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Transparencias

Lo pedía incluso el NYTimes; transparencia total. Hasta un periódico que parece firmemente convencido de que una Hilary enferma, gravemente enferma; moribunda incluso, sería mejor Presidente que la versión más sana de Donald Trump, se atreve a afirmar que los únicos beneficiados por la total transparencia sanitaria de los candidatos serían los votantes. No cabe imaginar tanto un exceso de fe en los votantes como un exceso de fe en la transparencia. Como si no pudiese ser nunca demasiada. Como si tuviesemos que abrazar la fe de nuestros más suspicaces librepensadores y gritar viva Wikileaks manquetrabaje para el Kremlin. Como si la transparencia fuese la cura y no sólo el síntoma de la enfermedad.

Porque si hay algo así como demasiada transparencia. Y no sólo en asuntos de seguridad nacional. Porque si nuestra democracia está enferma no es por exceso de opacidad, sino por exceso de desconfianza en nuestros políticos. Nunca habíamos tenido gobiernos más transparentes y nunca nos habían parecido tan mediocres. Parece ser que cuanto más sabemos de nuestros políticos menos parecen gustarnos. Y es que ya se sabe que nadie es un héroe para su ayudante de cámara.

 

Digo héroe recordando que incluso el más ideal de los líderes democráticos (y demócratas, por supuesto) que ha imaginado el hombre, Jed Bartlet, de El Ala Oeste de la Casa Blanca, se siente en la obligación de ocultar su estado de salud para no espantar a sus votantes. Unos votantes que lo quieren culto, listo, gracioso, decidido y siempre al pie del cañón y en plena forma física. Que un mayor conocimiento sobre su estado de salud les de más confianza es algo que sólo pasa en la ficción. Para nosotros, quizás incluso sea demasiado esperar que esta transparencia nos vaya haciendo menos ilusos en nuestras esperanzas y más justos en nuestras exigencias. Pero me conformaría con que nos hiciese aunque sólo fuese un poco más cínicos. 

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