Desde mi ventana: El síndrome
Foto: Paz Juristo

Cultura

Desde mi ventana: El síndrome

Delirios, aforismos y microrrelatos inspirados por el confinamiento

por Álvaro del Castaño

En The Objective tenemos el placer de publicar en exclusiva los primeros capítulos del nuevo proyecto literario del novelista Álvaro del Castaño, Desde mi ventana, escritos en Londres durante los días de cuarentena.

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Desde mi ventana: El síndrome

Ha llegado el principio del final de nuestro involuntario y solitario encierro. Mis pensamientos han abandonado el confinamiento y ya solo se dirigen al futuro. Hoy escribo mi penúltimo texto desde mi ventana, durante la maldita experiencia en la clausura.

Estamos agotados y nerviosos, aunque con frenética energía y con fe en el futuro. Ha llegado el momento. Nos disponemos a enfrentarnos al mundo exterior. ¿Qué efectos inesperados tendrá nuestro desencaje? Hay uno, queridos lectores, del que no somos conscientes aún.

Empiezo por recordar, y por dar una pista, recordando lo que decía nuestro gran poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer: el espectáculo de lo bello, en cualquier forma en que se presente, levanta la mente a nobles aspiraciones.

Pero, ¿y si se nos presenta de repente?, ¿y si nos damos de bruces con la Belleza? Tras meses de retiro forzado, queda preguntarnos cómo reaccionaremos ante este espectáculo sensorial del que hemos sido desprovistos, pues hemos sido brutalmente privados de su privilegio. ¿Qué haremos ante este despliegue estético en grandes dosis, ante el influjo y la magia de la arquitectura, la naturaleza, la pintura, la escultura, el teatro, el ballet, la ópera y tantas otras disciplinas, fuentes de beldad que hemos echado de menos?

No se sorprendan si expuestos a tanta belleza nuestro corazón se acelera y nos falta el aliento. Desacostumbrados a tanta hermosura puede que nos quedemos boquiabiertos, asediados por emociones que derrumban nuestros debilitados pilares. Desconfiados, inocentes e imprudentes, quizás nos enfrentemos al ataque despiadado de la perfección. ¿Nueva pandemia?

Se sienta al acecho en las aldeas, en los escondrijos mata al inocente; sus ojos espían al desvalido.

Tras un par de meses aislados entre cuatro paredes, instalados en la cronostasis, absorbidos por el lenguaje del virus, expuestos a la estulticia de la televisión, privados de la sublimidad del arte y de la naturaleza, estamos brutalmente indefensos sensorialmente.

Hemos estado secuestrados por la mediocridad y podredumbre óptica de nuestro entorno. André Maurois nos recordaba que cuando las cosas no van bien, nada como cerrar los ojos y evocar internamente una obra bella. Apuesto a que no hemos seguido los consejos del maravilloso escritor francés y hemos olvidado lo verdaderamente bello, presos de las redes sociales, encajados entre ventanas metálicas, oscuros pasillos, paredes expuestas y suelos gastados. Todos escondidos de la verdadera luz.

¿Saldremos cegados, borrachos de energía a despilfarrar nuestro tiempo en la calle? ¿Riadas de risotadas, pasatiempos fáciles, tiempo malgastado?

No lo duden, de repente, y sin darnos cuenta, nos toparemos con la espontaneidad romántica generada por la acumulación de estética y la exuberancia del disfrute artístico. Caeremos víctimas del síndrome de Stendahl.

Esta enfermedad psicosomática, fue denominada así en honor al famoso autor galo del siglo XIX (El Rojo y el Negro, La Cartuja de Parma) que fue el primero en explicarla en su diario, donde narró con todo lujo de detalles lo que le ocurrió delante de la iglesia florentina de la Santa Croce:

“…le alegró ver a un francés. Le rogué que me abriera la capilla, en el ángulo noroeste, donde se encuentran los frescos del Volterrano. Me condujo hasta allí y me dejó solo. Ahí, sentado en un reclinatorio, con la cabeza apoyada sobre el respaldo para poder mirar el techo, las Sibilas del Volterrano me otorgaron quizá el placer más intenso que haya dado nunca la pintura. Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme.”

El síndrome de Stendahl fue maravillosamente diagnosticado y genialmente nombrado y literariamente descrito por la psicoanalista italiana Graziella Margherini en 1989. La psiquiatra se rindió ante la evidencia de los cientos de casos de ataques de ansiedad, desmayos y distintas afecciones que le llegaban todos los años al servicio de urgencias en el que trabajaba en Florencia, mayoritariamente de paseantes solitarios, que caían rendidos ante tanta belleza, presa de esta malattia.

Seremos dolientes de tanto placer. Disfrutaremos de la belleza que nos acecha. Re-descubriremos. Nos dejaremos sorprender.

Parafraseando a Platon, al ver la Belleza de la Tierra, el hombre quedará transformado con el recuerdo de la verdadera belleza: le gustará echar a volar, pero no podrá.

 

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ÍNDICE

Capítulo 1: Tempus Fugit

Capítulo 2: Mi casa es mi castillo

Capítulo 3: La belleza de la amistad se encuentra levemente implícita

Capítulo 4: Mirada furtiva. Un cuento

Capítulo 5: El gran desnivel

Capítulo 6: Inés

Capítulo 7: Una idea original

Capítulo 8: Morir solo

Capítulo 9: Atroz

Capítulo 10: Ángeles

Capítulo 11: Miedo

Capítulo 12: Los Errantes

Capítulo 13: Distopía. Un cuento

Capítulo 14: Esperanza

Capítulo 15: La peste

Capítulo 16: Estulticia

Capítulo 17: Gashin-Shōtan

Capítulo 18: Tenebrae

Capítulo 19: El pesado fardo

Capítulo 20: Efecto dominó

Capítulo 21: Revelación

Capítulo 22: Contra el confinamiento existencialista

Capítulo 23: Serpenteando en la piel de otros

Capítulo 24: El síndrome

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.