Melchor Miralles: “El mal siempre me ha interesado mucho”
Foto: Alberto Hernandez

Cultura

Melchor Miralles: “El mal siempre me ha interesado mucho”

por Borja Bauzá

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Hay muy pocos periodistas que puedan presumir de haber sido elogiados en público por Carl Bernstein, el reportero del Washington Post que destapó –junto a su colega Bob Woodward– el caso Watergate. Melchor Miralles (Madrid, 1958) es uno de ellos. Ocurrió en el Ateneo de Madrid una tarde de noviembre de 1989 durante la presentación de Amedo: El Estado contra ETA (Plaza & Janés). El libro, escrito por Ricardo Arques y el propio Miralles, nacía de las investigaciones que ambos periodistas habían llevado a cabo en Diario 16 sobre la guerra sucia de los GAL contra la banda terrorista. Dicen quienes estuvieron presentes que Bernstein se quitó el sombrero.

Ese mismo año Miralles cambió de casa –salió de Diario 16 para fundar, con Pedro J. Ramírez y otros periodistas, El Mundo– pero su trayectoria no cambió un ápice; siguió centrado en el País Vasco, en ETA y en el terrorismo de Estado que los gobiernos de Felipe González practicaron contra la banda. Años después, tras salir de El Mundo, Miralles probó con la radio, la televisión y hasta con el cine para terminar fundando Cuerdos de Atar, la productora de documentales dedicada al periodismo de investigación que sigue dirigiendo en la actualidad. También colabora con República y con The Objective y, de vez en cuando, saca nuevo libro. El último, El hombre que no fui (La esfera de los libros), escarba en el asesinato de los marqueses de Urquijo.

La entrevista se hace en su casa porque a Melchor Miralles le han operado recientemente y no está para muchos trotes. Pese a las circunstancias, recibe de buen ánimo. “Estáis en vuestra casa”. Quien no parece estar en su casa es el propio Miralles, a juzgar por la cantidad de estanterías vacías que decoran el salón. “Es que me pillas en plena mudanza”, explica. Por suerte hay una cosa que todavía no ha guardado en las cajas: una carta –enmarcada– firmada por Emilio Alonso Manglano, ex director del CESID, pidiendo perdón a Miralles por haberle espiado ilegalmente.

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Melchor Miralles entrevistado por Borja Bauzá | Foto: Alberto Hernández / The Objective

Tus comienzos se remontan al año 1978, cuando te estrenas en el ya desaparecido Diario 16. ¿Terminas ahí de rebote o siempre habías querido ser periodista?

Mi afición por el periodismo nace cuando siendo todavía un niño me topo en el diario Pueblo con un serial sobre el famoso asalto al tren postal de Glasgow. Terminé el serial convencido de que yo también quería dedicarme a contar esas historias. En cuanto a Diario 16, tuve la suerte de entrar gracias a un cliente de mi padre. Me recomendó y empecé a escribir en el periódico en régimen de colaborador. Es decir, sin nómina. Ganaba en función de lo que publicaba. Así que me puse a hacer de todo; escribía para la sección de Deportes, para la de Política, pasaba la escoba por la oficina, repartía teletipos…

 

El año de tu estreno como periodista es también el año en el que se cumplen diez años del primer asesinato de ETA. ¿Ya tenías en mente el País Vasco cuando te incorporaste a Diario 16?

Para nada. Terminé centrado en el País Vasco, en ETA y en la guerra sucia de los GAL por circunstancias de la vida. Todo empezó cuando vi que cada vez era más difícil colocar artículos –los que yo hacía entonces– en Diario 16. Así que me espabilé, pensé en qué le faltaba al periódico y llegué a la conclusión de que no estaban haciendo Tribunales. Mi padre era abogado y yo había cursado hasta cuarto de Derecho, así que me ofrecí para cubrir ese hueco. Hacer Tribunales me llevó a escribir todo tipo de historias relacionadas con lo que los anglosajones llaman “Ley y Orden”. Es decir, Interior y Justicia. Aquellos eran los años de plomo: ETA, los GRAPO, los comienzos de la guerra sucia, etcétera. Y claro, empecé a tocar esos temas.

