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¿Y de qué sirve la fama?

El senador demócrata de Virginia, Mark Warner, considera que Justin Bieber es "una mala influencia" para los jóvenes y apoya que sea deportado.

El senador demócrata de Virginia, Mark Warner, considera que Justin Bieber es "una mala influencia" para los jóvenes y apoya que sea deportado. Hay que aclarar que es padre de tres chicas. El cantante tiene más de 63 millones de fans en Facebook, casi 49 millones y medio es Twitter y millones de visitas a sus vídeos en YouTube. Estamos hablando de un chico canadiense que este año cumple 20 años y que hace sólo cinco debutó en el mundo de la música pop con un éxito abrupto.

Accidentes de coches, drogas, alcohol, sexo, confesiones amorosas íntimas, y siempre escándalos y excesos son las noticias en torno a este ídolo de la mayoría de nuestras adolescentes y jovencitas. No es de extrañar que al senador Mark Warner le salga preguntar dónde tiene que firmar para que lo deporten. Pero ¿qué haríamos nosotros si estuviéramos en su lugar?

Hay quien dice que "la fama es pobreza de oro cubierto". Pero el papa Francisco es famoso y no me encaja en esta definición. Tampoco en la fama de Teresa de Calcuta, o de Vicente Ferrer, ni siquiera en la de Bono de U2 o la gran polémica Lady Di. Quizás lo malo no sea la fama por mucho que en la espiritualidad católica no sea bien vista.

Por una parte, no existe la fama absoluta, siempre habrá grupos en el planeta que no conozcan a nuestro héroe. Lo único absolutamente famoso es la realidad espiritual que algunos llamamos Dios, otros Alá, otros energía cósmica, Naturaleza o vete a saber cómo. Y que, además, está muy de moda en la actualidad. Será que quizás sea lo único que nos podría llenar. Unamuno decía que "el cielo de la fama no es muy grande, y cuántos más en él entren a menos tocan cada uno de ellos".

Por otra, todo famoso es un mortal igual que tú, igual que yo. Además, imperfecto. Tal vez por eso las famas son pasajeras. Tampoco hay fama eterna, ni siquiera la de Jesucristo porque antes de su llegada no se conocía. 

Así que nos toca pensar ¿qué hacemos con fiebres adolescentes como la de Justin Bieber? Deportarlo no es la solución. Quizás nuestra juventud necesite mejores referentes, valores más duraderos, más diálogo intergeneracional. Alguien que no les defraude nunca… Quizás, sólo quizás, somos los adultos los que hemos fallado y sea ya la hora de reflexionar. ¿De qué sirve la fama, la riqueza, la belleza, la juventud, si tenemos un corazón vacío y triste?

 

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