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Todo está perdonado

El día después de los atentados escuché a Ada Colau en alguna radio hablar de los manteros, que cualquiera diría que se han multiplicado en el centro de Barcelona pero que resulta que no. Decía Colau, alcaldesa de Barcelona, que los problemas hay que atajarlos de raíz y que de nada sirve detener a los manteros si no acabamos antes con las mafias del tráfico de personas y mercancías, con la ley de extranjería que los condena a la ilegalidad y con la necesidad que los obliga a buscar una vida mejor en nuestro país. Mientras no le solucionen los problemas de fondo, ella nada podrá hacer para acabar con la venda ambulante ilegal que colapsa el centro de la ciudad. Afirmando la necesidad de ir a la raíz de los problemas, el de Colau es el discurso de la irresponsabilidad por elevación, que la exime a ella de cualquier responsabilidad sobre lo que pasa en la ciudad que gobierna al mismo tiempo que condena a los demás por no acabar de una vez por todas con los problemas que tenemos desde que el hombre es hombre.

Este es un discurso que no puede sorprender a nadie y que estos mismos días hemos vuelto a oír en su versión más trágica. Es el mismo discurso que excusa a los asesinos mientras nos condena a todos los demás por no dejarles otra salida. El discurso que insiste en las causas profundas del terrorismo para defender que no hay modo más sencillo de evitar un atentado que reconfigurar el orden global, acabar con la pobreza, el analfabetismo y el fanatismo y sustituir la maldad inscrita en el corazón de los hombres desde que Caín mató a Abel por el amor universal que la nueva izquierda trae bajo el brazo. El mismo discurso que cree que para evitar que un hombre pegue a una mujer hay que acabar con el heteropatriarcado, conseguir que los niños jueguen con muñecas y las niñas con camiones y cambiar las letras de las canciones infantiles pero que es incapaz de encontrar una sola medida eficaz contra la violencia de género. El discurso, en definitiva, que no encuentra solución a ningún problema, por pequeño y local que sea, que no pase por la total subversión de la naturaleza, el orden social y la historia entera de la humanidad.

El discurso de Colau es el de aquellos que mientras buscan la solidaridad universal y pretenden acabar con los problemas de raíz, destruye los lazos de solidaridad existentes y cronifica los problemas reales. El de aquellos que reivindican la solidaridad entre todos los pueblos y el amor universal pero que no soportan ver como lo celebran los cristianos por Semana Santa. Tal vez porque, como nos recordaba Dombrovski en la pescadería de Quintano  los cristianos celebran estos días el amor de un Dios que, a diferencia de ellos, no tuvo la desfachatez de perdonarnos desde arriba. La desfachatez, que Colau comparte con algo de esa derecha que tanto detesta, de creer que es posible acabar con el mal en el mundo y que para hacerlo hay que combatirlo de raíz. Que todo lo demás no es sino poner tiritas para frenar la masacre. Pero quien menosprecia el uso de las tiritas es que no ha entendido su función. Uno no se pone tiritas aspirando a la inmortalidad, sino esperando sangrar un poco menos y vivir un poco mejor un rato más. El que sea, pero un rato más. Porque en eso consisten la vida y la civilización. En poner tiritas y en poner puertas al campo hasta que la muerte y la barbarie terminen con nosotros, ellas sí, de una vez por todas.

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