La cuarentena trajo más tristeza a la favela más grande de Venezuela
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La cuarentena trajo más tristeza a la favela más grande de Venezuela

La gran comunidad de José Félix Ribas en Petare se enfrenta, como el resto del mundo, a la cuarentena global para prevenir el coronavirus

por Daniel Hernández

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La zona más grande de Petare es José Félix Ribas. Petare es, a su vez, el conglomerado de pobreza más extenso de Venezuela. Esta favela está dividida en 10 zonas y rodeada de otras comunidades con los mismos problemas de hambre, delincuencia y promesas llenas de mentiras hechas por el Gobierno de Nicolás Maduro.

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La gran comunidad de José Félix Ribas se enfrenta, como el resto del mundo, a la cuarentena global para prevenir el coronavirus. Pero su economía no les permite el lujo de confinarse en casa. En esos hogares se teme más al hambre que a la COVID-19. Al subir por la avenida principal, que es la columna vertebral de José Félix Ribas, se observan pequeños negocios reacios a cerrar, porque quienes lo manejan viven de ellos. También mototaxistas en las esquinas, con pocas carreras que hacer. Si no hay trabajo, no hay harina para llevar a la casa, y hacer las arepas.

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Una particularidad de las barriadas de Caracas es que siempre quedan en los cerros. Los ranchos, como se llama a las chabolas, van escalando la montaña y sembrándola de ladrillos sobre los que erigen delgadas construcciones de varios pisos. Las casas se soportan entre sí. El barrio es, en síntesis, un gran bloque de pequeñas casas, muy pegadas unas de otras. Al seguir subiendo por la misma avenida principal de José Félix Ribas, se empiezan a ver en las zonas altas casas cada vez más humildes. Uno de esos ranchos, de estructura precaria, es el de Rosa Marrero.

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Llegó joven a la favela y ya tiene 60 años viviendo allí. Suele estar sola, aunque, a veces, los hijos de una sobrina pasan a ver que está bien. Rosa sufre de hipertensión, herpes zoster y artrosis pero, como ella misma dice,  el peor de sus enemigos es el hambre.

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«Se hacen milagros para poder comer algo. Mis sobrinos ayudan y traen pan o harina. Cuando la mamá de ellos cobra, puede que vea un poco de pollo», dice Rosa. Como para demostrar la veracidad de lo que cuenta, se levanta de la silla y camina lentamente hacia la nevera. La abre: allí solo hay botellas con agua. No hay comida. Rosa se consuela a su manera: «Al menos no tengo el coronavirus ese».

A Rosa le duele el collarín de ampollas que le causa el herpes zoster, coloquialmente conocido como «culebrilla», y que es un sarpullido provocado por el virus de la varicela zoster. Lo tiene desde diciembre del año pasado en el cuello y el pecho. Pero ni piensa en ir al médico: le queda muy lejos y a ella también le duelen mucho las piernas.

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Durante la presidencia de Hugo Chávez se instalaron en comunidades alejadas los módulos Barrio Adentro, atendidos por médicos cubanos. En José Félix Ribas había uno, pero dejó de funcionar «hace años». Eso los obliga a ir a hospitales, que, incluso el que está a menor distancia, queda lejos.

Rosa observa la panorámica de su vecindario y entiende que su humilde hogar es un claustro. No puede subir ni bajar las escaleras, esas que hay que trepar obligatoriamente porque hasta su casa no llegan los carros.

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Lo que la salva, literalmente, es el comedor solidario que mantiene otra vecina, Omaira Rodríguez. Allí Rosa puede nutrirse al menos con algo, cuando sus sobrinos no la pueden visitar.

El comedor de Omaira

En una de las escaleras de la conocida como zona 7 de José Félix Ribas está la casa de Omaira Rodríguez. Ella es de esas mujeres que trabaja por su comunidad y, desde hace un año, mantiene en su vivienda un comedor comunitario.

La apoya la ONG Alimenta la Solidaridad, que se ocupa de garantizar alimentos en las zonas más afectadas por el hambre. Son comedores dirigidos a los niños del sector, pero atienden también casos excepcionales, como el de Rosa Marrero.

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En tiempos de normalidad, los niños comen en la casa de Omaira. Esa es una de las exigencias de Alimenta la Solidaridad. En cuarentena, para que no la rompan, entrega la comida a las madres que van a buscarla.

«Eso sí, yo les hablo claro: aquí vienen con tapabocas puestos y no en el cuello», afirma Omaira. Actualmente, alimenta a 40 niños del barrio.

