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Todo es política

Había buenos motivos para permitir las estelades. La libertad de expresión, por ejemplo. Pero también malos, como considerarlas banderas que no incitan a la violencia. Porque, de tomarnos en serio esta última consideración, deberíamos prohibir cualquier bandera que violente a cualquiera, por bruto que sea, y privar, en injusta correspondencia, a muchos ciudadanos de su derecho a la libertad de expresión. Sería, además, de una gran ingenuidad obviar que pocas cosas incitan tan a menudo a la violencia como la bandera del eterno rival. De ahí las miserias del futbol, que crea enemigos porque crea rivalidades irreconciliables. Y de ahí su grandeza, que hace arte de la enemistad. Si de evitar incitaciones a la violencia se tratase, debería vestirse a los jugadores como pretenden vestir a las cajetillas de tabaco; todos del mismo color y sin rasgos distintivos. Porque en toda distinción anida una llamada a la enemistad. Y toda enemistad está siempre a la espera de manifestarse en forma de violencia.

Y de ahí también la ingenuidad de separar el futbol y la política. El futbol es política porque todo lo humano lo es. Porque el hombre está condenado a vivir en la pluralidad y porque toda pluralidad es susceptible de convertirse en enemistad. El fútbol es política y pocas cosas tan útiles como el futbol para enseñarnos esa gran lección política: hasta qué punto la fidelidad a lo propio y la fidelidad a lo bueno son cosas distintas. Porque en nada como en el futbol depende el sentido del asunto de la rotundidad con la que nos mostramos sectarios. Hasta el punto, muy ilustrativo de la naturaleza humana, de que cuanto mejor es el rival, mayor la enemistad.

La fidelidad de un hombre a los colores de su equipo solo es la forma más o menos madura que toma la fidelidad de los niños a las distinciones más absurdas y azarosas. A distinciones tan arbitrarias y por eso tan fundamentales como la de esos niños de los que habla Svetlana Aleksiévich, que juraban y exigían fidelidad al sol o a la luna porque de algún modo había que diferenciar entre los fieles a Rusia y los traidores japoneses. Esos inocentes juegos tienen la virtud de mostrar como incluso donde no hay partidos ni políticos hay política, porque ahí donde hay hombres surge espontáneamente la distinción entre el ellos y el nosotros. De mostrar que no toda política es política de partidos y de alertarnos, por lo tanto, tanto contra aquellos que leen la realidad política en términos futbolísticos como contra aquellos no se cansan de pedir y exigir más política. Porque están pidiendo menos. Porque están exigiendo un estrechamiento de nuestra vida en común, reduciendo la política al partido y la pluralidad a la enemistad.

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