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Se los debemos

A mí, que soy hombre de consenso, me gustaría zanjar esta polémica diciendo que yo también estoy en contra de los malos deberes y a favor de los buenos. Pero mucho me temo que la polémica que nos ocupa no tiene tanto que ver con los deberes como con el pánico que todo buen demócrata siente ante la desigualdad, a la que no sabe concebir como nada más que como injusto privilegio. Y qué duda cabe que los deberes la evidencian de forma inevitable, si no es que incluso la causan ellos mismos. 

Evidencian la desigualdad entre niños, entre padres, entre profesores y entre colegios. Entre niños, porque a unos les cuestan más que a otros y a otros les gustan más que a unos. Y a unos y a otros les interesan cosas distintas en distinto grado y ni unos ni otros tienen las mismas capacidades ni las mismas ganas de ponerlas a prueba.

Entre padres, porque no todos tienen el mismo tiempo ni los mismos conocimientos ni la misma paciencia para ayudar a sus hijos a hacer los deberes. Para todos ellos, esto sí, una buena noticia: los deberes son de sus hijos, no suyos. Despreocúpense.

Entre escuelas, claro está. Porque hay algunas que saben lo que quieren y otras que no. Porque algunas dedican grandes y continuados esfuerzos a intentar aportar el máximo de coherencia posible al currículum y al trabajo de sus alumnos y otras no tanto.

Y entre profesores, porque también pasa que a algunos les hace más ilusión corregir deberes que a otros. Y algunos tienen más paciencia y más acierto en sus correcciones que otros. Y porque algunos, justo es reconocerlo, simplemente trabajan mejor que otros. Y porque todos tienen días de más y de menos.

Esta lección, que con tanto empeño quieren algunos olvidar, quizás sea la más importante de todas. Porque, por mucho que repugne al igualitarista, cualquier bípedo sabe que hay un arriba y un abajo y que esto tiene consecuencias que más vale no pasar por alto. La experiencia de la jerarquía es la experiencia fundamental de la escuela, y quien se niegue a aceptarla tendrá que renunciar, no sólo a los deberes, sino a la educación misma.

Ocultando esta realidad solo estamos perjudicando a nuestros hijos y alumnos. Y especialmente a los que más queremos ayudar. Según The Economist, en los años 70 no había prácticamente diferencia entre las horas que los padres de distintas clases pasaban hablando, leyendo y jugando con sus hijos. Ahora, los hijos de padres universitarios reciben un 50% más de atención que los demás. Si no estamos dispuestos a prohibir que los padres universitarios se relacionen con sus hijos, tendremos que aceptar que la mejor manera de luchar contra la desigualdad es reforzar la dedicación de los más desfavorecidos. Y sospecho que incluso los deberes imperfectos son mejores sustitutos de la lectura paterna que los youtubers o los videojuegos.

Los críticos con los deberes entienden bien que estos dejan a los niños sólos frente a un problema que no siempre saben resolver. Y que esto les da una conciencia mucho más clara de lo que les gustaría (a ellos y a muchos de sus padres y maestros) de sus propias limitaciones. Lo que no parecen querer aceptar es que el descubrimiento de los propios límites y el aprendizaje de la convivencia con la frustración son dos de las lecciones más difíciles y necesarias que la vida tiene para enseñarnos. Y que esto, en la vida del niño, se llama deberes. Privándole de los deberes le privamos de mucho más que de un ratito de tiempo libre. Le privamos también del ejercicio de la responsabilidad. Que no sólo es lo que nos convierte en adultos ni es sólo el precio de la libertad sino su recompensa; porque es lo que nos libra de una existencia trivial.

 

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