 

¿Cuál fue el punto de inflexión? El día en que te sumergiste de lleno en todo aquello.

Fue un día de 1983. Concretamente el día de mi cumpleaños. Me llamaron del periódico en plena fiesta para decirme que tenía que ir inmediatamente al sur de Francia a investigar la desaparición de dos etarras que luego resultaron ser Lasa y Zabala. Esa fue la primera acción de los GAL, aunque entonces no la reivindicaron. Y ahí empezó mi ‘relación’ con ellos. Pero yo no soñaba con hacer periodismo de investigación. Simplemente me tocó.

 

Precisamente porque eres una de las personas que más ha investigado este tema, te quería preguntar por la diferencia entre los GAL y sus predecesores; grupúsculos como el Batallón Vasco Español o la Triple A.

La gran diferencia entre los GAL y otros grupos involucrados en la guerra sucia contra ETA reside en el grado de complicidad del gobierno. El Batallón Vasco Español, Anti Terrorismo ETA, la Triple A y todas esas organizaciones paramilitares contaron con ayuda de ciertos elementos policiales y con el beneplácito de los gobiernos de Adolfo Suárez. Pero hasta ahí. Es decir, el gobierno de turno dejó hacer, miró hacia otro lado. Con la aparición de los GAL el gobierno de Felipe González tomó una decisión política: pasar de hacer como si nada a organizar y financiar una organización terrorista. Fue un salto cualitativo. Y esto no lo digo yo, lo dicen sentencias judiciales surgidas, eso sí, a raíz de nuestras investigaciones.

 

Felipe González siempre negó su responsabilidad en el caso GAL…

Felipe González no asumió jamás ninguna responsabilidad porque él no decía a quién había que matar, o cuándo tenían que matar a alguien. Pero el Ministerio del Interior en pleno –el ministro, el director general de la Guardia Civil, el director general de la Policía, el secretario de Estado de Seguridad, varios comisarios y subcomisarios– terminó condenado en sentencias firmes. Y él, que se marchó de rositas, encima va y acompaña a José Barrionuevo y a Rafael Vera a la puerta de la cárcel de Guadalajara. Se han vivido cosas inaceptables en un país democrático como es España. Inaceptables.

 

Uno de los momentos más importantes en la investigación de los crímenes cometidos por los GAL fue tu reunión con el subcomisario José Amedo en el hotel Eurobuilding.

Fue una reunión que duró tres días por las interrupciones que imponía el tercer grado en el que estaban Amedo y Michel Domínguez; salían de la cárcel por la mañana, venían al hotel y luego, a media tarde, se marchaban otra vez para dormir en prisión. Todavía tengo las cintas de esas conversaciones en alguna parte. El momento clave se da cuando Amedo explica cómo fue el secuestro de Segundo Marey y cuenta que cuando informa a sus compañeros en la policía y a sus superiores en el Ministerio del Interior de que se han confundido, de que Marey no es ningún etarra, le contestan que lo mate y lo entierre en cal viva. En ese momento interrumpí a Amedo para decir que nadie se iba a creer que desde el Ministerio del Interior le habían ordenado asesinar a un inocente –a un pobre señor de 50 años que estaba allí secuestrado con una capucha en la cabeza– para después enterrarlo en cal viva. Amedo insistió en su versión, yo publiqué la entrevista y, como era de esperar, aquello se convirtió en un gran escándalo y en el origen del sumario que posteriormente llevó a Barrionuevo y Vera a la cárcel.

 

A partir de esa entrevista también se consigue descubrir el paradero de Lasa y Zabala, ¿verdad?

