Laura Fàbregas

Sin rumbo ni capitán

En la recta final del referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017 hubo tres consejeros del Govern de la Generalitat que decidieron abandonar el barco del procés. Eran Neus Munté, Jordi Jané y Meritxell Ruiz. Cuando esto sucedió, meses antes de la votación ilegal, leí en alguno de estos chats grupales de Whatsapp donde nos juntamos la resistencia catalana que alguien decía que a bordo del procés “solo quedaban los más tontos”.

Opinión

Sin rumbo ni capitán
Foto: Fundació Pere Tarres
Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

En la recta final del referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017 hubo tres consejeros del Govern de la Generalitat que decidieron abandonar el barco del procés. Eran Neus Munté, Jordi Jané y Meritxell Ruiz. Cuando esto sucedió, meses antes de la votación ilegal, leí en alguno de estos chats grupales de Whatsapp donde nos juntamos la resistencia catalana que alguien decía que a bordo del procés “solo quedaban los más tontos”.

Munté, Jané y Ruiz fueron los más listos, sí. Y seguramente los más cínicos. Explotaron gratuitamente los mismos argumentos que sus compañeros huidos o en prisión preventiva, pero sin sufrir las consecuencias. Munté, como consellera de Presidencia, secundó siempre la retórica del procés, habló de un supuesto “mandato popular” y confrontó urnas con tribunales recurriendo a esa concepción asamblearia de la democracia.

Munté no padecía, sin embargo, de esa sugestiva ingenuidad colectiva llamada la revolución de las sonrisas con que barnizaron de ilusión cualquier eventual coste que pudiera acarrear el procés. Ella y sus compañeros eran tan conscientes del coste, que dimitieron antes de tiempo. Quien sabe si pudo más el miedo o la sensatez, pero en ese momento poco les importó ser tachados de traidores.

Ahora Munté quiere volver a la política municipal en el Ayuntamiento de Barcelona. Pero con la misma comodidad en la que vive instalado el nacionalismo. Es decir, sin hacer crítica ni autocrítica, ya sea por cinismo o cobardía. Sin un capitán dispuesto a soltar las amarras de este barco naufragado.

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