Lea Vélez

Subamos el nivel de la educación

«Cientos de miles de padres nos sentimos abandonados por el sistema y los planes de estudio en los años más precoces de la educación»

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Subamos el nivel de la educación

Ayer fue el día de las niñas y la ciencia. Un día para reflexionar y actuar ante la brecha de género que relega a la mujer en los campos tecnológicos y científicos. Se reclaman políticas de actuación sobre las niñas, se enumeran los hándicaps que las hacen percibirse por debajo del varón en sus cualidades para la ciencia y la tecnología. Se reivindican actuaciones educativas para lograr que prendan las vocaciones que lleven a una igualdad futura. Como es natural, se saca de contexto la ciencia para organizar actividades, impulsar el interés de las niñas y visibilizar la injusticia de que solo el 30 por ciento de las posiciones de investigación estén ocupadas por mujeres, pero mientras todo esto sucede, las verdaderas actuaciones en los currículos escolares brillan por su ausencia.

Hoy, el día después de ese día, quisiera reflexionar sobre la ciencia de cada día en los colegios de forma general y cómo el impulso temprano por las ciencias, las matemáticas en contexto, la astronomía, la física o la química, enseñadas a los a niños y las niñas a edades mucho más tempranas, podría cambiar completamente la percepción social que los varones tienen de las mujeres en el campo de la ciencia y también la propia opinión que las niñas tienen de sí mismas.

Hay muchos padres y madres en este país que han sentido la frustración de tener un hijo con vocación de ciencias y que no han conseguido darle alimento a su interés hasta casi el fin de la primaria. La física casi no existe en las aulas hasta los once o los doce años. Para cuando los planes de estudios escolares enseñan lo más elemental sobre Arquímedes, Newton, los planetas, los volcanes y las placas tectónicas, el niño o la niña con vocación científica, ya lleva años leyendo los libros que les compramos los padres, se saben los nombres de todos los planetas, comprenden la existencia de la fuerza de la gravedad o han interiorizado de sobra que el centro de la tierra es una bola de metal derretido.

Los planes de estudios tienen una idea banalizada de la infancia, que sin embargo no existe en el mundo de la literatura, de los juegos y juguetes científicos o de los libros de conocimiento para niños. En su vida privada y tiempo libre, los niños aprenden a un nivel muy superior al del colegio, lo que garantiza que el colegio, que es en realidad el gran igualador, ya cuente con un problema de brecha de género entre sus alumnos antes de que abran un solo libro de texto. Sabemos de sobra que la desigualdad está en las familias y el colegio debería ser la herramienta para corregirla.

Las niñas tienden a imitar el rol femenino que ven en el hogar y en su contexto social y los niños el masculino, es nuestra forma de socializar. Si la mayoría de roles femeninos no son “de ciencias”, si el contexto es machista, da igual cuanto interés pongamos en el aula a edades ya demasiado tardías para causar un impacto corrector de estas desigualdades. Para cuando comienzan las asignaturas de ciencias a los 10 u 11 años, los chicos ya estarán bien por delante en confianza, conocimientos y seguridad.

La falta de planes de estudios de ciencia temprana en la primaria obliga a que la ciencia en la infancia, en esas edades en las que más potencia futura tiene su aprendizaje, sea un sálvese quien pueda. Si hay ciencia en la familia, las niñas, probablemente, tendrán atención y una cierta igualdad. Si no, serán potenciales talentos desperdiciados que quizá nunca se desarrollen al darse con los prejuicios de la pre adolescencia.

Hay que explicárselo a los colegios, a los profesores, a los políticos, porque no lo saben. No tienen ni idea de que los niños de 4 a 6 años viven constantemente fascinados por campos como la biología, la evolución de las especies, la formación de un bebé en la tripa de su madre, la rotación de la tierra y el brillo de la luna o incluso la formación de los agujeros negros. Los editores de libros ilustrados lo saben porque se hinchan a vender libros para niños muy pequeños sobre estos temas. No lo saben sin embargo, los responsables de los libros de texto.

Cuando un niño no tiene aún suficiente vocabulario para expresar conceptos complejos, se considera que no es capaz tampoco de asimilarlos o de interesarse por ellos. Nada más alejado de la realidad. Somos nosotros, los adultos, profesores y profesionales de la educación, quienes a veces carecemos de los conocimientos científicos suficientes para poder expresar de la forma más adaptada al lenguaje infantil todo aquello que demandan sus cerebros. Aquello en lo que el niño crece, esos contextos en los que se desarrolla, no se le presentan como dificultades para ellos, sino como naturalidades. La prueba es la pasión de los padres por llevar a los niños a colegios bilingües en la esperanza de que no tengan que sufrir el aprendizaje del inglés a una edad tardía, cuando todo resulta mucho más cuesta arriba.

La ciencia, sin embargo, se aprende a una edad muy tardía. Demasiado tardía y para cuando llega -y aquí me incluyo- las mujeres ya nos consideramos tontas para aprenderla igual que mi querida madre se considera tonta para aprender inglés.

He contado muchas veces la anécdota de uno de mis hijos, que con dos años ya me había hecho tantas preguntas de ciencias que me había convertido en una auténtica divulgadora de temas complejos de anatomía, astrofísica y biología. Habría sido capaz de escribir un manual de ciencias para niños. Un manual inexistente en los colegios. No lo hice porque había y hay libros de sobra en el ámbito privado.

Suelo decir que no me creo única, no creo que mis hijos sean una rara excepción por el hecho de ser niños de altas capacidades acostumbrados a preguntar sobre física, filosofía o matemática como un bombardeo constante. Sí ocurre, sin embargo, que muchos padres no tienen el tiempo, la capacidad de buscar recursos o el grado de contacto con los niños para mantener un nivel de respuesta que alimente futuros intereses y mantenga lo que a todas luces, son vocaciones muy tempranas. Esos padres quieren que sus hijos aprendan ciencias en el colegio.

Cientos de miles de padres nos sentimos abandonados por el sistema y los planes de estudio en los años más precoces de la educación. Vemos como casi todos los profesores de niños muy pequeños los subestiman, aún con sus mejores intenciones, enseñándoles cosas que cualquier criatura puede aprender sin ayuda solo por estar con los ojos abiertos en sociedad (los colores o los días de la semana), mientras subestiman su capacidad para entender las estrellas y desear alcanzarlas. En la lucha por mantener la motivación de los hijos nos vemos solos buscando libros de ciencias en las librerías infantiles, comprando kits de experimentos científicos para niños de hasta seis años mientras nuestros hijos colorean sin salirse de la raya y corean los números del uno al diez que se aprenden como mantras para pasar el tiempo.

La ciencia y la matemática contextualizada deberían entrar mucho más temprano en los colegios. Elevan el nivel de la educación. Todos los niveles deben elevarse para reducir la modorra de los chavales y acabar con el creciente fracaso escolar que provoca que sepan de tantas cosas antes de entrar en un aula obsoleta.

Los padres lo sabemos, los niños lo reclaman, las niñas lo agradecerían para sentirse como pez en el agua a las tardías edades en las que ya se les ha metido en la cabeza la errónea idea de que no “tienen mentes científicas” y los profesores verían un interés espectacular de los niños por aprender a contar planetas y no tanto a contar globos estampados con caras de payasos.

Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

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