejalde (Ocho apellidos vascos) compone al intelectual y Eduard Fernández (El hombre de las mil caras), a Millán Astray. Esta segunda película original de Movistar+ tiene sin duda algo que ver con su debut, Campeones, una historia sobre la lucha en la adversidad y la resiliencia.

El ganador del Oscar confesaba en la última entrega del Goya, antes incluso de empezar a rodar, que aquel guión, que había concluido unos años antes, tenía en 2019 más vigencia aún que cuando lo había escrito. La producción de la película contactó a la familia de Unamuno, como explica Pablo de Unamuno Pérez, nieto del escritor, “no para que le diéramos el visto bueno, que no lo necesitaban, sino para que diéramos nuestra opinión” y el equipo tomó algunas sugerencias y desestimó otras.

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Karra Errejalde interpretará a Miguel de Unamuno en la película de Amenábar. | Imagen vía Movistar+

La intrahistoria

En un escenario actual de esplendor de la crónica en América Latina, ante la proliferación de autores, publicaciones especializadas, de instituciones que fomentan la buena salud del género y del circuito que la impulsa y la mantiene en un rol central (festivales, encuentros, concursos, etc.) es imposible no invocar el concepto unamuniano de intrahistoria. Los “personajes secundarios” de la Historia, la vida anónima y silenciosa de los pueblos, aquellas personas que no aparecen en los medios de comunicación, sus voces, su pulso vital, sus costumbres y creencias, todo ello plasma Unamuno en sus textos periodísticos –y también filosóficos– en los que recorre España. Sus retratos de la época son mucho más que simples cuadros de costumbres.

Unamuno sembró ideas en autores que continuarían la exploración de aquellos territorios, como Jorge Luis Borges –Niebla es un claro precedente de “Pierre Menard, autor del Quijote” –, quien, en su necrológica sobre Unamuno lo llamó  el primer escritor de nuestro idioma”.

Unamuno acude a dos géneros literarios, a la novela y al teatro, como metáforas para explicar la existencia humana. Mucho antes que el estructuralismo, Unamuno desarrolló el problema del autor e incluso algunos conceptos de las narrativas del yo –a través del problema del yo–, hoy tan en boga. “¿Hay novela más novelesca que una autobiografía?”, se pregunta.

Su vida, más allá de los mitos

En pleno invierno castellano, en la Universidad de Salamanca, a fines del siglo XIX, el profesor de Lengua y Literatura Griega daba clase con la ventana abierta, sin prender la estufa y lejos de la tarima. Los investigadores Colette y Jean-Claude Rabaté mencionan esta característica en la extensa y minuciosa biografía de un hombre que se dedicó a pensar, como así también a enseñar a los demás a pensar. En Miguel de Unamuno, biografía, los hispanistas aportan algunos detalles sobre aquellos puntos que son pronunciados al vuelo cuando se narra una vida, como si los hechos de una persona ocurriesen de modo tan natural. Así, describen su peregrinación desde el momento en el que se doctora hasta que obtiene una plaza de profesor cinco años después, y los malabares que realiza con su economía para lograr mantener a su familia, y su responsabilidad como, antes que profesor asalariado, pedagogo. 

Uno de los mayores conocedores de la vida y obra del autor es el nieto del escritor. Pablo de Unamuno Pérez, hijo de Pablo de Unamuno Adarraga, derrumba algunos mitos en torno a la figura de su abuelo. “Se ha dicho, y se ha magnificado inadecuadamente, que era tacaño. Miguel de Unamuno tuvo nueve hijos y ocho vivieron con él hasta que se emanciparon. No tenía patrimonio familiar heredado y tuvo que dar sustento y estudios a esos ocho hijos. No le quedó más remedio que controlar sus gastos, lo que a algunos le parecía tacañería”.

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Escena de 'Mientras dure la guerra'. | Imagen vía Movistar+

Otra de las fábulas que se tejen en torno a la figura de Unamuno es la de un hombre con temperamento complejo y áspero: “Se ha dicho que tenía mal genio e incluso que era un cascarrabias. Nada más lejos de la verdad. En la familia, Unamuno era todo bondad con su esposa, con sus hijos y, en los últimos años de su vida, con sus nietos. Conoció a seis de ellos, aunque solamente el mayor, Miguel, pudo tener recuerdos de su abuelo”, asegura.

