Ferran Caballero

Una ciudad extraña

La noticia de los atentados me llega lejos de casa, visitando castillos del Loira. Ayer estuvimos en Poitiers y bromée por whatsapp con unos amigos sobre la necesidad de seguir defendiendo la cristiandad. La broma tenía sentido por cosas como las de hoy, pero hoy seguramente no haría la broma.

Opinión

Una ciudad extraña
Ferran Caballero

Ferran Caballero

Profesor de filosofía y autor del libro "Maquiavelo para el s.XXI". "Tot ve que cau"

La noticia de los atentados me llega lejos de casa, visitando castillos del Loira. Ayer estuvimos en Poitiers y bromée por whatsapp con unos amigos sobre la necesidad de seguir defendiendo la cristiandad. La broma tenía sentido por cosas como las de hoy, pero hoy seguramente no haría la broma.

A esta distancia de casa, la Rambla de la que hablaban no parecía mi Rambla. A esta distancia, la Rambla era una gran calle más de una gran ciudad más, como los Campos Elíseos, y también para mí ha sido durante un rato una calle emblemática, simbólica, en lugar de la calle por la que bajo al menos un día a la semana para comer con mi abuela. Por un momento podría haber cumplido el sueño cosmopolita de quienes tras cada atentado cercano nos exigen un recuerdo igualmente sentido y sincero para con los atentados lejanos. Pero esto sólo es posible al precio de que nuestra ciudad y su sufrimiento nos sea tan extraña como las demás, y días como estos son perfectos recordatorios de por qué esto ni puede ni debe ser así.

La Rambla puede ser, qué duda cabe, símbolo de lo mejor de Barcelona. En ella se encuentran como en ningún otro lugar los turistas con los inmigrantes y con los barceloneses de toda la vida. Especialmente en la zona de la Boquería, en pleno centro del atentado. Símbolo de Barcelona, por lo tanto, que resulta ser mi ciudad. Y símbolo del terrorismo islámico, que resulta ser mi enemigo y que atentando en la Rambla nos ha recordado como no podría hacerlo mejor que sus enemigos somos nosotros, nuestros vecinos, nuestros turistas y nuestros pakis. Que su enemigo es nuestro modo de vida y que por esto no tienen reparo en atentar contra sus hermanos musulmanes, porque el terrorismo no es nada personal y a ellos los quieren radicales o muertos, jamás libres e integrados.

Pero la Rambla de Barcelona es algo más que un símbolo de las virtudes del cosmopolitismo del turismo y el kebab. La Rambla es la calle por la que en cualquier momento de cualquier día puede pasar alguien que conozco. Y todavía ahora no sé quién pasaba hoy por allí y quién no había. Sé que no estaban allí mis familiares más cercanos ni mis amigos más íntimos ni esa alumna que me ha preguntado si estaba bien antes de explicarme lo de su primo. Y sé que muchos de mis amigos de facebook tampoco estaban allí, pero sigo sin saber recordar a todos los que faltan por confirmar. Hoy es necesario saber qué hacen y cómo están todos aquellos a quienes habitualmente podemos olvidar por días e incluso semanas. La consciencia de esta ignorancia y de los peligros que en ella habitan crea hoy una distancia entre nosotros que vuelve extraña a nuestra ciudad y a su dolor. Y esta es una victoria que, por desgracia, ya no les podremos negar a los terroristas.

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