Vivir con un perro no te convierte en un experto. Si quieres entenderlo, tienes que aprender
Foto: Anna Dudkova

Futuro

Vivir con un perro no te convierte en un experto. Si quieres entenderlo, tienes que aprender

Según la teoría coevolutiva, con el paso de los años, humanos y perros hemos desarrollado habilidades cognitivas que favorecen la comprensión mutua. De ahí que podamos establecer vínculos afectivos tan fuertes. Y aunque se trata de un terreno ampliamente explorado, sorprendentemente, la mayoría de los estudios se enfocan en la parte canina. No fue hasta finales de 2019 cuando se publicó el primer estudio exhaustivo de la capacidad humana para entender las demostraciones emocionales de los perros y de dónde viene esa comprensión.

por Carola Melguizo

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Después de vivir más de 40.000 años con los humanos, los perros se han vuelto expertos en leer e interpretar nuestras emociones. Y sin duda han aprendido a comunicarse. Sabemos que adaptan su expresividad en función de si les prestamos atención o no, que desarrollaron un músculo especial para poder poner ‘ojos de cachorro’ y que tienen la capacidad de conectar con nosotros como ninguna otra especie. Nos conocen tan bien que, por ejemplo, no confían en nosotros cuando estamos enfadados. Pero, ¿es algo mutuo? ¿Tenemos nosotros la misma capacidad de leer sus expresiones? La respuesta corta es: no.

Según la teoría coevolutiva, con el paso de los años, humanos y perros hemos desarrollado habilidades cognitivas que favorecen la comprensión mutua. De ahí que podamos establecer vínculos afectivos tan fuertes. Y aunque se trata de un terreno ampliamente explorado, sorprendentemente, la mayoría de los estudios se enfocan en la parte canina. No fue hasta finales de 2019 cuando se publicó el primer estudio exhaustivo de la capacidad humana para entender las demostraciones emocionales de los perros y de dónde viene esa comprensión.

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Foto: Amy Baugess | Unsplash.

El estudio, publicado en la revista científica Scientific Report, y dirigido por las investigadoras Federica Amici del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y Juliane Bräuer del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana, ambos con sede en Alemania, sugiere que la capacidad humana para reconocer las expresiones faciales de los perros no es innata, sino adquirida. No es un rasgo evolutivamente seleccionado. Se adquiere principalmente a través de la edad y la experiencia. En el caso de los adultos, es mejor en aquellos que crecen en contextos culturales positivos hacia los perros.

¿Qué sabemos ahora?

El equipo de investigadores, en su mayoría alemanes y británicos, quería probar la hipótesis coevolutiva que afirma que el reconocimiento de emociones entre especies es especialmente adaptativo cuando estas pasan mucho tiempo en estrecha asociación, como es el caso de los perros y los humanos. Entendiendo que, si esta habilidad había evolucionado y ahora estaba codificada en nuestro ADN, incluso los niños deberían ser capaces de reconocer las expresiones faciales de los canes. En el supuesto, en cambio, de que existiera un componente aprendido, los adultos deberían obtener mejores resultados. 

Además, plantearon la hipótesis de que si la capacidad de leer las emociones faciales se debía realmente a la coevolución, deberíamos estar claramente más capacitados para reconocer las emociones en los perros que en otras especies. Como en los chimpancés, por ejemplo, con los que tenemos muchas similitudes, pero con los que no hemos coevolucionado. 

El estudio

En el estudio participaron 89 adultos y 77 niños, con edades comprendidas entre los cinco y los seis años. Todos europeos. Algunos musulmanes, otros no. Finalmente, fueron categorizados según su edad, según la actitud de su cultura hacia los perros y según su propio historial personal de tenencia de perros. A cada participante se le presentaron fotografías de perros, chimpancés y humanos y se le pidió que calificara el nivel de felicidad, tristeza, ira o miedo que mostraba el individuo de la imagen. En el caso de los adultos, se les pidió también que determinaran el contexto en el que se había tomado la foto. 

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Foto: Hassan Pasha | Unsplash.

Los resultados del estudio sugieren que, si bien algunas emociones pueden reconocerse con facilidad en el perro desde el principio, como la ira y la felicidad, la capacidad de reconocer de manera confiable las emociones del perro se adquiere principalmente a través de la edad y la experiencia. «Los participantes con experiencia en perros fueron en general más competentes para reconocer las emociones de los canes que los participantes sin experiencia», explican los autores. De ahí que, en el caso de los adultos, la probabilidad de reconocer las emociones fuera mayor para los participantes que crecieron en un contexto cultural con una actitud positiva hacia los perros, incluso si nunca tuvieron uno. “No es necesariamente la experiencia directa con los perros lo que afecta la capacidad de los humanos de reconocer sus emociones, sino más bien el entorno cultural en el que los humanos se desarrollan», concluye el estudio.

Los niños, en cambio, mostraron un reconocimiento muy limitado de las emociones del perro. La cultura y la experiencia personal con los canes, en este caso, parecen no influir demasiado. Pero hay una excepción. De acuerdo con los autores, «la capacidad de reconocer la ira es claramente adaptativa, ya que proporciona beneficios físicos inmediatos al transmitir información crucial sobre situaciones posiblemente peligrosas y, por lo tanto, conlleva mayores costos de supervivencia». Se puede argumentar que se aprende a reconocer la ira rápidamente a través de la experiencia y que fácilmente puede ser una habilidad adquirida antes de los cinco años. Sin embargo, los autores explican que incluso los niños musulmanes, criados en zonas donde los perros no son priorizados como mascotas, son capaces de reconocer con éxito la ira canina. 

Aunque los resultados son relevantes y marcan una línea de investigación que sin duda vale la pena explorar, el estudio es pequeño en cuanto al alcance y tiene algunas limitaciones. Por ejemplo, todas las imágenes de perros utilizadas corresponden a pastores alemanes o similares y se estudiaron solo dos grupos culturales. «Creemos que sería valioso realizar estudios futuros que busquen determinar exactamente qué aspectos culturales afectan la capacidad de leer las emociones del perro, e incluir estímulos de la vida real y expresiones corporales además de estímulos instruidos y expresiones faciales», afirma Bräuer. En cuanto a las otras imágenes, los autores concluyen que, independientemente del contexto cultural, somos buenos reconociendo las expresiones faciales humanas, pero no estamos realmente capacitados para reconocer las de los chimpancés.