Sí. Un comisario de Alicante llamó a El Mundo después de leer las palabras de Amedo para informar de que diez años antes allí, en Alicante, un tipo que paseaba por un pueblo de la zona se había topado con dos cadáveres enterrados en cal viva que nadie había podido identificar. El comisario llevaba dándole vueltas a aquel hallazgo todo ese tiempo y lo único que había podido esclarecer es que ambos cadáveres habían sido torturados antes de morir. Bueno, pues resulta que al leer la entrevista con Amedo este comisario empezó a atar cabos hasta llegar al convencimiento de que aquellos cadáveres pertenecían a Lasa y Zabala. Después de hablar con nosotros, trasladó sus sospechas al fiscal Ignacio Gordillo, que reabrió el caso y confirmó, tras una prueba de ADN, que efectivamente los cuerpos pertenecían a Lasa y Zabala. El descubrimiento otorgó verosimilitud a la historia de Amedo, claro. De aquella época también recuerdo cómo varios colegas extranjeros alucinaban no ya con lo sucedido, que también, sino sobre todo con el hecho de que unos periodistas estuviesen poniendo negro sobre blanco toda esa guerra sucia.

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Melchor Miralles | Foto: Alberto Hernández / The Objective

En alguna ocasión has explicado que la sociedad española no parecía tener inconveniente con la guerra sucia hasta que apareció la noticia de que había personas lucrándose con el dinero público destinado a la lucha contra ETA.

Los GAL gozaban de bastante simpatía durante aquellos años, en efecto. La sociedad española no veía con malos ojos la guerra sucia. Y precisamente por eso nosotros llevamos a cabo la investigación rodeados de una soledad infinita. Nos ponían a parir. Incluso colegas de otros medios consideraban que Diario 16 era un coñazo por estar todo el día con lo mismo. Pero es cierto que hay un punto de inflexión, y es cuando ya estando en El Mundo publicamos el tema de los fondos reservados. La gente, que con el tema de los asesinatos tendía a relativizar, no toleró que se desviase dinero del contribuyente para el lucro personal. Esas revelaciones son las que llevaron al PP de José María Aznar a criticar todo el asunto y, en última instancia, a la derrota de Felipe González en las elecciones generales de 1996. Pero las críticas arreciaron por ese uso concreto de los fondos reservados, no por los asesinatos y secuestros.

 

¿Qué nos dice ese orden de prioridades de la sociedad española de la época?

Hay que tener en cuenta que en aquella época ETA llegó a asesinar a casi 100 personas en un año. Y eso es algo que los jóvenes de hoy no han vivido. Era un clima terrible. A eso hay que añadir las condiciones en las que trabajaban policías y guardias civiles en su lucha –la lucha legal– contra ETA. No tenían medios. Estaban abandonados a su suerte; patrullando en coches particulares, teniendo que pagar la gasolina de su bolsillo, etcétera. Terrible. Y en ese contexto sale a la luz que el Ministerio del Interior se pule los fondos reservados en, además de gestionar una banda de pistoleros mercenarios, joyas para las mujeres de altos cargos, regalos de todo tipo y esas historias. Es normal que a mucha gente aquello le pareciese vergonzoso.  

 

Una vez en El Mundo el director, Pedro J. Ramírez, te pone al frente de la edición del periódico en el País Vasco. ¿Cómo fueron aquellos años?

Pues fueron toda una experiencia, la verdad. Me instalé en el País Vasco con la idea de pasar allí un año y resulta que estuve cuatro. También pensé que me tocaría cubrir el final de ETA y resultó ser todo lo contrario; me tocó cubrir el asesinato de Miguel Ángel Blanco y tantos otros. Fueron años durísimos. Apasionantes en lo profesional pero durísimos en lo personal.

Además, El Mundo no caía bien ni en el entorno de ETA ni en ciertos despachos de Madrid.

No hacíamos ninguna gracia. Desde el gobierno fuimos perseguidos ilegalmente por el CESID y en el País Vasco recibíamos amenazas de ETA cada dos por tres. La presión era enorme pero, al mismo tiempo, tenía su puntito reconfortante; si había tanta gente enfadada en tantos sitios era porque estábamos haciendo bien las cosas.