Pablo de Unamuno Pérez, si bien no conoció a su abuelo, comparte el recuerdo que conserva la familia y que transmite de generación en generación. “Jugaba con sus hijos y nietos, les hacía “pajaritas” de papel, gorros de papel, hasta jugaba con ellos sentado en el suelo… Al parecer sentía pudor de que su esposa e hijos leyeran sus escritos antes de ser publicados. Prefería que los leyeran una vez en prensa”, agrega.

El legado de Unamuno

En Salamanca se puede visitar la Casa-Museo Unamuno, una meca hacia donde se desplazan estudiosos del intelectual. En 2018, recibió 10.500 visitantes de distintas partes de España, precisa la directora de la institución, Ana Chaguaceda Toledano, y también estudiantes de Portugal, Italia, Francia y de Estados Unidos. La propuesta de la Casa Museo Unamuno es una visita guiada, complementada con la proyección de un documental y la posibilidad de acceder a audioguías. Los hijos de Unamuno vendieron su archivo en los sesenta con la condición de su custodia en la Casa Museo, que también alberga manuscritos, dibujos y papiroflexia, fondo fotográfico y la correspondencia recibida por el autor, un total de 25 mil cartas, “interesantísimas en su mayoría”, sostiene Chaguaceda Toledano.

Pablo de Unamuno destaca la vigencia y el interés que suscita Unamuno en el siglo XXI: “No hay más que ver que, al menos en Salamanca, cualquier acto cultural que se celebre y que el tema sea Unamuno, la sala está llena de público. Casi de manera continua los investigadores y estudiosos de su obra y pensamiento nos ofrecen nuevos aspectos. Cada día oímos de ellos decir: 'Este razonamiento de Unamuno de hace 100 años tiene absoluta vigencia actual'. Los investigadores de su obra no descansan en buscar el epistolario de Unamuno, probablemente alrededor de 5000 cartas dispersas por el mundo. En ellas está su pensamiento más real, sin el corsé que pudiera tener una editorial o un periódico, aunque a Unamuno no creo que le preocupara la censura de los directores de prensa”.

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Miguel de Unamuno y el claustro de profesores del Instituto General y Técnico de Cáceres antes de la entrega de premios del Certamen Pedagógico de la Asociación provincial del Magisterio. Junio, 1908. | Imagen vía Casa-Museo Unamuno.

Manuel Menchón explica la vigencia de Unamuno con dos motivos: “El primero es que cuando lees a don Miguel da la sensación de que sus palabras están vivas. Resuenan en el presente. Te habla en primera persona. Creo que es un gran escritor pero sobre todo un enorme pensador. Con poder de atracción sobre el lector. Pero el segundo y principal motivo es que algunas de las reflexiones, pensamientos y argumentos que dejó plasmados en sus casi 5000 artículos y miles de cartas, hablan de situaciones y vivencias políticas de las cuales fue testigo. Reflexiona sobre hechos históricos que son análogos a situaciones políticas y sociales que nosotros, ciudadanos del siglo XXI, estamos contemplando atónitos en estos tiempos. Siento a Miguel de Unamuno como un faro en estos días tan extraños”. 

Investigadores y estudiosos acuden a las ideas de este intelectual que muchos señalan como precursor de un existencialismo que navegaba por el pesimismo. Chaguaceda Toledano explica que a lo largo de los años, según cambia la situación social y cultural, cambian los focos e imanes de su obra: “Podemos destacar ahora mismo dos puntos de interés: por un lado, la mujer, ya no como personaje literario (que también) sino la relación real que Unamuno tuvo con tantas mujeres interesantes, activistas, periodistas,  escritoras o anónimas admiradoras, que podemos conocer a través de su epistolario: Margarita Xirgú, Delfina Molina, Colombine, etc. Por otro lado, hoy interesa el papel que jugó Unamuno en la sociedad de su momento: el Unamuno intelectual, activista, comprometido que llenaba plazas de toros, ateneos y Juana de Ibarbourou casinos con sus discursos y conferencias”.

Exponente de la Generación del 98, filósofo pesimista y trágico, a Unamuno le inquieta el diálogo entre la fe y la razón, pero más aún el problema de la inmortalidad del alma. Toma la figura del náufrago, de Robinson Crusoe, en particular, para referirse a la naturaleza del hombre: a la deriva, a la intemperie, en soledad. El hombre necesita escucharse a sí mismo y a los demás para salvarse y para evolucionar. Unamuno es también un náufrago, pero pasó su vida intentando hallar respuestas para colaborar con la evolución de su especie. Es un náufrago, pero solidario con los demás, conduce la inestable barca y presta su brújula sobre aquel océano de incertidumbres existenciales.

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