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Suicidios nada ejemplares

Foto: SUSANA VERA | Reuters

Me dice un buen amigo y conservador decimonónico que no todas las tardes uno asiste al suicidio de un partido con 139 años de historia. No está mal. Ciertamente, Pedro Sánchez es un hombre perturbador. Cual adolescente en ebullición de la testosterona, su imprevisibilidad de reacción no deja de asombrarnos. Ha pasado por todas las fases imaginables de comportamiento menos por la compostura. Apareció como la encarnación 2.0 del Felipe de la pana y se despidió sollozando en el hombro de Jordi Évole aquello de que la culpa fue del Ibex 35.

Pero la vida no entiende de desenlaces felices, así que el hombre volvió para vencer unas primarias que, la verdad sea dicha, movían más a la pena que a la esperanza en una izquierda responsable, aseada y consistente. Ahora plantea una moción de censura que, en un primer momento, pareció más un golpe de oportunismo mediático que una opción seria de alternativa de gobierno.

Es bien sabido que las cámaras y los micrófonos, sobre todo en política, los carga el diablo. Y la apertura de la cajita de Pandora de esta moción está convirtiendo el Congreso en una piara donde más cómodos se encuentran aquellos que prefieren la bellota a las margaritas. Solo hace falta ver y escuchar a los chicos del chalé y al muchacho de la impresora para apreciar la decadencia abrasiva de la vida parlamentaria española. En estas circunstancias no es de extrañar que el presidente del Gobierno haya optado por dimitir a favor del bolso de la vicepresidenta.

Veremos en qué acaba el cambalache problemático y febril. De momento tenemos la certidumbre de que Sánchez no tiene ningún empacho en ofrecerles a los ciudadanos la inmolación de un partido que pese a todo era la única elección sensata para los votantes de izquierda. Es grave. Muy grave. Sin embargo, teniendo en cuenta sus compañeros de censura, más grave es la sospecha de que a este hombre parece no importarle cargarse un país.

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