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Opiniones libres de algoritmos

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Soñar con ovejas eléctricas

Dice el historiador israelí Yuval Noah Harari que lo más probable es que nuestra especie experimente una evolución en los próximos doscientos años como resultado de nuestra dependencia de la tecnología. Nos hemos convertido en "máquinas de procesamiento de datos". Los avances de la neurociencia siguen descubriendo que nuestras decisiones pueden llegar a ser adivinadas por condicionantes tan sólo de tipo fisiológico. Gracias al estudio de todos los datos que proporciona nuestra hiperconectividad nos convertimos en seres predecibles en nuestros deseos. Nos comportamos inconscientemente de la misma forma y el destino se adivina como algo que ya está escrito en nuestros genes. ¿Cómo quien fue el ser de la razón no va a experimentar un cambio en su naturaleza?

Quizá por eso Hariri ha tratado esta posible evolución en un libro que lleva un título vagamente familiar: "Homo Deus: una breve historia del mañana". Tras abordar una historia de la humanidad en "Sapiens" ha vislumbrado en su nueva obra el surgimiento de una especie nueva caracterizada por el control omnímodo de todos sus recursos y sus fines. Muerto Dios, como anunció Nietzsche, el hombre parece decidido a ocupar su lugar.

Los avances tecnológicos nos han hecho pensar que limitaciones "sapiens" como el hambre y la enfermedad serán resueltas en cuestión de tiempo. Si nada amenaza nuestro bienestar, si la muerte puede ser desafiada a través de las terapia y la programación genética, ¿dónde puede estar nuestro límite? Cabe preguntarse qué ocurrirá con la libertad, la ética o las artes en un mundo así, es decir, con todo aquello que nos cuestiona e interpela como seres humanos.

Todo este nuevo mundo cuantificable, medible, monetizable, nos llevará a soñar con ovejas eléctricas, como los androides de Philip K. Dick. Después de todo, ¿qué les faltaba a los replicantes de Blade Runner si su naturaleza no tenía fisuras, eran inmunes a las enfermedades y poseían una capacidad física ilimitada? Los consumía su propia finitud, el saberse programados para durar un tiempo, y el hecho de no poder alimentarse de la memoria y los recuerdos, como advierte Rachel en esa escena cuando descubre las fotografías de la infancia de Rick. Si todo puede ser predicho, si lo que cruza nuestra mente puede ser controlado y no es capaz de volar con libertad, habremos perdido algo tan siempre como nuestra capacidad de asombro ante la contemplación del mundo. Y entonces habremos logrado encerrar en un cuerpo vivo la muerte de una existencia vacía.

 

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