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Reválidas franquistas

El franquismo está como el amor: en el aire. Se cuela en todos los recovecos de la vida española -como las buenas aspiradoras- para englobar, en su concepto, desde la tasca a la sobremesa, desde la oficina a la sala del gimnasio, desde las academias de idiomas a la ociosidad de los niños jugando en los parques y jardines. Dijo Cicerón que el oro es el nervio de la guerra, pero eso fue porque no llegó a tiempo de conocer qué era eso de registrarse en una cuenta de Tuiter. En las redes sociales sí que está presente la guerra del mundo contemporáneo. Y el franquismo, cómo no, su principal arma dialéctica. Nada cómo invocar a un régimen autoritario para tumbar al enemigo en ese instante tan incómodo en que nos damos cuenta de que nos faltan argumentos de peso.

El franquismo está en las aceras, en las hojas caducas de los árboles, en las farolas, en la nomenclatura del callejero urbano. Ponga un franquismo en su vida, y compre sus acciones, que siempre renta, que siempre suben. Y ahora más que nunca, cuando lo punk y lo transgresor es defender los valores democráticos de la Constitución del 78. Ahí también está el franquismo, por supuesto: nuestro sistema constitucional y democrático no es más que un sucedáneo del Movimiento. ¿Y la Historia? Pura conveniencia de los poderes fácticos –Cebrián, el Ibex y el Espíritu Santo- para alienar el verdadero cambio.

Este relato, que suena a ironía, hay quien se lo traga. Como esos chavales que salen a la calle para reivindicar una educación de calidad y escriben en sus pancartas que las reválidas son franquistas. ¿Y lo son? Pues sí, no le quepa la menor duda. Y el esfuerzo. Y la voluntad. Y la capacidad de superación. Y las horas de estudio. Y la disciplina. Todo franquista. La única pega que le pongo a esta dispersión del concepto es que lo tomemos, de tan desgastado, con frivolidad. En algo así como esta manifestación. ¿En  un juego de niños? En un juego de niños, exacto.

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