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Un Gatsby sin melancolías

John Betjeman descendía de holandeses, Edwin Lutyens tenía prosapia de prusianos, y los directores de cine no encontraron a nadie mejor para el papel de Jeeves –otra cifra plausible de lo inglés- que a un actor de la Panonia.

John Betjeman descendía de holandeses, Edwin Lutyens tenía prosapia de prusianos, y los directores de cine no encontraron a nadie mejor para el papel de Jeeves –otra cifra plausible de lo inglés- que a un actor de la Panonia. Algo de este trampantojo y de estas ficciones oculta un Ralph Lauren que pasa por demiurgo de una aristocracia vieja del Nuevo Mundo cuando era –ni más, ni menos- un muchacho judío bielorruso de Manhattan.

La leyenda quiere que un día diera en descubrir el guardarropa fastuoso del duque de Windsor como el comienzo de todo. En realidad, fue en Brooks Brothers donde aprendió del crepitar exacto de una seda de corbata. Era la “Bildung” necesaria de un Gatsby sin melancolías, hambriento de un pasado que no le pertenecía por estirpe, hecho de veraneos en los Hamptons, martinis en Madison Avenue y viejas universidades de muros comidos por la yedra.

Como tantas veces, una copia inteligible triunfa sobre el original: si los americanos “habían nacido para ser esclavos y luchaban por ser lores”, su invención de una nostalgia podía abarcarlo todo menos la ironía. Witold Rybczynski se pasma de sus interiores: estilo “Rancho en el Oeste”, “Mansión en Newport” o Hawaii años cincuenta, siempre serán más auténticos que lo auténtico. A tanto llega la visión del desplazado. En sus casas –observa Rybczynski- abundan las jarras de agua acabadas en plata, pero no hay una sola intrusión moderna en forma de secador de pelo o radio-despertador digital.

En ocasiones, la figura de Ralph Lauren recuerda a la de aquel conde italiano recién instalado en Londres. Tras enviar a su valet a inspeccionar si los gentlemen de la calle eran iguales a los de sus sueños, el criado volvió con malas noticias: “Signor, sólo usted va vestido de gentleman inglés”. Como sea, la humanidad doliente queda a deberle a Ralph Lauren que, para optar a una opulencia serena, ya no haya que tener una yeguada de polo: ahora bastan sus camisas con su caballo bordado en la pechera. Bien mirado, eso sí que es una muy democrática ironía.

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