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Todos fuimos Julen Lopetegui

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

En mi casa, un verano cada cuatro años, se repetía la escena. Entraba mi padre por el salón con la cerveza en la mano y lo soltaba: hay que llevar al lateral derecho del Betis, nadie la pone con el interior como él. E inmediatamente después daba buena cuenta del primer trago. Sólo necesitaba hablar de nuevo cuando la cerveza se acababa y el debate ya estaba servido entre los miembros de la familia: qué queréis, concluía, éste es un país con cuarenta millones de seleccionadores. Y así, cada cuatro años, la escena se repetía. Daba igual que el aumento de la esperanza de vida y el auge de la inmigración en los noventa elevaran la población de cuarenta a casi cincuenta millones de habitantes. Daba igual que el Betis descendiese a Segunda. España seguía siendo un país con cuarenta millones de seleccionadores, y el lateral del Betis seguía siendo mejor que el lateral elegido por el seleccionador oficial.

Se puede decir, con algo de alegoría literaria, que las frustraciones de cada uno de esos casi cincuenta millones de habitantes, con sus miedos y sus recelos, se concentraban durante el mes que dura el Mundial de fútbol en la triste figura del seleccionador, con su chándal de rayitas y sus ruedas de prensa en soledad. Había unión en ese odio común. Porque ahí reside el encanto de estos pequeños seres que gestionan las plantillas de España: el desprecio por sus decisiones son el nexo de la patria. De ahí al cariño, un paso. Por eso los sexadores de pollos amigos de Luis Aragonés eran también amigos de cada uno de nosotros, o la sobaquera encharcada de Camacho era a su vez nuestra sobaquera. El puesto de seleccionador tiene ese punto quijotesco (prometo que no había pensado en este símil cuando renglones atrás escribí aquello de «la triste figura»). Y es que el seleccionador es siempre un hombre flaco, desvalido, que observa los molinos sabiendo que son gigantes, en contra de la opinión de los que habitan a este lado de la realidad, es decir, nosotros, que nos reímos de él como un bachiller Sansón Carrasco cualquiera.

Cuando el martes se hizo pública la noticia que confirmaba que Lopetegui entrenaría al Madrid, muy rápido supe que se acababa el sueño, que el Quijote había despertado y que, idealismos fuera, volvía Alonso Quijano el Bueno. Los cuarenta millones de seleccionadores nos convertimos en veinte millones de partidarios de Julen y el Madrid; y veinte millones de enemigos de Julen y del Madrid. La idea de seleccionador como núcleo de nuestras iras y, por tanto, de imán para la patria se había esfumado. Las iras de los partidarios ya no se concentraban en el míster sino en los detractores, y viceversa. Digamos que, en este conflicto en torno a Lopetegui, el que menos importaba era ya Lopetegui. Terminé de confirmarlo cuando mi padre entró ayer en el salón y dijo, con la cerveza aún en la mano, que estaba de acuerdo con la lista del seleccionador. Con el guerracivilismo en marcha, a este asunto del Mundial y de la Selección ya sólo le faltaba morir, como ocurre con el propio Quijano en la célebre novela. Ayer, de momento, cayó Julen. Vayan avisando al cura y a la sobrina.

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