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Vidas rotas

La intemperie es el único destino para cada uno de estos zoombies que cada día pululan a nuestro alrededor. Da la impresión de que al poder le interesan que estén ahí, formando parte del inmobiliario urbano, para lanzarnos un subliminal mensaje de advertencia : si no obedeces y no tragas sin rechistar lo que te dictan, el siguiente puedes ser tú.

En la intrahistoria de nuestras ciudades no hemos acostumbrado a convivir con un terrible sarcasmo: en los cajeros automáticos de nuestros sistémicos y rescatados bancos se cuelan los perdedores de nuestra sociedad para pasar la noche. Sobre unos cartones de Mercadona y arropado con una pulcro edredón donado por nuestra cínica caridad, este hombre descansa tras lograr sobrevivir otro día. Como tantos otros, él es una vida reventada, una víctima más de la violencia de un sistema que le ha enviado sin contemplaciones a la exclusión social. Privado de cualquier intimidad, la expresión ausente de su cara refleja un sueño sin esperanza y describe descarnadamente la fragilidad y el desamparo de un ser humano. Esta es la cruda realidad de un país que, además, tiene que soportar con estupor los cánticos celestiales de unos datos macroeconómicos que pregonados sin pudor desde el Gobierno, pretenden avalar la salida de esta despiadada crisis.

Distintas ONGs, entre las que se encuentran Cáritas, ha lanzado una campaña de sensibilización para denunciar la grave emergencia residencial que sufren en España un creciente número de personas. La Federación de apoyo a personas sin hogar ha aportado el preocupante dato que fija en 35.000 las personas que en España no tiene un techo donde cobijarse, cifra equivalente a toda la población de la ciudad de Teruel. Este nuevo cómputo supone un incremento de un 20 % respecto a la última estimación. El problema lejos de remitir ha aumentado, como en el caso de Barcelona que desde el año 2008 ha duplicado la cantidad de homeless que se alojan bajo puentes y se resguardan en soportales, escaparates y cajeros.

Otra cifra preocupante, procedente de la Plataforma de afectados por la hipoteca, señala que entre enero y julio del 2013 se produjeron 35.908 desahucios que hay que añadir a las 400.000 ejecuciones hipotecarias que, según el Consejo del Poder Judicial, se han producido entre el 2008 y el 2012. A todas esta alarmantes cifras hay que sumar el millón y medio de personas que viven en infraviviendas, en condiciones de hacinamiento, con falta de salubridad y sin las prestaciones básicas cubiertas como el agua y la luz. Detrás de estos asépticos números se esconden cientos de dramas personales con nombres y apellidos que deambulan por nuestras ciudades, muchos de ellos arrastrando sus escasas pertenencias y abatidos por un sentimiento de abandono e incomprensión.

Frente a estas datos, sorprende el hecho de que las distintas administraciones, con el Instituto Nacional de Estadística a la cabeza, no hayan aportado un recuento actualizado de las personas con problemas de vivienda, ya que el último recuento oficial es del año 2012. Esto ha supuesto que con la llegada de los rigores del invierno los ayuntamientos no hayan aumentado las camas o las plazas de los albergues para alojar temporalmente a este ejército de personas sin techo . Algunas ONGs, como Solidarios por el desarrollo denuncian que detrás de esta actitud oficial hay una estrategia por maquillar la realidad y ocultar un grave problema social que afecta a la dignidad de muchas personas, que no ven protegido un derecho reconocido por nuestra Constitución y por la Carta Social Europea firmada por el Estado español.

La intemperie es el único destino para cada uno de estos zoombies que cada día pululan a nuestro alrededor. Da la impresión de que al poder le interesan que estén ahí, formando parte del inmobiliario urbano, para lanzarnos un subliminal mensaje de advertencia : si no obedeces y no tragas sin rechistar lo que te dictan, el siguiente puedes ser tú. Esto nos ayuda a aceptar con docilidad nuestras zonas de confort, por muy vejatorias e indignas que sean. Incluso debemos de dar gracias por estar a salvo y no habernos convertido, por ahora, en parias. Pero en el actual estado de cosas la mayoría somos conscientes de nuestra propia vulnerabilidad y eso nos inunda de ansiedad y frustración. Un sociedad individualista que está atrapada por estos sentimientos esta enferma y es fácil de manipular con el miedo de la exclusión.

Nuestra única salida pasa por compartir porque la cooperación es el camino que nos ha hecho salir adelante desde la noche de los tiempos. Esta verdad primigenia permanece intacta en nuestros días como demuestra el hecho de que las sociedades más prósperas de nuestro planeta son aquellas que son inclusivas, es decir, aquellas que garantizan las necesidades básicas de todos sus ciudadanos. Un ser humano liberado de su lucha por la supervivencia es un ser que puede concentrarse en desarrollar su talento y su creatividad y eso revertiría en la sociedad provocando profundos avances. Si millones y millones de personas pudieran aportar la fuerza de sus inteligencias múltiples, la Humanidad daría un paso de gigante.

 

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