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Un monumento a la torpeza

Un (oxidado) monumento a la torpeza. Un fascinante gigante de hierro marrón cuyo erróneo pilotaje costó la vida a 32 personas lleva ya dos años varado frente a la isla de Giglio.

Un (oxidado) monumento a la torpeza. Un fascinante gigante de hierro marrón cuyo erróneo pilotaje costó la vida a 32 personas lleva ya dos años varado frente a la isla de Giglio. Tienen previsto retirarlo la próxima primavera pero yo, sinceramente, lo dejaría ahí. Más que nada para que no nos olvidemos del desbarajuste que puede causar una torpeza pequeña. Recoger los restos del naufragio quizá devuelva la normalidad al paisaje pero nada ni nadie relacionado con esta catástrofe olvidará nunca al barco más grande de Italia.

Es curioso comprobar cómo de las acciones más mínimas se pueden derivar las consecuencias más devastadoras, consecuencias que alteran planes, paisajes e incluso vidas enteras. Cómo un despiste de unos segundos o una decisión a priori inocente puede acabar apareciendo en las páginas negras de los libros de historia. A los 1.500 habitantes de la islita italiana que acogió a los más de 4.000 náufragos no les hará ninguna gracia mi reflexión, y con razón, pero es que nos hemos acostumbrado tanto a borrar las huellas de los desastres que éstos se reproducen como los Gremlins sin que la memoria pueda servirles de freno.

El Costa Concordia se pudre en la superficie a la vista de todos mientras el Titanic hace lo propio escondido en las profundidades más recónditas del Océano. ¿Os imagináis qué pasaría si los restos de las grandes tragedias se quedaran allí donde han sucedido? Viviríamos rodeados de barcos encallados, de trenes descarrilados, de coches calcinados y aviones desmenuzados. Viviríamos entre los restos metálicos y los cientos de errores humanos que aún perviven en la mente de los supervivientes de todas las grandes tragedias. Así que no podríamos vivir, porque no podríamos olvidar. Y el olvido, como dijo el poeta Jalil Gibran, es sobretodo y por encima de todo, una forma de libertad.

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