La cara B de YouTube: el maltrato constante al que somete a sus creadores

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La cara B de YouTube: el maltrato constante al que somete a sus creadores

Hablamos sobre la falta de transparencia de YouTube y su temible algoritmo con El cubil de Peter, La gata de Schrödinger, Dot CSV y La Hiperactina

por Jorge Raya Pons

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[Este reportaje es la continuación de «Acabemos con la leyenda negra de YouTube: mucho más que tonterías y berridos», que puedes leer aquí, e incluye la parte menos amable del trabajo]

Hace unas semanas, el 20 de febrero, YouTube actualizó los requisitos de ingreso a su exclusivo Programa para Partners –el club de quienes ganan dinero (mucho, poco o casi nada)–: un duro golpe para los canales que están comenzando o que tienen un alcance discreto. En la puerta de entrada, marcaron los propietarios, se establece que debes contar con 1.000 suscriptores y albergar 4.000 horas de visualización en el último año. Y la medida, además, tiene carácter retroactivo: no se libran quienes ya eran miembros del club, quienes cumplían los antiguos requisitos. Así que, si no cumplen con las nuevas condiciones, sus vídeos dejarán de tener anuncios y sus creadores, de recibir la transferencia mensual de Google.

La medida pretende contentar a todo aquel que se publicita en YouTube, desde la ferretería de la esquina hasta la aerolínea árabe. La satisfacción del anunciante es la prioridad de YouTube, su principal fuente de ingresos; tanto es así que decidieron endurecer –meses atrás– la política de contenido de la plataforma para evitar cualquier descalabro comunicativo, cualquier supuesto discurso de odio, impidiendo que un anuncio de Iberia –o quien sea– sirva de prólogo del vídeo que ensalza las virtudes del nazismo, por ponernos dramáticos. El famoso y temido algoritmo de la compañía hace el trabajo sucio y, de darse el caso, el creador ve cómo la máquina le tumba el vídeo o le golpea donde más duele: en la cuenta corriente.

Creyó YouTube que todos sus problemas quedarían atrás, que no sufrirían la pandemia de odio que ha tomado el espíritu de Facebook. Pero no supo ver hasta qué punto habían amenazado la libertad de expresión y se habían suscrito a la dictadura de la corrección política. Igual que quienes critican a los autores por sus personajes –crear un personaje racista o machista no implica que su autor lo sea–, YouTube atosiga a quienes hablan de enfermedades, guerras o cuestiones vagamente polémicas. Como pueden imaginar, los canales de Historia o Ciencia sufren como una tortura medieval la progresiva disneyficación de YouTube.

El último lamento de Rocío Vidal, la divulgadora científica detrás de La gata de Schrödinger, lo leyeron sus seguidores en Twitter en dos partes. La primera: No puedo más. YouTube me ha desmonetizado el vídeo desmontando bulos sobre el coronavirus. Que tantas horas de trabajo YouTube las tire así sin explicación, no logro entenderlo. Luego fingiréis que os importa combatir la desinformación”. La segunda: “El vídeo aún no está público. Estoy esperando a la revisión manual de la monetización. Que la plataforma que debería valorar tu trabajo te boicotee constantemente desanima mucho. Tomaré alguna decisión al respecto muy pronto”.

Aquí introduce Rocío un concepto que, tal vez, suene a chino a los menos instruidos: la revisión manual. Este fue el mecanismo que la plataforma ideó para que los creadores apelaran las decisiones perjuiciosas del Algoritmo. Si los partners justifican por qué su vídeo no debe ser desmonetizado y un ser humano atiende a sus razones, YouTube les devuelve ese derecho y la vida sigue. Si, en cambio, ocurre lo contrario, el creador seguirá sin cobrar un céntimo por su trabajo –tampoco lo hará Google–. El hecho de que el algoritmo detecte que Rocío está hablando sobre una enfermedad que está provocando tanto nerviosismo generalizado –suponemos que esa es la razón; habrá mención a la falta de transparencia– es motivo suficiente para cortar el vídeo. No importa que el contenido trate de calmar, concienciar e instruir al personal.

