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Una defensa de la moralidad del capitalismo

Pocas confusiones tan extendidas como la que asocia la aparición del lucro y el interés propio con el capitalismo. El concepto funciona como si fuera el comodín tácito del público, ese recurso facilón del que tirar cuando te atascas en cualquier intento de explicación de la realidad. Parece preferible socialmente sacar ese espantapájaros que alegar, humildemente, desconocimiento. Sin embargo, un vistazo al pasado no nos enseña ninguna arcadia feliz habitada por ningún buen salvaje. Desde las sociedades de cazadores-recolectores hasta bien entrado el siglo XX, pasando por los sistemas de castas o los regímenes feudales, el mundo ha sido un fango celiniano donde ha imperado, de una forma u otra, la ley del más fuerte, la selección natural más descarnada.

El capitalismo no es la entronización de ese egoísmo. Eso es su caricatura interesada. Hasta ahora es el sistema que más ha atenuado los efectos de la desesperación por la supervivencia, el que más ha hecho por los que, por azar o capacidad, se han quedado atrás. El que más nos ha acercado al ideal que tenemos de nosotros mismos y el que más nos ha alejado del cocodrilo que se come a los pobres antílopes. Porque capitalismo es la socialdemocracia y la democracia cristiana, sostenidos por el espíritu liberal y los valores ilustrados.

Ese capitalismo en el que nos relacionamos es el que nos hace moralmente incomprensible que la televisión china silencie a sus deportista paralímpicos. No somos ya una manada de ñus dejando atrás al que cojea, al que no ve o al que necesita un brazo artificial porque un día un cocodrilo casi lo mata a dentelladas. Cuidamos de los demás, y de nosotros mismos. O de nosotros mismos en la medida en que lo hacemos de los demás. En ese equilibrio alquímico está la virtud de cualquier sistema político-económico. Parte de nuestras dudas quizá deriven de que no damos con la dosis, pero a lo mejor sí podemos concluir que la medicina es la correcta.

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