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¿Y si el Parlamento sí es ridículo, muy ridículo?

Apenas unas horas después de que Macron reuniera a las cámaras en Versalles para advertir de su elefantiasis improrrogable al millar de diputados y senadores –“la República no se reforma; se transforma”– Juncker llegó al Parlamento de Estrasburgo y al verse ante el hemiciclo vacío, exclamó:

–El Parlamento es ridículo; muy ridículo.

Denigrar un Parlamento suele tomarse por una herejía antidemocrática, pero desde luego se trataba de una escena ridícula, casi escandalosamente ridícula. Más de setecientos escaños vacíos, y apenas una treintena de cabezas perdidas en ese mar de butacas confortables que, a las nueve de la mañana, ante el balance de gestión de un semestre europeo, deberían estar ocupadas por gente que cobra más de ocho mil euros mensuales y se reparte 40 millones en dietas a razón de cuatro mil euros al mes por eurodiputado además de asistentes propios por más de veinte mil.

¿Pero es el Parlamento ridículo? López-Medel contó alguna vez que en el primer mandato de Aznar, cuando él se incorporó al Congreso, uno de los capos del partido se le acercó a reprocharle: “Jesús, aplaudes poco”. No le cuestionaron su trabajo, las comisiones o el trabajo en la circunscripción, sino que aplaudiera poco. “Aunque la teoría dice que el Parlamento sirve para legislar, en realidad sirve para aplaudir”. El caso es que seguramente Juncker sí que se hubiera conformado con que allí hubiera trescientos tíos aplaudiendo; incluso doscientos. El colmo es que ya ni siquiera sirva para aplaudir.

Vale, sí, volvamos al terreno de lo obvio: el Parlamento no sirve para aplaudir sino para legislar. En todo caso, habrá que preguntarse por qué desde fuera, e incluso desde dentro, la percepción extendida es que consiste en aplaudir y dar al botoncito a cambio de sueldazos. Para el populismo, es un caramelo tentador. Mélenchon ya se desmarcó de la cita de Macron (“no nos interesa escuchar al Rey en su palacio”) y citó a su gente en una plaza de París, que es ‘el parlamento sentimental’ del Los Indignados. Aquí ya hubo un ‘Rodea el Congreso’, al menos hasta que los indignados se sentaron dentro. Ya decía C.S.Lewis que el mejor modo de neutralizar a un antisistema es darle un escaño.

Pero regresemos a la escena de ayer con Juncker en el Edificio Louise Weiss sobre el Rin. Si la actividad del Parlamento impedía a los europarlamentarios estar allí, en efecto Juncker tiene razón: es ridículo. Si se trata de absentismo laboral de esos europarlamentarios, entonces también tiene razón: el Parlamento es ridículo. A pesar de las protestas algo sobreactuadas de Tajani y la rectificación del exabrupto, hay, sí, algo definitivamente ridículo. Incluso uno de los aspectos centrales del Parlamento, que es su potencia representativa (por eso Churchill, cuando el arquitecto responsable de restaurar Westminster tras los bombardeos de la guerra sugirió cambiar de sede por otra menos pequeña e incómoda, se negó por tratarse de un símbolo profundamente interiorizado) está deteriorándose, quizá demasiado.

Tal vez en lugar de hacerse cruces, rasgarse las vestiduras, poner el grito en el cielo, en definitiva todo el ceremonial de la indignación, convendría preguntarse por la degradación del parlamentarismo entre la indiferencia ante el descrédito de las instituciones democráticas. Las grandes etiquetas –tipo ‘templo de la soberanía popular’ y cosas así– se alejan de la realidad. Ya ni siquiera se puede estar seguro de aquello que decía, sarcásticamente, Elbert Hubbart: “La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento no puede ser mas incompetente que aquellos que le han votado”.

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