 

¿Recuerdas alguna anécdota de aquellos años?

Muchas, pero te voy a contar dos. La primera es cuando José Barrionuevo llama a Pedro J. Ramírez para informarle de que yo era colaborador de ETA. Por lo visto habían detenido a miembros de un comando etarra en Madrid y les habían pillado con unos carnés de Diario 16 encima. Barrionuevo me acusó a mí de haber regalado esos carnés a los etarras. Pedro J. Ramírez le respondió que a qué esperaba para detenerme si tan seguro estaba de tener pruebas en mi contra. Evidentemente jamás me detuvieron ni me acusaron de nada.

 

¿Y la segunda?

La segunda tiene como protagonista al entonces rey de España, Juan Carlos I. En un almuerzo con periodistas al que yo no pude ir me acusó de ser “maricón y de Herri Batasuna”. Una cosa alucinante. Uno de los colegas allí presentes le contestó que eso no era cierto, pero Juan Carlos I respondió que sí, que yo era maricón y que además estaba liado con Txema Montero, el abogado de Herri Batasuna. Cuando me lo contaron no daba crédito. Pero la anécdota no termina ahí. Un tiempo después los entonces reyes visitaron el País Vasco y organizaron la típica recepción oficial. Yo acudí y cuando me tocó el turno de presentarme, durante el besamanos, le espeté: “Yo no soy ni maricón ni de Herri Batasuna”.

 

¿Y qué te contestó?

Nada. Se quedó helado. Pero me parece una anécdota muy reveladora. ¡Que te digan que el rey de España va por ahí diciendo que eres de ETA y maricón! Imagínate. Además, ¿qué tendrá que ver una cosa con la otra? No tendría ningún problema en reconocer que soy gay si lo fuese, pero es que no lo soy. Y la acusación de pertenecer a Herri Batasuna, en aquellos años, con todo lo que ello implicaba y siendo como era el director de El Mundo en el País Vasco…

 

El otro día El Mundo logró entrevistar, después de casi tres décadas, a Felipe González. Supongo que has leído la entrevista. ¿Qué te pareció?

Pues sentí una vergüenza infinita al leer esa entrevista. Felipe González se tira 29 años sin comparecer en las páginas de El Mundo y cuando por fin lo hace no hay una sola pregunta sobre los GAL. Me consta que los autores de la entrevista, Pedro Simón y Antonio Lucas, son magníficos periodistas, pero reconozco que no daba crédito a lo que estaba leyendo. ¡No preguntarle ni por los GAL ni por el caso Filesa! Pedro J. Ramírez lo explicaba con mucha gracia en El Español: “Cómo es posible que a Felipe González se le pregunte durante hora y media por todas las letras del alfabeto menos por la X”. Supongo que ni Pedro Simón ni Antonio Lucas negociaron el encuentro con Felipe González, pero ahí alguien aceptó una entrevista con condiciones. Me parece insólito.

 

¿Cómo es trabajar a las órdenes de Pedro J. Ramírez?

Pedro J. Ramírez es, en mi experiencia, el mejor director de periódico y el mejor periodista que hay en España. En Diario 16 le despiden a él porque se niega a despedirme a mí. Es alguien que da la cara por sus reporteros y que apoya en todo momento a su equipo, incluso en las peores coyunturas. Además, he aprendido muchísimo de él. Muchísimo. Eso sí: en las distancias cortas no es una persona fácil, las cosas como son. De hecho, no terminamos bien. Bueno, es que directamente me despidió. Actualmente guardamos buena relación, pero creo que durante mi última etapa en El Mundo se portó mal.

 

Pero antes de marcharte de El Mundo abandonas el País Vasco y regresas a la redacción principal, en Madrid. Es cuando empiezas a coquetear con la televisión.

