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Volverás a Carlos Dickens

A Dickens se le han buscado tantos defectos que siempre estamos a tiempo de alabar sus virtudes.

Wilde se rió de su dramatismo, la Woolf arremetió contra su técnica, y no pocos han deplorado su sentimentalidad mesocrática, su don mercadotécnico o esos finales tan sacarosos de novela. A Carlos Dickens, en realidad, se le han querido buscar tantos defectos que siempre estaremos en “el mejor de los tiempos” para alabar sus virtudes, su dosificación exacta de finura y de grandeza. Que nadie tenga mala conciencia cultural por aflojar la emoción con “Little Dorrit”: será que todavía es digno de salvar las tentaciones del cinismo y saborear tantas lealtades dickensianas, “las alegrías sencillas, el placer de las grandes hogueras, el patín sobre la nieve (…), buenas comilonas y amores ingenuos”.

Quizá parezca poca cosa, pero de todo eso alzó Dickens una categoría del espíritu, al punto que Baroja acude a la llamada de la niebla de Londres y Galdós –peregrino en Inglaterra- busca en cada inglés las polainas de Pickwick. Con mayor hondura, Joseph Brodsky acepta el Nobel y proclama que para un lector de Dickens siempre será más difícil disparar a su prójimo en nombre de una idea. No es una frase ligera, toda vez que Brodsky sufrió persecución por sus ideas. Recuérdese, en fin, aquel testimonio según el cual el peso moral de Dickens ahorró a Inglaterra una revolución.

El anglófilo Maurois explicó el éxito del escritor: “se adivinaba que quería a los hombres, y los hombres se lo agradecían”. De Oliver Twist a Casa desolada, era justicia devolver a Dickens piedad por piedad, y algo de eso hay en tantos ensayos, reediciones y películas como abundan de unos años a esta parte. Tiene su paradoja que algunos de ellos busquen explicar la vida de un hombre que, entre la obra y la vida, se entregó con “dureza atómica” –la expresión es de James- a su obra. El Dickens que se remangaba para ayudar a un mediocre escribidor calameaba con la otra mano su Historia de dos ciudades. Jamás incumplió un plazo para decir a los lectores “de la manera más maravillosa posible, por qué somos como somos”. Con los escritores iba a ser aún más generoso: como una verdad eterna, les dejó esa otra lección del “nulla dies sine línea”.

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