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Sabotaje

Me fascinan los personajes a los que se les desborda la incoherencia y la naturaleza inexplicable del alma humana. Digo personajes porque no los puedo juzgar como personas, solo me atrevo a valorarlos por su calidad dramática.

No puedo evitarlo, me fascinan los personajes a los que se les desborda la incoherencia y la naturaleza inexplicable del alma humana. Y digo personajes porque no los puedo juzgar como personas, solo me atrevo a valorarlos por su calidad dramática, como intérpretes de esta gran ficción que día a día ponemos en marcha entre todos.

Cuando en mayo de 2011 estalló el escándalo Strauss-Kahn, aquel ex director del FMI acusado de abuso sexual a una camarera de hotel, me llamó la atención la categoría tan sórdida y bajuna del episodio. No dejaba de preguntarme cómo era posible que un hombre con tanto poder, que podía permitirse los vicios más caros que podamos imaginar, se viera envuelto en un enredo tan casposo y poco inteligente. Atropellado, torpe y absurdo, una situación sin sentido tratándose de un político calculador, con dilatada experiencia en satisfacer sus perversiones sin que afectasen a su brillante carrera política.

Entonces apareció en mi cabeza la palabra sabotaje. Strauss-Kahn estaba a punto de aspirar, y con grandes posibilidades de ganar, a la presidencia francesa. Era su gran momento, la culminación de toda su carrera. Evidentemente la política es un terreno minado donde cualquier teoría conspirativa es posible, por mas descabellada que parezca. Pero a mi me interesaba otro tipo de agresión, el acto de sabotaje contra uno mismo, contra el propio poder.

¿Cómo es posible que alguien arriesgue la inversión de toda su vida por unos minutos de apresurado y dudoso placer? El poder cambia a los hombres, revela su peor cara, pero también se puede hacer insoportable, empuja a algunos individuos a la necesidad de un acto de sacrificio cuando su relación con el éxito se hace insostenible. Entonces aparece el sabotaje, que puede darse en un acto o en una sucesión de episodios trágicos que acaban con la carrera o incluso con la propia vida del personaje, como ocurrió con la desaparecida Amy Winehouse.

Cada nueva entrega del escándalo de Rob Ford, el excesivo alcalde de Toronto, me recuerda a esta modalidad de auto sabotaje y me dan ganas de pedir que alguien, urgentemente, le haga un favor a ese hombre y lo aparte de la vida pública, antes de que acabe con su integridad y la de sus conciudadanos.

 

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