Es que acabé muy quemado del País Vasco. Llevaba cuatro años allí y, aunque Pedro J. Ramírez quería que siguiese, yo no podía más. Así que pensé en ofrecer algo que me permitiese regresar a Madrid y terminé proponiendo la puesta en marcha de un proyecto audiovisual. Primero porque vi que la práctica periodística estaba expandiéndose por ese lado y en segundo lugar porque El Mundo no tenía nada en ese terreno. Logré convencer a Pedro J. Ramírez de la necesidad de montar una productora y como yo no sabía nada del tema me mandó unos meses a Estados Unidos a reunirme con cadenas de televisión y productoras locales que me enseñasen el funcionamiento del gremio. Al regresar propuse montar una productora de televisión centrada en el periodismo de investigación y así es como nació El Mundo TV. Poco después surgió Mundo Ficción, la productora con la que hicimos películas como Lobo o la miniserie Padre Coraje. También logramos obtener el permiso para poner en marcha un canal de televisión: Veo TV. Fue en ese punto cuando Pedro J. Ramírez y yo tuvimos nuestras discrepancias sobre el modelo de negocio y yo terminé marchándome.

 

Ahora que mencionas las películas me gustaría preguntarte por GAL. Muchas críticas acusaron al filme de quedarse corto e incluso el propio Amedo dijo que no plasmaste toda la información que tenías.

A mí me parece que la película está muy bien, pero claro, qué voy a decir. El guion no era mío, era de Antonio Onetti, la misma persona que escribió el de Lobo, que sí fue un exitazo. Y el director, Miguel Courtois, también era el mismo en ambos casos. Quizá cometí un error con el título. Igual tendría que haberse llamado de otra manera.

 

¿Por ejemplo?

Pues no sé. La película sobre el caso Watergate se llama Todos los hombres del presidente, por ejemplo. Pienso que llamar al filme GAL nos penalizó, principalmente porque hubo muchos medios de comunicación, y especialmente los del Grupo PRISA, para los que no existió la película. Y claro, lanzar una película en España sin cobertura en medios como la SER o El País pues es muy complicado.

 

Cuando sales de El Mundo podríamos decir que se cierra una etapa. ¿Qué pasa después?

Pues que empiezo a ganarme la vida como un autónomo más. Fue un cambio drástico en mi vida. Hasta ese momento estaba acostumbrado a contar con un sueldo cojonudo en El Mundo. Y no sólo eso; es que llevaba 30 años percibiendo una nómina. Estaba acostumbrado a vivir muy bien, en definitiva. Pero de golpe y porrazo me veo sin nómina y sin nada, obligado a pelear el día a día como tantos otros colegas. Comencé a colaborar en televisión y en medios escritos como El Confidencial hasta que un buen día me llama Luis Enríquez, consejero delegado de Vocento, para ofrecerme un matinal en ABC Punto Radio. Yo nunca había conducido un programa de radio, pero quise probar y acabé tirándome dos años presentando Cada mañana sale el sol. Mi periplo radiofónico terminó cuando Vocento le alquila las emisoras a la COPE. Esta fue una decisión que entendí perfectamente, igual que entendí que pusiesen a Carlos Herrera al frente del matinal. No obstante, me pareció muy poco elegante que COPE jamás me invitase como tertuliano a sus programas. Supongo que tendrá que ver con lo mal que caigo en Presidencia del Gobierno. Quien sí me llamó fue Julia Otero, y se lo agradezco mucho. Colaboré con su programa hasta que decidí pasar página con el tema de las tertulias. Acabé muy cansado.

 

¿Cansado de qué exactamente?

Pues mira, cansado de compartir tertulias con personas que no exponían sus propias opiniones sino los eslóganes del partido con el que buscaban asociarse. A mí me divierte discutir con gente que no opina como yo, pero no con voceros de tal o cual partido. Me irritaban especialmente las tertulias en televisión, cuando llegabas y te dividían por bandos. Yo siempre decía que quería una silla en el medio. Además, en la televisión es muy difícil desarrollar ningún argumento; es todo muy rápido y exige cierto nivel de gresca. Me cansó mucho y me quité.