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Karen Rodríguez es una de esas mujeres que le busca el almuerzo de sus hijos. Es madre soltera de ocho niños. Trabaja limpiando en casas de familia, donde también recibe desayuno y almuerzo. En tiempos normales percibe un salario mensual cercano a los 5 dólares. El confinamiento le ha cambiado la rutina y no ha podido ir a trabajar.

«Yo necesito que mis niños estudien para que mejoren su vida. He pensado mucho en eso durante la cuarentena», dice. De los ocho niños, cinco están escolarizados.

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La familia en José Félix

En Petare, la favela más grande de Venezuela, las familias llevan una complicada cuarentena.

Es imposible que todos se queden en casa. Allí se malvive al día, así que el líder, o la líder, del hogar deben salir a diario a buscar ingresos.

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Las ayudas que reciben del Gobierno, como las cajas de alimentación, son insuficientes. Además, en estos paquetes de comida hay muy poca proteína.

Un mercado básico, para una familia de 5 personas, está cerca de los 200 dólares mensuales. Eso es imposible de cubrir para una mujer promedio de esta barriada, como Karen Jorges, que gana cerca de 5 dólares.

Uno de los puntos críticos son los niños en el hogar. Muchos pasaban parte de su día en la escuela bolivariana, donde reciben alimentos. Cuando no van a clases, los papás prefieren dejar dormir a los niños hasta el mediodía, para que solo hagan dos comidas diarias.

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En José Felix Ribas, el hogar promedio tiene entre cuatro y cinco niños. Un caso es el de Janet Rodríguez. Ella tiene cuatro niños. Le da miedo salir todos los días, porque tiene que dejarlos solos en la chabola. Pero a veces debe salir a comprar comida o a llenar los envases de agua en el filtro comunitario, porque de los grifos de la casa hace rato que no sale nada.

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En las barriadas caraqueñas, los niños tienen poco acceso a internet. En las estrechas calles frente a sus viviendas, cuando pueden, esos pequeños mantienen vivos los juegos tradicionales como el escondite,o la «ere». Pero deben estar atentos a esconderse si suena un tiroteo, casi siempre entre bandas rivales.

A los niños de José Félix Ribas también les toca ayudar a acarrear, por los muchos escalones de la barriada, el agua que van a usar en sus viviendas. Es necesario. La falta de agua es uno de los principales facilitadores del contagio por coronavirus.

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Como en el desierto

La carencia de agua potable es la principal necesidad de José Félix Ribas. El acceso a este servicio es muy difícil.

Alejandro Gutiérrez, vecino de la popular barriada, asegura que la sequía en las zonas altas lleva ya muchos años. Nadie ha resuelto las fallas de bombeo.

Esto da pie a algunos «resuelves», como el de Fernando Arenas, un joven que vive en la zona 8 y trabaja en Caracas. Todos los días sube botellas de agua hasta la parte más alta de José Félix Ribas y las vende.

Para los vecinos de las zonas más altas de la barriada la situación es dramática. Ellos no pueden acceder a los filtros de las zonas más bajas, porque no siempre hay agua y, cuando llega, la presión es muy débil. Los vecinos de ese sector se la guardan para sí. Tienen que subir hasta la punta del barrio para utilizar un filtro purificador que se instaló hace cinco meses.

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El alcalde oficialista José Vicente Rangel Ávalos ya cumplió dos años en el cargo. Sin embargo, aún no ha comenzado las obras para resolver la situación del agua que, por el contrario, ha empeorado en su mandato. Esto afecta a José Félix y a otras zonas de Petare como La Bombilla, el Simón Bolívar y el Julián Blanco.

Las balas obligan al confinamiento

Para los delincuentes armados no hay cuarentena. Desde hace años, las pugnas entre bandas rivales o el enfrentamiento con la policía han logrado que sus habitantes se mantengan confinados de día y de noche, haya sol o llueva, exista coronavirus o no.

«Apenas escucho disparos, me meto en la casa y corro a esconderme debajo de la mesa con el resto de la familia. Nadie sabe nunca por dónde viene la bala. Es horrible escuchar los tiros. Durante unos meses estuvimos más tranquilos, pero ahora regresó la pesadilla», dice Julio Echezuría, quien vive en la alejada zona 10. En la medida en que están más arriba las zonas tienen números más altos.

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La comunidad de José Félix Ribas, la barriada más grande de Caracas, es una síntesis de la pobreza que lucha ante tantas adversidades para lograr sobrevivir a duras penas. Ahora, el flagelo del coronavirus empeora todos sus problemas. Tras de los barrotes de sus ventanas, los habitantes miran la vida pasar, ansiando un cambio o, al menos, un poco de normalidad.

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Este artículo fue originalmente publicado en El Estímulo.