Toni Timoner

Tres paradojas (más) de Brexit

El acuerdo de la primera ministra Theresa May con la UE sufrió la semana pasada un revés difícil de superar. Lo que debía haber sido el clímax concluyente y definitivo tras más de dos años de negociaciones, maniobras y transacciones políticas fue el penúltimo sobresalto cardiaco que alargará todavía más la agonía del Brexit. Los plazos se agotan peligrosamente y, vista la cerrazón y la parálisis parlamentaria, todo apunta hacia un escenario sin acuerdo con la UE antes del 29 de marzo.

Opinión

Tres paradojas (más) de Brexit
Foto: Frank Augstein

El acuerdo de la primera ministra Theresa May con la UE sufrió la semana pasada un revés difícil de superar. Lo que debía haber sido el clímax concluyente y definitivo tras más de dos años de negociaciones, maniobras y transacciones políticas fue el penúltimo sobresalto cardiaco que alargará todavía más la agonía del Brexit. Los plazos se agotan peligrosamente y, vista la cerrazón y la parálisis parlamentaria, todo apunta hacia un escenario sin acuerdo con la UE antes del 29 de marzo.

El Brexit pasará a la historia como una de las grandes novelas tragicómicas de este siglo. Su lectura nos ha dejado exhaustos a los que residimos en Londres, pero también nos ha regalado deleites antológicos en las últimas semanas en el parlamento de Westminster: desde la guasa juiciosa del speaker John Bercow a la retórica combativa y luminosa de la diputada conservadora Anna Soubry pasando por el poder litúrgico de un mazo de siglo XVII sin cuya presencia totémica, se nos dice, la cámara de los comunes queda desautorizada (sic).

Si mi anterior artículo hacía hincapié en las paradojas del Brexit como proyecto nacional económico-político insostenible (Rodrik, Condorcet y Schrödinger), en esta ocasión el foco de atención se centra en las paradojas de su fracaso parlamentario. La semana pasada fuimos testigos en menos de 24 horas de la peor derrota parlamentaria infligida a un gobierno británico en la historia moderna seguida del fracaso expedito de la primera moción de censura de la oposición en casi tres décadas. En su conjunto fue la prueba definitiva de la incompetencia de la clase dirigente británica que demostraba ser incapaz tanto para el asesinato político como para el suicidio colectivo.

En su parva defensa hay que admitir que diputados y gobierno no lo tiene nada fácil. La negociación del Brexit nace con una tara imposible de resolver: en realidad son dos negociaciones. De ahí surge la primera paradoja. Enunciada en 1988 por el politólogo estadounidense Robert Putnam, se formula como una teoría de juegos a dos niveles en el que se da el “hecho paradójico de que los acuerdos institucionales a nivel internacional debilitan la posición de negociación a nivel nacional y viceversa”. Es decir, al gobierno de Theresa May le resulta desquiciante intentar formular una única estrategia coherente que sirva para los dos juegos en los que participa simultáneamente: las negociaciones entre el Reino Unido y la UE y entre el gobierno británico y su parlamento. Esta paradoja de la doble negociación impide que al final ese acuerdo definitivo con la UE, trabajado con sudor, brega y lágrimas durante meses entre gobierno y comisión europea, pueda ser calificado de tal porque el parlamento británico se niega a ratificarlo

No solo eso, el parlamento está demostrando una ineptitud congénita para ratificar cualquier cosa. Sus excelencias no se ponen de acuerdo ni para aprobar el acuerdo, ni para modificarlo, ni para convocar elecciones, ni para reclamar un segundo referéndum. Y esta parálisis es el ejemplo de manual de nuestra segunda paradoja: la lógica de la acción colectiva del economista Mancur Olson. Publicado en 1965, el ensayo seminal de Olson advierte de que los incentivos e intereses de participantes individuales en cualquier organización hacen imposible que el grupo actúe de manera concertada a no ser que haya un sponsor que asume la responsabilidad y el coste de la acción colectiva. Como ya razoné en el anterior artículo, Brexit es el peor proyecto político que ha concebido la vieja Albión en décadas y por ello ningún parlamentario – ni siquiera los partidarios originales del Brexit – desea apadrinarlo en ninguna de sus versiones. En consecuencia, un consenso en Westminster se antoja imposible de articular ya que ningún líder o facción están dispuesto a dilapidar su capital política en el patrocinio de algo en lo que o bien no creen, o bien sus votantes detestan por razones dispares.

Precisamente la tensión entre votantes y parlamentarios nos lleva a la tercera paradoja: el dilema clásico de representación democrática. En la cultural política anglosajona existen dos concepciones tradicionales de representación política que están en constante tensión dialéctica. Por una parte, el norteamericano James Madison, uno de los padres fundadores de los EE. UU., prescribía en 1787 que los representantes estaban obligados a actuar como delegados (delegates), es decir, simples correas de transmisión de las preferencias y deseos de los ciudadanos. En cambio, el británico Edmund Burke recomendaba en 1790 que el parlamentario debía asumir un rol de agente fiduciario (trustee) por el cual sus votantes se encomendaban a su buen criterio para interpretar, deliberar y defender el interés general de la nación.

Brexit ha obligado a cada parlamentario, que en Reino Unido son representantes exclusivos de circunscripciones unipersonales, a optar entre ser un delegateo un trusteede su distrito. Y ello ha resultado harto complicado: la plétora de estudios demoscópicos muestra que nunca en la historia política reciente del Reino Unido ha había habido una brecha tan amplia entre la opinión de los votantes de muchas circunscripciones y el criterio de sus representantes. Ello está haciendo extremadamente impredecible el signo de voto de cada uno de los parlamentarios y por extensión cualquier conjetura sobre el resultado de una votación en la cámara de los comunes. A elegir entre el cálculo o la convicción, cada uno de ellos se está enfrentado a un dilema que no solo le pone en la tesitura de contrariar a su votante sino también a su partido, lo cual añade otra capa de complejidad a esta delirante aritmética parlamentaria.

Quedan ya apenas dos meses para el desenlace y Brexit continua en un callejón sin salida. A las tres paradojas de Rodrik, Condorcet y Schrödinger se les une en el aquelarre parlamentario otras tres más: las paradojas de la negociación, la participación y representación. Putnam y Olson se relamerían al ver cómo sus advertencias se cumplen. Madison y Burke aprovecharían la ocasión para insistir en la superioridad de sus respectivas teorías de representación. Mientras, el resto asistimos atónitos a este histórico descalabro político-parlamentario que será el gran inventario del siglo XXI de todos los despropósitos y dislates que una democracia puede cometer de manera secuencial.

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