 

Ahora diriges Cuerdos de Atar, una productora de documentales centrada en el periodismo de investigación. ¿Crees que la televisión y el periodismo pueden entenderse?

La televisión es compatible con el periodismo en profundidad, pero es verdad que los medios de comunicación, que tienen una función social al margen de la hoja de beneficios, deberían apostar más por hacer un determinado tipo de televisión. Nuestra productora, sin ir más lejos, encuentra poco hueco en las cadenas y eso que hemos hecho programas cojonudos como el del Congo, con Antonio Pampliega. Pero para que eso interese tienes que educar a la gente. Si las cadenas apostaran por el género informativo, y lo mimaran, y lo cuidaran un poquito, creo que acabaría viéndose mucho más.

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Foto: Alberto Hernández / The Objective

Hace unos años casi te secuestran en México durante el rodaje de un documental. Con los años que tienes y todo lo que has vivido, ¿no te has planteado echar el freno? Coordinar los proyectos desde Madrid, por ejemplo.

En parte sí. Yo ya hice lo que tenía que hacer en los años 80 y en los años 90, así que a veces pienso que deberían jugársela otros. Pero esto es algo que va con uno mismo y por eso sé que voy a seguir en primera línea de batalla haciendo reportajes. Es verdad que lo de México me lo tomé como una advertencia e hizo que me plantease algunas cosas. Sin embargo, luego piensas que la vida son dos días y que más nos vale disfrutar. Así que tengo ganas no ya de seguir haciendo documentales sino de regresar a México a terminar el que dejamos a medias por culpa del intento de secuestro.

 

Entre algunas personas de tu generación existe el mantra de que el periodismo está peor que nunca. Sin embargo, el trabajo de Nacho Carretero, Alberto Arce, Ander Izaguirre o el de la gente de Revista 5W, por citar sólo algunos ejemplos, tiene poco que envidiar al que se hace en otras latitudes o al que hacían nuestros mayores, ¿no te parece?

Sí, sí. Hay periodistas jóvenes con muchísimo talento. Los que mencionas son buenos ejemplos de ello, pero también hay chavales a los que no conoce nadie que están haciendo cosas espectaculares. En el equipo de Cuerdos de Atar hay unos cuantos. De todos modos, lo que yo recomiendo al periodista joven es que salga de España. Y no lo digo porque España sea España; si viviese en Noruega le diría que saliese de Noruega. Hay que salir, ver mundo, aprender y coger perspectiva. También por las oportunidades laborales, ojo. En España se pueden hacer cosas, pero tampoco es que sea un lugar plagado de oportunidades. En resumen: salir a trabajar fuera, ya sea de forma fija o esporádica, siempre es bueno.

 

Otro mantra que se repite en algunos círculos es el de que ya casi no queda periodismo de investigación en España. ¿Estás de acuerdo?

El término “periodismo de investigación” nunca me ha terminado de convencer. Todos sabemos de lo que hablamos, pero si nos ponemos literales todo periodista, se dedique al tema que se dedique, tiene que investigar en su trabajo. En cualquier caso, y entendiendo que el “periodismo de investigación” es lo que hacen aquellos periodistas que no tienen que estar pendientes del día a día, del titular, de las últimas declaraciones del político de turno, pienso que los medios deberían apostar más por esa vía. Yo tuve la suerte –primero en Diario 16 y después en El Mundo– de no tener que estar pendiente de la carpintería, de todo ese coñazo insoportable del canutazo; que si Rajoy dice, que si Pedro Sánchez contesta, que si Puigdemont aclara, que si Pablo Iglesias corrige, etcétera. ¡Todo ese ruido! Esa libertad fue la que me permitió pasar meses y meses investigando un tema al margen de eso que llaman “actualidad”. Pero claro, hay que tener la suerte de estar en un medio que te deje hacer.

