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David Trueba: "En el mundo cultural hay mucha apariencia, mucho nombre"

Foto: Jorge Fuembuena | Avalon

Después del éxito de Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), que se llevó seis premios Goya –incluidos mejor película y mejor director–, David Trueba ha recuperado a los dos protagonistas de su primera película, La buena vida (1996), para su nuevo proyecto cinematográfico, Casi 40, que se estrena este viernes. Una road movie con pinceladas de musical que narra el reencuentro de dos antiguos adolescentes, ahora a punto de entrar en la cuarentena, para hacer una modesta gira de conciertos por España. Y el reencuentro también del propio David Trueba con los actores Fernando Ramallo y Lucía Jiménez, 22 años después de su anterior colaboración.

“En el mundo cultural hay mucha apariencia, mucho nombre, mucho tal…”, cuenta el director a The Objective, “y lo difícil, cuando ya llevas un tiempo, es juzgar las cosas en su pureza, en lo que son”. Y a esa pureza es adonde ha querido regresar el director, sin vértigo por la buena acogida de su trabajo anterior. “Lo que da vértigo es volver apoyado en eso”, aclara. “Yo hago el ejercicio de olvidarme de que eso ha pasado y recuperar un esfuerzo inicial, un riesgo inicial, unos valores iniciales como si fuera mi primera película”.

“Recuperar la transparencia”

Ese regreso a la casilla de salida es algo que también les exigió a sus actores a la hora de rodar Casi 40. “Cuando empezamos les dije: ‘Yo sé que habéis aprendido mucho en estos 22 años, pero a mí me gustaría que volvierais a recuperar la transparencia de cuando teníais 16 e hicisteis La buena vida‘ porque yo creo que es importante siempre volver al inicio, sobre todo en estos trabajos artísticos; no arrancar desde algo asumido, desde algo que ya sé hacer”.

David Trueba:

Fernando Ramallo y Lucía Jiménez en ‘Casi 40’. | Foto: Avalon

Sin embargo, “más que La buena vida“, ha tenido más influencia en Casi 40 la última novela de David Trueba, Tierra de campos, cuyo protagonista era también músico. “Se lo di a leer a una amiga que era músico [sic] y, hablando de elementos que estaban en la novela, empezamos a hablar también de la dificultad añadida que tiene a veces una mujer cercana a los 40 para seguir en una profesión así si no es una superestrella”. Al director le “caló la idea de alguien que hubiera renunciado a eso por la comodidad familiar o por los elementos de machismo reciclado que se va mutando en otras formas”.

“Tanto pasado como futuro”

Los treinta y tantos, reconoce Trueba, son una edad en la que el pasado “empieza a pesar bastante, cosa que antes no. Es quizá una de las características de acercarse a los cuarenta: empiezas a vislumbrar que empieza a haber tanto pasado como futuro. Entonces, eso que llamamos ‘la mitad de la vida’ hace que empiece de verdad la mochila a ser más difícil de llevar y por eso también está unido a conceptos de crisis, de replanteamiento, de reescritura”.

A David Trueba ese paso del tiempo le interesa especialmente en su reflejo en el cine. “Esto una cosa maravillosa que los actores llevan en su cara, en su piel. Cuando uno ve a Ingrid Bergman en la época de Rossellini, está jugando también con la Ingrid Bergman de Hitchcock. Cuando ves a la Katharine Hepburn o al Henry Fonda de El estanque dorado, tú tienes algo que te retrotrae a ellos de jóvenes y puedes hacer su biografía. Eso lo tiene el cine y no lo tiene nadie más: que aparezcan estos dos señores y que tú los conozcas cuando eran jóvenes”. Con este elemento ha jugado el director en Casi 40 al reunir a Ramallo y Jiménez.

Y el resultado ha sido la Biznaga de Plata, el premio especial del jurado en el Festival de Málaga -donde la película se presentó el pasado abril-, un galardón que compartió con La reina del miedo, de Valeria Bertucelli y Fabiana Tiscornia. “El éxito en Málaga me sorprendió porque uno siempre va pensando que va a ser vapuleado, por lo menos en mi caso porque me pongo en lo peor casi siempre, me sirve un poco de autodefensa”, recuerda Trueba. “Y lo que dije fue: ‘Pues mira, a lo mejor hemos conseguido comunicar lo que la película quería comunicar’, que ese es siempre el mayor esfuerzo, o sea, acertar entre cómo tú quieres plantearlo y que lo perciban así. Eso, a veces hay como unas interferencias y no pasa y otras veces pasa y es muy agradable”.

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