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Revolución o muerte

Parece que los Castro nos van dejando y que con ellos nos va dejando también su revolución. No tiene que sorprendernos a nosotros lo mucho que un pueblo puede deber su libertad al “hecho biológico”, pero algo de justicia poética hay en que los que han pasado la vida gritando “revolución o muerte” nos recuerden con su ejemplo que, incluso frente a la revolución, la muerte tiene siempre la última palabra.

Algo de justicia poética hay en que sea la muerte la que acabe con la revolución, cuando la revolución depende del olvido del hecho biológico en los asuntos políticos. Mientras recordamos que morimos, vivimos con la angustiosa certeza de que nada es para siempre. Mientras recordamos que hemos nacido, vivimos con la certeza de estar en deuda y de poder quizás empezar algo nuevo, pero nunca nada de nuevo. Y está claro que en estas condiciones no podemos aspirar a construir nada definitivo.

Sabemos que venimos a un mundo que nos precede y que lo más valioso que tenemos lo hemos heredado. Pero también sabemos dejaremos un mundo que nos suceda y al que legaremos lo mejor de lo que seamos capaces. Que no nos hemos hecho a nosotros ni a nuestro mundo, y que las deudas que tanto lamentamos dejar a nuestros hijos se las dejaremos como carga pero también como don. Que los hospitales que nos pagan serán también los hospitales donde nazcan y que la deficiente democracia que les leguemos exigirá que la cuiden pero no que la funden.

El hecho biológico imprime un carácter generacional en las sociedades humanas y nos condena a lidiar siempre con los más básicos defectos de los hombres. Pero, como tienen a bien de recordarnos los Castro, la muerte y la natalidad son también el freno que la naturaleza impone al despotismo. Son precisamente los hombres nuevos los que impiden la venida del hombre nuevo, recordándonos constantemente que nuestra tarea no puede ser la de conducir a la sociedad a su justo y último fin. Cualquiera diría que el sabernos mortales debería ser suficiente para salvarnos de la tentación revolucionaria, pero precisamente el hecho biológico el que nos condena a luchar, siempre de nuevo, contra su eterno retorno.

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