 

¿Qué es lo que más echas de menos en el periodismo actual?

Echo de menos a los escritores de periódico. El último gran escritor de periódico fue Paco Umbral.

 

Sin embargo, últimamente parece que los medios están apostando muchísimo por el columnismo. Te pongo algunos ejemplos: Manuel Jabois, David Gistau, Jorge Bustos, Cristian Campos…

Es cierto que hay columnistas muy buenos. Quizá lo que quiero decir es que echo de menos más crónica parlamentaria como la que se hacía antes. También me parece insólito que alguien como Ángel Antonio Herrera, uno de los mejores poetas que tenemos, no cuente con una columna fija. Últimamente ha escrito algo más en ABC, cierto, pero el escaparate mediático que tiene no hace justicia a su talento.

 

Me gustaría preguntarte por la relación entre el periodista y sus fuentes, que es uno de los temas más controvertidos dentro de la profesión. Tú siempre has dicho que nunca te ha importado la intencionalidad de la fuente…

No me importa. Parto de la base de que toda fuente se acerca al periodista con una intención. Es inevitable. El periodista es alguien que suele relacionarse con personas metidas en asuntos turbios como la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo. Es decir, que partimos de la base de que las fuentes no suelen ser Carmelitas Descalzas. Por lo tanto, hay que comprender que cuando alguien te cuenta o te filtra algo existe una intención detrás; puede ser despecho, puede ser cabreo o puede ser una estrategia para tomar ventaja respecto a sus rivales. En cualquier caso, a mí eso me la trae al pairo. Lo que me importa es si la información que me suministran es verdadera. Y si es verdadera me interesa venga de quien venga.

 

Y también has dicho, y esto es más polémico, que no te importa pagar a la fuente.

A ver, yo nunca he dicho “toma tanto dinero a cambio de ese papel”. Lo que sí he hecho es pagar a gente que se ha tirado meses ayudándome a contrastar una información. Si una persona me ha dedicado, pongamos por caso, tres o seis meses de su tiempo pues a esa persona claro que la pago. Pago por su tiempo. Y pienso seguir haciéndolo; las personas no tienen que trabajar gratis.

 

Una periodista norteamericana, Janet Malcolm, dijo en uno de sus libros lo siguiente: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible”. Se refiere a la forma en que los periodistas intentan ganarse la confianza de unas fuentes a las que luego pueden poner de vuelta y media. ¿Estás de acuerdo con ella?

En absoluto. Como te he dicho antes, quienes nos dedicamos a esto tenemos que relacionarnos con personas que están metidas en ambientes muy turbios, y como periodista debes ganarte su confianza para poder acceder a esos mundos. Sí me parece moralmente indefendible engañar a una fuente; decir que te cae de puta madre cuando en realidad te parece un ser deleznable o hacerte pasar por su amigo del alma cuando sabes, de antemano, que en tu reportaje o tu documental vas a llamarle de todo. Eso me parece mal. Pero es que esa no es la única forma de ganarse la confianza de alguien. Puedes mostrar interés. Eso a mí me ha funcionado hasta con narcos colombianos; querer conocer por qué actúan de una determinada manera y no de otra, cómo llegaron a ser lo que son, sus motivos. Y en mi caso es un interés genuino porque a mí el mal siempre me ha interesado mucho.

 

Tengo que terminar preguntándote por algo que me ha resultado curioso. Cuando estaba preparando la entrevista me he metido en tu Twitter y he visto que tienes candadito; que lo tienes cerrado al público, vaya. ¿Por qué?

 

Pues si te digo la verdad no tengo ni idea.

 

*

Durante los últimos minutos de la entrevista el entrevistado y el entrevistador toquetean el teléfono para intentar quitar el dichoso candadito de Twitter. Con éxito. La cuenta de Melchor Miralles vuelve a ser apta para todos los públicos.