“Ya no es sólo todo el trabajo que cuesta ganar dinero en YouTube, es la lucha constante por que te los moneticen”, explica Rocío. “Como el algoritmo va solo, como no te hacen caso cada vez que reclamas un vídeo, como parece que te comunicas únicamente con robots, te preguntas: ¿así tratas a las personas con las que trabajas?”. Las bondades que comentamos en el primer reportaje se disuelven cuando la conversación avanza sobre la cara B de YouTube. “No te explican por qué han desmonetizado el vídeo”, continúa. “Tienes una lista muy ambigua de razones, tienes que echarle imaginación. Muchos vídeos están desmonetizados, qué se yo, a lo mejor porque has dicho que Dios ha muerto. En ese momento pides la monetización manual, que significa que una persona revise tu vídeo y compruebe si debe seguir desmonetizado. Y normalmente te lo acaban devolviendo, pero eso puede tardar dos o tres días”.

No parecen mucho dos o tres días, y en realidad son un mundo: el torrente de visitas de un vídeo suele llegar en las primeras 72 horas de publicación. Así que, efectivamente, es mucho tiempo y es mucho dinero el que se pierde por el camino.

 

El caso de Pedro Pérez, profesor de Historia y divulgador de El cubil de Peter, es particularmente ilustrativo de los daños que genera la estricta y poco razonada posición de YouTube: “Si gano 300 o 350 euros al mes por mis vídeos y recibo en los primeros tres días el grueso de las visitas, en cuanto me desmonetizan, me entierran”. Hay más: lo peor de todo es que los creadores de contenido no reciben un mensaje o notificación de la compañía cuando los desmonetizan. Si te embargan una propiedad, qué menos que decírtelo.

Esta política de actuación trae de cabeza a los creadores, que tienen que vigilar constantemente que sus vídeos siguen siendo apropiados a ojo de YouTube. “Me da rabia esa falta de transparencia”, protesta Sandra Ortonobes, alias La Hiperactina, que tiene un canal de biomedicina. Una opacidad que, por cierto, YouTube extiende a sus cuentas: Wall Street estima que tiene el volumen de negocio de Netflix, como apunta The New York Times, pero no hay manera de saberlo porque Alphabet lo oculta en el global de su conglomerado. “Nunca sabes lo que está pasando y no deja de ser tu maldito contenido. Ya me lo han hecho con todos los vídeos: hubo una época en que, cada vez que entraba en YouTube Studio [la herramienta para controlar tus vídeos y comprobar las estadísticas], veía alguno, aunque fuese de un año, con la monedita amarilla [el temido icono de desmonetizado]. Y, si me pillaba fuera de casa, como sólo se puede pedir la revisión manual desde el ordenador, tenía que llamar a alguien para que lo hiciera. Pierdes dinero con cada minuto que pasa”.

Sandra insiste en que no se explica por qué no les notifican el veto o por qué demonios no les explican por qué lo aplican. “Hacen con tu canal lo que les da la gana”, añade. “Ni siquiera sabes qué normas incumples porque son supergenéricas. Nadie sabe lo que pasa y todo se supone que pasa por una revisión manual. Eso no hay quien se lo crea. Cualquiera que vea mi vídeo sobre el coronavirus se dará cuenta de que es completamente informativo y que trata de transmitir calma y de decir que os lavéis las manos y todo irá bien. ¿Me tengo que creer que una persona ha visto eso y ha decidido desmonetizarlo?”.

Igual que ella, Pedro pone en duda que YouTube esté siendo franco: no se cree que haya un ser humano atendiendo a las reclamaciones. “Me han desmonetizado vídeos sobre momias, sobre el descubrimiento de la penicilina, sobre la Revolución iraní y el origen de la enemistad con Estados Unidos, sobre la inspiración de Bram Stoker para Drácula… y el último que me han denegado, incluso en revisión manual, ha sido sobre la cronología de las grandes pandemias de la humanidad, desde la actualidad hasta la prehistoria, para poner en perspectiva y calmar esta histeria colectiva sobre el coronavirus”. Una vez más –tres de tres–, YouTube contra la información sobre el coronavirus.

 

Algunos usuarios se han atrevido a criticar a los creadores de contenido por quejarse de este maltrato, por querer ganar dinero por su trabajo. Rocío se defendió ante uno de ellos tras el último veto. “Por mucho que me apasione lo que hago, no puedo trabajar gratis (y ahora prácticamente lo estoy haciendo en YouTube)”, escribió en Twitter. “Nunca le pediríais a un profesor que diera clases sin cobrar, sin embargo a los que divulgamos en YouTube se nos pide altruismo. ¿Por qué?”. Y el caso es que ya no es únicamente un problema de dinero –que no es poco–, sino también una cuestión de libertad de expresión. “Me fastidia por el dinero, claro”, recoge Pedro. “Pero me fastidia por encima de todo que no me dejen tratar determinados temas. Te mandan el mensaje de que, si hablas de ciertos asuntos, como el nazismo o la Guerra de Vietnam, si hablas de guerras –el 50% de la historia de la humanidad–, te apartan. Entonces, ¿de qué hablamos? ¿Hablamos de lo chachi piruli que es todo? Pues no, la historia de la humanidad no es eso”.

