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Se fueron a la playa

Lo de la playa de Marruecos produce todo. Lo peor, desesperanza. Viendo a esos menores, siempre habrá quien pregunte qué hijos vamos a dejar a este mundo. Ya se ve. Si todos son como los "menores detenidos", un mundo de asco.

Para dar y vender. Fotos de masacres, de asesinatos en masa, de bodas en los que se tirotean los partidarios de unos y otros. (Dios quiera que no sean los partidarios de cada uno de los contrayentes, porque, si no, vete a hablarles al marido y a la mujer de la felicidad en el matrimonio, de la fidelidad conyugal y esas cosas).

Por si faltaba algo, atraco multitudinario en una playa marroquí. En la fotografía, se ve mucha gente, como en todas las playas. Gente formada por una persona y otra, y otra y otra. No es una masa. Son muchas personas individuales, cada una con sus "cadaunadas". O sea, con sus ilusiones, sus pequeñas ambiciones, sus planes profesionales...y sus ganas de refrescarse, porque este calor no se aguanta.

Y, de repente, aparece una docena de hombres armados con machetes y espadas y les asaltan, y, entre la docena, chavalillos de esos a los que les enseñan, desde pequeños, que el prójimo es una cosa de la que hay que sacar partido. Y si para sacar partido hay que abrirle en canal, pues se le abre.

¿Escenas de pánico? ¡Claro, todo lo que es antinatural produce pánico!. A veces, lo antinatural no va con machete. En ese caso, solo produce asco.

Lo de la playa de Marruecos produce todo. Lo peor, desesperanza. Viendo a esos menores, siempre habrá quien pregunte qué hijos vamos a dejar a este mundo. Ya se ve. Si todos son como los "menores detenidos", un mundo de asco.

Si los menores detenidos son como son por un accidente, aún hay esperanza. Si los otros -los que respetan al prójimo, los que trabajan para ayudar a gente que lo pasa mal (conozco bastantes)-, el mundo será una maravilla y las playas, una preciosidad, como era la playa marroquí antes de que irrumpieran esos mozos, que sufrirán toda su vida, porque todos, hasta los más bestias, llevamos algo dentro que nos dice que eso es bueno y que eso es malo.

Cuando, por la razón que sea, actúo creyéndome, o convenciéndome, de que aquello malo es bueno, algo me dice por dentro que me he vuelto a equivocar.

Y cuando, constantemente alguien actúa equivocándose, se le revuelve constantemente el estómago, a pesar de que muchos de los suyos le aplaudan y le digan que tiene por delante un futuro brillante.

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