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Subirse a un caballo o subirse a unos Gucci

La relación de un hombre con su caballo ha sido siempre de mayor intimidad que la relación de un hombre –por ejemplo- con su Porsche

Por los siglos de los siglos habrá un gesto más elegante en subirse a un caballo que en subirse a unos Gucci. Del mismo modo, la relación de un hombre con su caballo ha sido siempre de mayor intimidad que la relación de un hombre –por ejemplo- con su Porsche. No es cosa de ayer ni de hoy: alguna complicidad de hondura ha de haber entre cabalgadura y jinete para que, en la madrugada de la historia, el primer artista del mundo acercara un tizón a la pared y pintara lo que, de todo lo suyo, más quería. Su caballo.

Adscribimos el caballo al género heroico, con Carlos V jinete en el oro pesado del atardecer de Mühlberg. El posado con gatos quedaba para los cardenales. No siempre se pudo mantener el ideal ecuestre: Federico I de Wüttemberg, alias Federico el Gordo, era hombre tan ventrudo que no pudo ni montar para su retrato. Hubo incluso quien retorció la noble imagen: Napoleón se hizo pintar a lomos de Jornalero, en el paso de los Alpes, con el extra de soberbia de pisar sobre la roca el nombre de Aníbal. Es lo que figura en el cuadro de David, pero se sabe que el corso –en realidad- atravesó las montañas escasamente caballero sobre un asno. Se perdió así la maravilla resumida por el maestro Nuno de Oliveira: el placer de montar los caballos “como Dios quiere que se monten”. Carlos IV le había regalado una de esas jacas españolas cuyo paso briza el aire.

El caballo también estará en la ‘passeggiata’ veneciana de propósito cortés, como lo había estado en una Edad Media de músicas, ajedrez y trovadores. Lo ligero convive con lo grave: San Jorge no mató al dragón montando a un dromedario, y el código del caballero, de la honra a la fama, será luz para los siglos. Hay caballos mistéricos en Durero, en Jung y hasta en esas herraduras que dan suerte. Y, ante todo, hay caballos en el arte. Los hubo en las estatuaria [1]. Los hubo desde Altamira y los ha habido hasta el Guernica.

Pintarlos fue empresa de tanta complicación que llegó a haber “peintres animaliers”, estudiosos de la armonía de sus músculos. Ahí está el Whistlejacket de George Stubbs en la Inglaterra del XVIII. En el París del XIX, Alfred de Dreux, pintor y caballista, nos legó cuadros de amazonas suavemente idealizadas, con la delicadeza de los parasoles. Se fundaban los hipódromos, se galopaba por el Bois; el caballo heroico se hace burgués. No obstante, de Dreux mantendría una cierta relación con Delacroix, que con su Oficial nos dio, quizá, la verdad última: aquella que dice que el caballo es el único animal que siempre ha acompañado al hombre hasta su muerte. Lo cuenta Michelet: el Oficial de caballería se vuelve hacia sus tropas, “se gira hacia nosotros y piensa que esta vez, seguramente, va a morir”.
 

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[1] Muchacho del Retiro, siempre pensé que, a la noche, Espartero, Alfonso XII y Martínez Campos desmontaban para tomar algo mientras dejaban a sus caballos pastar en algún parterre.

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