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Debe ser que cuando la desgracia afecta a solo unos pocos se le da una categoría de menor importancia. Y ya si son chinos qué te voy a contar. Total, que son trescientos y pico personas en un país de más de mil trescientos millones de habitantes.

No veo esta noticia en las portadas de los grandes diarios. Con dificultad la encuentro en sus páginas interiores. Debe ser que cuando la desgracia afecta a solo unos pocos se le da una categoría de menor importancia. Y ya si son chinos qué te voy a contar. Total, que son trescientos y pico personas en un país de más de mil trescientos millones de habitantes.

Lo que están sufriendo estas familias que han quedado rotas no es ni más ni menos que lo mismo que padecieron, y padecen, los que aguantaron el terremoto de Haití en enero de 2010. Es verdad que allí la tierra se cebó con más de trecientos mil muertos y un millón de personas sin hogar. Pero una sola muerte no deja de ser igual de importante por mucho que se produzca de forma aislada.

En Haití fui testigo de la llegada en masa de cantidades ingentes de ayuda humanitaria, desde todo el mundo. Y también vieron mis ojos durante los días de emergencia, los inmediatamente posteriores, cómo esa ayuda no llegaba a la población. Millones de litros de agua embotellada y millones de ciudadanos bebiendo aguas infectadas.

Pero es que a este pueblo de China, a juzgar por la fotografía, no han llegado apenas ni los equipos de rescate. Y eso que aún se calcula que son decenas los desaparecidos. Haití es un país muy pobre, de los más pobres, pero también conozco un poco de China y he visto los niveles de pobreza y subdesarrollo que se pueden alcanzar en zonas rurales. Si los medios de comunicación dieran una cobertura adecuada a este tipo de sucesos la ayuda llegaría veloz. En Puerto Príncipe fue tema del día lo sucedido una tarde. Un afamado reportero de una de las grandes cadenas norteamericanas supuestamente “pactó” con un niño que tenía su rostro cubierto de sangre. En medio de un tiroteo, durante los días de los saqueos, le pidieron al menor que permaneciera parapetado y quieto detrás de unos bultos y él iría a rescatarle. Cuando las cámaras estuvieron listas el intrépido y valiente reportero salió corriendo, cogió al niño en volandas y lo enseñó a la cámara como un trofeo. Se había convertido en su “salvador”. Si esto es verdad, las fotos ahí están, tal como contaban varios reporteros... ¿por qué no está ahora en Yunnan? Hay que hacerse la foto. Con las fotos se salvan vidas.

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