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Una piedad interminable

Sigue habiendo Navidad al margen de esas cenas de empresa en las que el contable termina bailando a lo Tom Jones y la chica de marketing se retira al baño con una crisis de llanto inexplicable. Cuando Dickens escribe su Cuento de Navidad, busca reencontrar al público con la mítica ‘merry England’ que calentaba los espíritus con sopas maternales, tientos al ponche y asados en su punto de rosado. Chesterton dice que Dickens se batía por la antigua alegría europea, por la fiesta pánica y cristiana que nos llevaba a comer, beber y rezar como una trinidad de perfecta congruencia humana*. Tanta repostería conventual, tanta paciencia azucarada de las monjas, tendrán su sentido previo –afirma Joseph Ratzinger- en la propia Escritura: ‘aquel día, los montes destilarán dulzura y las colinas manarán leche y miel’. Quizá por eso la mesa jubilosa de la Navidad es el pretexto para que las mejillas ganen los colores del vino y el avaro de la casa tenga la magnanimidad de abrir un champán de buena añada. En Navidad no dejamos de celebrar –como diría d’Ors- que hay anunciación además de apocalipsis.

Hoy como ayer, defender la Navidad es defender la capacidad del hombre para lo sagrado, la capacidad de bien, la continuidad de lo visible a lo invisible, el mundo como dignidad y como sentido. Un esplendor de la verdad. De puertas adentro, la palpitación de intimidad de la Navidad llega al hondón de lo que somos: el tacto primero de la fe, el recuerdo de la maravilla, la inocencia como sabiduría deseable, el corazón como raíz de la mirada. Por eso entronca con la memoria afectiva, con ese andamiaje emocional según el cual es posible dar amor porque se ha recibido: el Jesús que nace en Belén va a necesitar amor –como todos los hombres- para simplemente no morir. He ahí un sedimento antiguo de bondad, sólido y real como el turrón de Alicante. No todo es mal y horror. Para los cristianos –incluso para los no cristianos-, la entrada de Dios en la historia tiene algo de corolario del bien.

La vigencia de la Navidad tiene algo de anclaje no precario contra el tiempo, desde aquella mañana de aguanieve en que alguien nos llevó a coger musgo o la simple constatación de que cenamos con aquellos que se asomaron a nuestra cuna y se asomarán a nuestra tumba, tanta gente cuyo amor y cuya palabra nos dieron un significado. Hay también un diálogo amoroso entre las miradas del Belén, dentro de esa luz ensimismada. Lo han sabido retratar tantos pintores que incluso podemos olvidar que ese diálogo está en cualquier madre con su hijo. Marina Tsvietáieva llega a decir que alguna dignidad superior tendremos a los ángeles, pues sólo nosotros fuimos hechos ‘a imagen y semejanza’ de Dios. Nunca estamos lejos del misterio. Esa es otra lección de Navidad.

En la noche al raso de Belén, la fe tiene la consistencia de la carne, la certeza de significación emotiva del ‘adeste fideles’ como un fanal de luz que prendiera por dentro. Se hace difícil permanecer ajeno. Luego valdrá casi todo para festejar la Navidad, salvo –quizá- los villancicos con orquestación ‘new age’: leer a Lope, escuchar a Dean Martin o a Messiaen, meterle mano al foie cuando nadie está mirando. Rara condición humana: estar a la vez a mil cosas y de procesión hacia Belén, sin enterarnos del todo de la historia de una piedad interminable.

*Ref. Valentí Puig, La fe de nuestros padres.

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