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La tortura del acoso escolar, una lacra que se multiplica en los alumnos con discapacidad

Un informe señala el "ser diferente" como desencadenante de las situaciones de 'bullying'

Foto: Mitch Lensink | Unsplash

“No me ha hecho más fuerte”. Valentina García, que hoy tiene 23 años, rememora con contundencia los años durante los que sufrió acoso escolar. “Tengo discapacidad visual“, empieza. “No soy ciega aunque desde los tres años me ha definido todo el mundo como ciega en clase, en el cole… y el acoso que yo recibí es desde bien pequeña, desde los tres años, por parte de alumnos mayores, amigos de mi hermana, porque, aparte de que yo tenía discapacidad visual, yo era de Colombia, soy adoptada y, claro ya son dos cosas”.

Valentina ha relatado su experiencia como víctima del acoso escolar durante la presentación del informe Acoso y ciberacoso escolar en alumnado con discapacidad, presentado esta semana y elaborado por la Fundación ONCE y el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI). Durante la presentación del estudio, Valentina rememoró cómo fueron para ella los años de colegio. “Simplemente por no ver bien, algún golpe me he llevado, insultos colecciono unos cuantos; aislamiento, mira, lo prefería; que cogiesen mis cosas y las tirasen a los charcos, que escupiesen en mi mochila… y es algo que ahora mismo a mí no me ha hecho fuerte. O sea, ese mito de que, cuando una persona sufre acoso escolar, de adulta va a ser más fuerte es mentira. Porque no te convierte en alguien fuerte, te convierte en alguien resignado, inseguro, solitario, desconfiado”, contó.

El informe, que analiza el fenómeno del acoso escolar y sus consecuencias, muestra datos tan alarmantes como que “cuatro de cada diez profesionales reconoce conflictos entre el alumnado, pero casi la mitad muestra desconocimiento sobre el acoso en el alumnado con discapacidad”. El tipo de acoso escolar más frecuente, señala el estudio, son “las burlas, el aislamiento y el rechazo”. El 79,5% de los alumnos con discapacidad, ilustra también el informe, señala el “ser diferente” como desencadenante de las situaciones de acoso.

En cuanto al ciberacoso, un problema en auge que ha sacado el acoso escolar de las aulas para trasladarlo al mundo digital, “lo más frecuente” son “comentarios desagradables a través de WhatsApp y Facebook”. El ciberacoso es una amenaza reciente que se suma a otros cinco tipos de acoso escolar que describe el informe: psicológico (“persecución, intimidación, tiranía, chantaje, manipulación y amenazas”), físico (amenazas, golpes, robo o esconder material y pertenencias, empujones, palizas), verbal (“insultos, agresiones verbales, motes, descalificaciones”), sexual (“asedio, inducción o abuso sexual o referencias malintencionadas a partes íntimas del cuerpo de la víctima”, una categoría que también “incluye el bullying homófobo si la causa es la orientación sexual”) y social (“ignorar, aislamiento, ostracismo social, evitar la participación en actividades, contagio de la aversión por parte del resto”).

El acoso escolar en alumnos con discapacidad tiene su mayor incidencia en los dos primeros cursos de ESO (con un porcentaje que supera el 40%) y los dos últimos de Primaria (con una prevalencia cercana al 37%). “Según las estadísticas de Unicef, aumenta entre tres y cuatro veces el impacto de la violencia cuando los niños sufren una discapacidad frente a los menores que no la tienen”, recordó la encargada de presentar el informe, Sabina Lobato, directora de Formación y Empleo, Operaciones y Transformación en la Fundación ONCE. Lobato señala un dato igualmente preocupante: “Más de la mitad nos indica que había sufrido el acoso escolar durante años y esto nos indica que estas situaciones, cuando se cronifican, sucede que se normalizan”.

Valentina dice no sentir rencor hacia sus acosadores, pero tampoco perdonarlos. “No siento rencor hacia las personas que me agredieron, pero tampoco es que perdone porque no me nace”. A quién también señala es a sus otros compañeros, los que fueron testigos de su situación y no hicieron nada por frenarla. “Habría agradecido mucho ayuda de otros compañeros del cole, habría preferido que, en vez de ignorar, me hubiesen ayudado, se hubiesen acercado a mí, hubiesen intentado decirme: ‘Vente con nosotros a almorzar’, ‘vamos a jugar’… Habría preferido eso a no sentirme sola, como se sienten solos un montón de niños. Con discapacidad y sin ella”.

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