Arman Basurto

Un nuevo cortejo para Lerroux

"Para la generación que hubo de hacer la Transición, la concertación constitucionalista que se produjo en aquellas exequias fue una inspiración"

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Un nuevo cortejo para Lerroux
Foto: Pascual Marín
Arman Basurto

Arman Basurto

Arman Basurto es asesor del grupo liberal en el Parlamento Europeo.

En el día 27 de junio de 1949, por las calles de Madrid se formó una procesión insólita: don Alejandro Lerroux, expresidente del Consejo de Ministros, emperador del Paralelo y republicano radical al que la edad y la propia república habían deslizado por la pendiente de la moderación, había muerto en su casa de Madrid la madrugada anterior. Apenas habían transcurrido dos años desde que retornó del exilio, ya viejo y achacoso, después de haber huido en su coche hasta la frontera portuguesa en la víspera del comienzo de la guerra.

Aquella procesión, que acompañaba el tránsito del féretro del viejo político desde su domicilio junto a la Castellana hasta la iglesia de la Concepción, fue una panoplia que reflejó las distintas mutaciones del constitucionalismo durante aquellos convulsos años. Como presidente que fue durante la república, marchó acompañado por algunos ministros republicanos, como Vicente Iranzo, César Jalón o Ramón Feced. Figuras a las que, como ya había sucedido con Lerroux, habían abandonado el ardor republicanista hasta llegar a posturas posibilistas que pudiesen conducir a una restauración constitucional en el país. E, incluso a pesar de haber sido un desafecto, también hubo alguna representación del régimen (conviene no olvidar que, en el verano de 1936, Lerroux había mostrado su adhesión al bando franquista, mal llamado nacional en aquellos años). Ahí estuvo Esteban Bilbao y Eguía, el hasta hoy presidente más longevo de las Cortes, y uno de los principales exponentes del nutrido franquismo vizcaíno.

Pero existía, igualmente, una nutrida representación monárquica que empequeñecía a la republicana y la puramente franquista: el Conde de Romanones, el ministro monárquico Gabriel Maura, Joaquín Calvo Sotelo y el corresponsal y político Juan Pujol (compañero de un Lerroux que, no lo olvidemos, fue periodista en sus inicios) asistieron, entre otros. Asistió, incluso, todo un símbolo del monarquismo como Juan Ignacio Luca de Tena, director de ABC, y fue precisamente él quien escribió años después: «¡Quién le hubiera dicho a don Alejandro (…) que en la comitiva de su entierro le seguirían adversarios, la mayoría, de aquella forma de Gobierno que había sido ilusión y meta de toda su vida!».

Las exequias de don Alejandro Lerroux fueron una reunión postrera de todos aquellos que abogaron en su día por el establecimiento de un régimen constitucional

Tal vez sea una exageración decir que el llamado «espíritu de la Transición» fue invocado por primera vez en aquel paseo estival por las calles de Madrid, pero es obvio que las lecciones más obvias del camino que había conducido hasta ese punto estaban ya esbozadas. El hecho de que su féretro fuese acompañado por sus adversarios en tanta o mayor cantidad que sus antiguos aliados remite inevitablemente a imágenes que nos resultan más cercanas, como el fallecimiento de Santiago Carrillo hace algunos años.

Todo esto lo narra de forma brillante Roberto Villa García en su biografía del político cordobés (irónico que una figura tan decisivamente ligada a Barcelona naciese en un pueblecito llamado La Rambla). Es un libro ameno, bien documentado y poco dado a la especulación, y que sin embargo no logra evitar que aflore la inquietud en el lector cuando la posibilidad de establecer paralelismos es demasiado evidente.

