Jorge San Miguel

Tres Londres

"Hoy me fijo menos en los posters de Ian Curtis y más en los bustos de Disraeli; pero seguramente es la misma mitomanía, el mismo anhelo"

Opinión Actualizado:

Tres Londres
Foto: Benjamin Davies

Llegué por primera vez a Londres hace más de 30 años. El aterrizaje fue brusco, como si cayésemos de repente de una nube y rodásemos por una pista llena de baches. Era, si no recuerdo mal, la primera vez que montaba en avión de forma consciente. La primera vez que salía de España. Pero no era Inglaterra un país extraño. Me había sido siempre familiar. El país de Darwin y los dinosaurios de plástico del Museo de Historia Natural. El país de Sherlock Holmes y de Agatha Christie. El de Wilde y Wells. El país, al fin, de la infancia. Todas las supuestas rarezas de los ingleses las veía ya con simpatía y un deje melancólico. Visitamos Escocia y los Lagos. Liverpool era una ciudad sucia y plomiza, aun por reinventarse. A Margaret Thatcher le quedaba un año de gobierno. Volví a España con la maleta llena de dinosaurios y soldaditos de plomo. Unas semanas después cayó el Muro de Berlín y lo vi por televisión mientras escribía un relato del viaje en la Olivetti de mi padre.

El segundo Londres es el de fin de siglo. El rite de passage de los jóvenes madrileños de clase media, fregar platos o acarrear cosas en las Islas Británicas. Veníamos de los 90 y el desparrame castizo en Madrid. Londres era el pasado mítico de los sesenta y los ochenta, pero también el presente rabioso de la música electrónica, los jerseys de cremallera y las gafitas de colores. Mi generación, al menos los chavales de barrio sin hermanos mayores ni grandes referencias, habíamos percibido apenas ecos del Madchester o de los Smiths. Nos llegaron más tarde, tamizados por la popularidad del Brit pop y los videoclips de The Verve. El acid house eran unas pegatinas que habíamos visto de chavales en carpetas, y no entendíamos nada. A la altura del 98, las revistas españolas, que copiaban todo de las inglesas como siempre, recibían los discos de Oasis como si fueran de los Kinks o Led Zeppelin. A los que nos interesaban más Led Zeppelin y los Kinks nos quedaba recorrer el Corte Inglés y la FNAC en busca de algún añejo librillo de canciones. Internet aún estaba por venir, y encontrar información era arduo; no digamos comprar discos con el exiguo presupuesto de un post-adolescente. Habíamos leído ya la regla de conducta mod, “la mitad del dinero en ropa y la mitad en discos”, pero todo el dinero no era gran cosa, y encontrar ropa bonita en Madrid era complicado.

Aterrizamos un día sofocante de junio. Empezaban los vuelos baratos y los aeropuertos lejanos. Arrastramos las maletas hasta el autobús que llevaba a la ciudad; y luego, cansados, tomamos un taxi como permitiéndonos un lujo que no se repetiría. Al llegar a la dirección que nos había dado la agencia, comprobamos que la casa era un cuchitril, dejamos las maletas y nos fuimos al pub contiguo a pedir unas cervezas. Había un jukebox y yo puse una canción de Van Morrison, quizás Sweet thing, sin saber entonces que aquella misma calle en la que estábamos, Ladbroke Grove, aparece en otra canción del disco.

Aquellos meses me acostumbré a usar internet en un Easy Everything de Kensington High Street, compré ropa y discos, fui con Paco a un concierto de Lou Reed en Shepherd’s Bush, vi a Terence Stamp tomando café en una terraza de Notting Hill y acabé pasando una amigdalitis aguda que me obligó a dejar el trabajo y a hacer una mudanza con 40 de fiebre. Eran aún los días del primer Blair, pero el establishment cultural ya ponía a parir a los laboristas: Jarvis Cocker le cantaba al “cocaine socialism” y Bobbie Gillespie salía en los papeles despotricando del primer ministro. En la cantina del trabajo, un almacén audiovisual junto a Heathrow, compañeros iraquíes me explicaban cosas mientras los últimos vuelos del Concorde pasaban por encima y hacían temblar las paredes. Me daba vergüenza vernos a los italianos y españoles, vestidos de mamarrachos, juntando dinero para irnos a alguna rave el viernes mientras los otros se buscaban la vida; pero esto debe de ser algún género de “orientalismo” también. Cuando llegó el momento de irse me puse de muy mala leche.

He regresado a un Londres, el tercero, distinto. Pero no tanto. La primera tarde he dado un paseo para volver al pub donde puse aquella canción un verano de hace veinte años y donde vi a Raúl fallar el penalti que nos echó de la Eurocopa. El Elgin no ha cambiado gran cosa: parece algo más pijo, como el barrio, y han convertido el salón donde estaba el jukebox y donde yo iba algunas tardes a leer el Quijote en una especie de restaurante. He visitado Westminster, que no me interesó entonces. Hoy me fijo menos en los posters de Ian Curtis y más en los bustos de Disraeli; pero seguramente es la misma mitomanía, el mismo anhelo. Me interesan ya más las gentes calladas que hicieron la guerra y volvieron a levantar la nación sobre las ruinas del imperio que sus hijos y nietos. Me sigo parando ante los ventanales que sugieren una vida doméstica extraña y deseada, pero ahora pienso en los precios de la vivienda. He visto al pasar la casa de J.M. Barrie y siento que vuelve a ser más cercano el mundo de la infancia que el de la juventud. De vez en cuando me acordaba del terrorismo. Se han puesto de moda las cervezas italianas.

La ciudad sigue pujante y confiada. Es posible que vengan tiempos peores, pero llevamos cuatro años dando lecciones a los ingleses, y yo me he cansado de darlas y de que me las den. Estoy muy mayor para estas mierdas. La techumbre de Westminster Hall tiene más de 600 años y probablemente seguirá ahí cuando todo el ruido que hacemos se haya apagado. Londres es aún lo que era y lo que estoy convencido de que será cuando vaya otra vez, apenas el mejor lugar del mundo.

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