La desesperación por el funcionamiento del algoritmo de YouTube es evidente. Pero ¿por qué la empresa no toma cartas en el asunto? Este periodista ha intentado contactar con algún responsable de Google para obtener una respuesta: sin éxito. Así que otro youtuber, en este caso Carlos Santana –con un canal sobre Inteligencia Artificial llamado DotCSV–, arroja luz al misterio. “Es complicado porque el algoritmo trata de ofrecerte un contenido como espectador y cuidar los vídeos de cara a los anunciantes mientras trata de asegurarse de que no haya una asociación entre un contenido que a lo mejor es tóxico con un anunciante determinado”, arranca. “En ese sentido, ese algoritmo es la mejor peor solución que tenemos. Yo podría decir que, efectivamente, necesitamos más transparencia, que nos explique mejor cómo funciona ese algoritmo. Pero, al mismo tiempo, eso le estaría dando armas a gente que se aprovecharía. De ahí viene el hermetismo: al ser una plataforma monetizada, va a haber mucha gente que saque provecho de eso”.

–Entonces, ¿cómo podría corregir YouTube las limitaciones de su algoritmo?

–Con más herramientas humanas –responde Carlos–. Al menos hasta que las otras herramientas estén más maduras.

Carlos propone que en el caso de Pedro, por ejemplo, se habiliten ciertas listas blancas por tratarse de un contenido educativo. El problema es que Pedro, por la dimensión de su canal, ya ha tenido la posibilidad de trasladar la queja directamente, sin robots de por medio, y le prometieron que lo resolverían. Sin embargo, nada ha cambiado: de los últimos seis vídeos, le han tumbado cinco. Y es una lástima, como dice Sandra: “Una plataforma de la que vive gente profesional no debería funcionar con algoritmos que funcionan mal”.

¿Tiene YouTube los días contados?

La respuesta rápida es contundente: a corto plazo, no. Google es consciente de la fuerza de su plataforma, que es un imperio y que no tiene competidores a gran escala. “Creo que somos tantos que YouTube ha perdido la perspectiva”, sostiene Carlos. “La política de esta empresa es que, si tú te vas, no pasa nada: en dos meses aparecerá otro tan grande como tú. Somos tan reemplazables todos, salvo los que están en la categoría de El Rubius o AuronPlay, que no tienen ningún problema”.

No olvidemos los datos que ofrecimos en el primer reportaje: tercera página más visitada, 2.000 millones de usuarios, presencia en 91 países. YouTube tiene las piezas y el tablero. Tal vez pudieran hacerle sombra Twitch, pero está diseñada para los streams –emisiones en directo–, o Vimeo, pero tiene una política más centrada en las producciones sofisticadas.

La angustia ante el maltrato y el desprecio está provocando que los creadores busquen alternativas. Los primeros en dar el paso fueron los gamers, que se marcharon a Twitch cuando YouTube les impidió monetizar sus vídeos –con unas ganancias mucho más grandes, a pesar de la bajada sustancial de audiencia; por eso emplean YouTube como repositorio–. Ahora son los divulgadores quienes planifican su salida.

Cuenta Sandra que ve a muchísima gente que vive de subir vídeos a YouTube y que, si encuentra otro lugar para hacerlo, está convencida de irse. Su amiga Rocío, una de ellas, lo confirma sin pelos en la lengua: “Si YouTube quiere seguir creciendo, va a tener que abordar este problema prontísimo. Va a tener que comenzar a ponderar que los creadores somos sus socios, que sin nosotros no serían nada. Entiendo que tengan que tratar bien a quienes se publicitan, pero también a nosotros. Todos estamos buscando vías alternativas para difundir contenido. YouTube está en una posición cómoda, pero, cuando se quiera dar cuenta, todos habremos hecho la transición. YouTube es un canal como cualquier otro, hoy tiene el monopolio y mañana puede dejar de tenerlo. En Twitch, por ejemplo, con un 1% de las visitas ganas el triple. Ya hay creadores que, aun sabiendo que van a tener menos visitas, no se plantean ni de coña volver”.

Rocío, que por momentos parece la voz del sindicato, se despide con un mensaje de alerta para YouTube. “Espero que en los próximos 15 años aprendan a valorar a sus creadores”, zanja. “Eso o se irán yendo. Uno a uno”.