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Venecia se hunde

Qué profunda emoción recordar el ayer, cuando todo en Venecia me hablaba de amor. Así cantaba Charles Aznavour, enamorado de la ciudad serenísima, y luego Hombres G también le cantaba, pero entre nosotros, y con perdón de Summers, no era lo mismo.

Qué profunda emoción recordar el ayer, cuando todo en Venecia me hablaba de amor. Así cantaba Charles Aznavour, enamorado de la ciudad serenísima, y luego Hombres G también le cantaba, pero entre nosotros, y con perdón de Summers, no era lo mismo.

Celoso de su belleza, el mar lleva siglos empeñado en sumergir la ciudad, pero es un riesgo menor comparado al complot de los horteras que la acecha, amenazándola con transformarla en un polígono inundado. Pobre de la generación castigada con contemplar como desaparece en el fango y el mal gusto, la ciudad que creció -precisamente- en el último eclipse de occidente, aislada para protegerse de los bárbaros, capaz de pelear en Lepanto y negociar después con el Turco, sin un resto de honor pero muy guapa, que al final sólo por eso, por ser hermosa, ha sobrevivido Venecia sobreponiéndose a la rapiña de Napoleón o a las guerras brutales de la modernidad.

Sí, sólo por eso, porque es bella, todavía flota Venecia. Sólo porque allá se hace soportable la decadencia, y es que no es del todo desagradable mecerse en sus brazos, contagiarse de unas gotas de cinismo romántico, salir de las situaciones desagradables con una frase ingeniosa; soñar con ser un poco Oscar Wilde y un poco Woody Allen, creer que tenemos fuerza suficiente como para despreciarlo todo; pensar que la virtud es demasiado fatigosa y que hasta el vicio se puede disimular siempre que el marco sea el Gran Canal y no el barrio rojo de Amsterdam. Sí, es una ciudad perfecta para contemplar el ocaso definitivo, es la patria de los que saben que el mundo es cada día más feo y que hay que procurar no mirarlo. Pero ni eso vamos a tener, porque se hunde.

En fin, que todavía nos quedará Roma... en realidad sólo nos queda Roma, como siempre. Lo malo es que no es lo mismo, que a Roma no se le puede amar superficialmente, que sabe ser esposa pero no amante, o sea, que no se conforma con verte tirado, disfrutando calada a calada el camino de la autodestrucción. En Venecia siempre es carnaval, en Roma es siempre Via Crucis. Y eso está bien, supongo, pero me rebela no poder disfrutar de la tentación de morir en Venecia, porque te vas allí todo trágico y te adelanta una góndola con George Clooney, y entonces te ves tan ridículo como si estuvieras en una película de los Cohen.

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