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Violadores

Se ha liado, en Colombia, por la violación cometida por un prestigioso y acaudalado arquitecto del barrio de Chapinero, en Bogotá. El canalla, de 38 años, se llevó a su casoplón a una niña de siete años a la que torturó, violó y estranguló. Tras la barbarie, el tipo ingresó en una clínica para ser tratado por una sobredosis de cocaína, y allí mismo fue arrestado. Una turba de ciudadanos horrorizados trató de lincharle, pero la policía lo evitó.

Es un drama. Esta misma semana he escrito de ello en mi República de las ideas. Me revienta el alma cada caso, y sucede cada día en todos los países del planeta, y las Administraciones y la sociedad no reaccionan como es debido, anestesiados ante un infierno insoportable del que son víctimas casi siempre niñas, niños y mujeres. En esta semana hemos asistido al escándalo de los pederastas ingleses en el mundo del fútbol, la prostituta rumana fallecida ahogada en un burdel de Málaga, la resurrección del escándalo de Bertolucci, Brando y la pobre María Schneider, los bárbaros de “La manada” que violaron en grupo a una cría en Córdoba y a otra en Pamplona fotografiando todo con el teléfono, ahora la niña de Bogotá. Y sucede cada día, en todas partes, y las víctimas, si sobreviven, padecen en silencio.

Es de obligada lectura el libro del mágico pianista británico James Rhodes, “Instrumental. Memorias de música, medicina y locura”. A él le violaron múltiples veces desde los 6 años hasta reventarle la espalda y el alma. Se enganchó a las drogas y el alcohol, estuvo encerrado en psiquiátricos y la música le salvó la vida. Rhodes lo describe con crudeza como cuando se es violado, lo recuerdas cada día: “…ponerte en pie y salir al mundo. Sabiendo que va a doler. Que el día se te va a hacer muy largo… Las violaciones infantiles son el Everest de los traumas. Hablemos de violaciones, no de abusos… ¿Sabéis como arrebatar a un niño todo lo que tiene? Folláoslo… Todos los días hay mil cosas que te lo recuerdan… Es como esas marcas de nacimiento que algunos tienen en la cara, que los niños se quedan mirando y de las que los adultos apartan la vista”. Los adultos, sí, mayoritariamente apartan la vista. Pero las víctimas mueren en el acto o mueren después la vida durante el resto de su existencia.

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