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Un joven Papa para ateos viejunos

En una de las mejores escenas de Seinfeld, Jerry se presenta en la iglesia para hablar con el párroco sobre su dentista, porque sospecha que se ha hecho judío simplemente por los chistes. “¿Y eso te ofende como judío?”, le pregunta el párroco. “No. Me ofende como cómico”.

 

Algo parecido nos pasa a tantos con la serie de The Young Pope. No es que nos convirtamos por los chistes, pero sí que nos fascinamos, como decía aquí mismo Cristian Campos, por “su intransigencia e intolerancia. Que no es más que coherencia suicida”.

 

Nos fascina porque entendemos más la necesidad del dogma que su verdad. Por eso nos cuesta menos creer en la Iglesia que en Dios, porque a veces nos gustaría creer como creemos que creen los que creen, aunque seamos incapaces de hacerlo. Por eso nos fascina la Iglesia por estética, como les pasa a Sorrentino y a ese conocido mío que se haría ordenar sacerdote para poder llevar alzacuellos. Y nos fascina por la ética; por la pretendida capacidad de sobreponerse al absurdo de una vida sin porqué.

 

Yo creo que estaría muy bien encontrar un virtuoso término medio entre el esteticismo de Sorrentino y el oscuro rigorismo de su Papa, pero no me parece raro que el espacio que el cristianismo deja libre al retirarse lo ocupen el budismo de jardines y gimnasios y el islamismo de burka y terrorismo. No es raro que a nuestra incapacidad para reconocer la trascendencia de lo bello, lo bueno y lo cierto, la siga la adoración de la mera autenticidad. Es decir, que donde no podemos juzgar a la gente a la luz del bien, la admiremos por la firmeza de su compromiso; por la intensidad con la que se equivoca; por la coherencia con la que se suicida.

 

Por eso da lo mismo incluso que el Papa sea ateo. Porque más importante que la fe es el rigor del Padre y el poder de un Dios ansiolítico. Más nos costará entender al Papa que duda, porque para dudar ya nos bastamos y nos sobramos solos.

 

Y eso, claro está, dice más de los viejos ateos que del joven Papa y su religión.

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