Así, al rememorar aquel episodio, uno termina por preguntarse si no sería deseable la epidemia que estos días nos confina en nuestros hogares, que nos mantiene pegados al televisor y a las redes sociales, tuviese un efecto balsámico. Y que hiciese que, además de que redescubramos el rol de la comunidad como verdaderos hijos pródigos, nuestra clase dirigente se vea arrastrada a una toma de conciencia similar a la experimentada por aquel cortejo diezmado. Hace unas semanas, en unas Cortes desiertas al modo de las (escasas) sesiones que acompañaron a la guerra, pareció verse por un momento un destello de una concertación nacional. Los partidos de la oposición, uno a uno, abandonaron el lenguaje y la confrontación que tanto han contribuido al descrédito de nuestra élite política, y parecieron imbuirse de la madurez y la seriedad que una situación como la actual requiere. Pareció, por un momento, como si por una vez el tono que se escuchaba en las Cortes era aquel del que se hacen eco los diarios de sesiones antiguos. Y, sin embargo, en las sesiones plenarias de pasadas semanas ya volvieron a emerger algunos ataques, algunas críticas ácidas, y muchos no pudimos evitar sospechar que nada de lo que celebramos hace tan solo una semana iba a perdurar en nuestra vida política, como un legado de esta crisis.

Un nuevo cortejo para Lerroux 1

Alejandro Lerroux. | Foto: Dominio Público

Las exequias de don Alejandro Lerroux fueron, en un momento en el que un siniestro telón había caído sobre la hasta entonces animada política española, una reunión postrera de todos aquellos que, de una forma u otra, abogaron en su día por el establecimiento de un régimen constitucional. Monárquicos y republicanos, de izquierda y derecha, güelfos y gibelinos… la monumental tragedia colectiva que fue la guerra civil los convirtió en una fuerza mermada, anacrónica, que parecía haber sido depositada en el estío de 1949 casi por accidente.

La polarización política que presenciaron los sucesivos Gobiernos de Lerroux acabó con aquella rama tercerista, vestigio del orden de la restauración y a la vez vanguardia de los regímenes democráticos europeos. En julio de 1936, el mes de la catástrofe, nada de aquella tradición se mantenía en pie ya. Lerroux, aceptando su propia obsolescencia, huía de San Rafael a Lisboa, mientras España se precipitaba hacia el caos total. Solo la magnitud de la hecatombe que se vivió en los años siguientes permitió que de entre las ruinas surgiesen unos pocos supervivientes, fuera ya de la nueva realidad triunfante y de la política, y que estos se agolpasen en aquel cortejo fúnebre en una suerte de Desolation Row a la española. La despedida, pues, de los hijos de una Restauración cuya réplica aun no se divisaba en lontananza.

Si, para los coetáneos a Lerroux el aprendizaje hubo de ser terriblemente doloroso (¡y además estéril! La guerra arrasó con todo), para otra generación la cercanía de los horrores en la guerra y la memoria de aquellas exequias le permitió escarmentar en cabeza ajena. Y, sin embargo, no es descabellado pensar que para quienes hemos venido después, la distancia que solo da el paso del tiempo y el confort y seguridad que hasta hace unos días nos procuraba la vida moderna nos habían hecho olvidar hasta qué punto los eventos pueden llegar a provocar que el reagrupamiento no solo sea deseable, sino también necesario.

Para la generación que hubo de hacer la Transición, la concertación constitucionalista que se produjo en aquellas exequias fue una inspiración

Tal vez la crisis que en estas semanas nos golpea sea el aldabonazo que precisaba la generación que tomó las riendas tras la Gran Recesión y que hoy necesita redescubrir la importancia de nociones como el consenso o la unidad nacional, después de una deriva ciertamente triste, y que ha polarizado la política en nuestro país hasta límites insospechados.

Para la generación que hubo de hacer la Transición, la concertación constitucionalista que se produjo en aquellas exequias fue una inspiración. Pero, para nosotros, esa hora ha pasado. Y por ello, en una situación como la que nos ocupa, lo postrero de su esfuerzo solo puede ser ya una advertencia.

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