José Carlos Rodríguez

Una 'democracia del siglo XXI'

"Pablo Iglesias trata cada obstáculo a sus objetivos políticos como objetos de demolición: “El próximo Gobierno tendrá muchos enemigos”, dijo en el Parlamento, y señaló a tres: a los medios de comunicación, a los tribunales y a las protestas en la calle"

Opinión

Una 'democracia del siglo XXI'
Foto: Manu Fernandez
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

De manera algo apresurada, ante la eclosión de un verdadero Gobierno de progreso presidido por Pedro Sánchez, apunté algunos consejos en un apretado Manual para un golpe de Estado moderno. Era en diciembre, y faltaba aún mes y medio para que se constituyese el Gobierno, pero ya preveía ciertas medidas y actitudes que han adoptado a rajatabla, como adoptar medidas que humillen al Ejército, para que algún espadón se salte el carácter apolítico de la institución. La ministra de Defensa, Margarita Robles, se ha saltado la antigüedad y el mérito en determinados ascensos a generales, por ejemplo. El desprecio institucional a la figura del Rey obedece a un calculado intento de que provocar un Real cabreo.

¿Por qué son tan previsibles? Porque los impulsores de Podemos llevan años estudiando cómo acabar con nuestra democracia desde el poder para implantar una “democracia de nuevo cuño”, como reclamaba el PCE durante la Guerra Civil. Hoy lo llamaríamos una “democracia del siglo XXI”, como las que apuntalaron Iglesias, Errejón y Monedero en América.

Como otras veces en la historia, el movimiento revolucionario, con objetivos y métodos muy claros, arrolla al pelele de turno; a los Von Papen, a los Kérenski. Por eso Pedro Sánchez es transparente en este análisis, y tenemos que mirar a Pablo Iglesias y a Juan Carlos Monedero. Iglesias ha leído la vida y obra de Lenin, y en ella encuentra el alfa y el omega de su pensamiento: hay que ocupar el poder, todo el poder, y no importa partir de una posición minoritaria para conseguirlo. Una vez en él, sólo hay que salir embalsamado, o a un país sin acuerdos de extradición. Monedero, recordaba en mi artículo, explica con precisión que hoy el modo de mantener el poder es convocando unas elecciones puramente formales, en las que el Gobierno de progreso no caiga en la “trampa” de la alternancia. Iglesias y Monedero muestran el camino para una verdadera revolución en España.

Para lograr un cambio de este cariz tienen que darse varias circunstancias. Lo primero es bloquear cualquier oposición al Gobierno. El Rey, como garante de la Constitución, está el primero de la lista. No es fácil callar los medios de comunicación críticos y mantener una apariencia democrática; ha sido más fácil hacer ver a los accionistas del duopolio televisivo que la crisis económica no va con ellos.

Pablo Iglesias trata cada obstáculo a sus objetivos políticos como objetos de demolición: “El próximo Gobierno tendrá muchos enemigos”, dijo en el Parlamento, y señaló a tres: a los medios de comunicación, a los tribunales y a las protestas en la calle. “Habrá algunos togados que pondrán su ideología reaccionaria por delante del derecho”. La democracia es el ejercicio del poder por parte de las únicas fuerzas democráticas, que son Podemos y sus socios. Y si las actuaciones del Gobierno se saltan la Constitución, los jueces habrán de acatar la actividad del Gobierno o de otro modo serán “togados con ideología reaccionaria”. Pablo ya se prepara el terreno atacando al sistema judicial, como ha hecho en el caso de Isabel Serra.

Como Iglesias tiene un corazón enorme, con espacios infinitos, límpidos y despejados para albergar su animadversión hacia todo aquél a quien considera enemigo, hay hueco también para todo español que se manifieste en contra del Gobierno. “Algaradas”, lo llama Pablo Iglesias. No las va a prohibir, salvo en un momento muy avanzado del cambio político. Pero pronto veremos manifestaciones de adhesión al propio Gobierno, como las que organizaba la narcodictadura de Maduro.

Pero no basta con anular toda oposición efectiva al Gobierno. Es necesario provocar un gran conflicto; una crisis social y política que polarice la opinión pública, que coloque al Gobierno a un lado, y a la oposición a otro. Lo más probable es que sea la legalización de la secesión de Cataluña. Argumento definitivo para que intervengan el Rey o parte del Ejército. Ese es el momento clave.

Si el Gobierno logra violentar el orden político actual lo suficiente como para suscitar una respuesta, podrá calificar de “golpista” cualquier oposición al Gobierno, aunque sea una defensa de la Constitución frente al propio Ejecutivo. Convencidos de que la Transición nunca debió triunfar, que el régimen del 78 nunca fue legítimo y ha acabado por fracasar, el Gobierno impulsará una democracia sobre nuevas bases. Entonces someterá el cambio a una votación para cambiar la Constitución por un mecanismo no previsto en ella: el puro y simple plebiscito. El resultado, de una clara mayoría en favor del Gobierno, aunque con escasa participación, servirá para enterrar la CE e iniciar una “democracia del siglo XXI”.

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