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¿Reaccionarios?

Se va poniendo de modo llamarlos reaccionarios. Y así los llama Mark Lilla en su último libro, del que se publicó un breve extracto en el NYTimes de hace unos días. Los reaccionarios serían aquellos que, a diferencia de los revolucionarios, no fijan su mirada en un futuro radiante sino en un pasado esplendoroso. Y que no se creen los profetas de lo que podría ser sino los guardianes de lo que ya fue. Aquellos que creen que todo lo bueno se está yendo al garete y que podemos y debemos volver atrás, al edén del que nos expulsaron las mentiras y la corrupción de nuestras traidoras élites.

Y contra ellos, sus erróneas ideas y sus vanas esperanzas, nos advierte Lilla como nos advirtió ya hace tiempo el Juan de Mairena de Machado:

 

Primero. Que si la Historia es, como el tiempo, irreversible, no hay manera de restaurar lo pasado.

Segundo. Que si hay algo en la Historia fuera del tiempo, valores eternos, eso, que no ha pasado, tampoco puede restaurarse.

Tercero. Que si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado.

Cuarto. Que si tornásemos a aquellos polvos volveríamos a estos lodos.

Quinto. Que todo reaccionario consecuente termina en la caverna o en una edad de oro, en la cual sólo, y a medias, creía Juan Jacobo Rousseau.

 

Parece extraño que unos tipos con ideas tan viejunas sean tan nuevos, pero es que si los americanos no habían tenido nunca reaccionarios es porque no habían tenido nunca antiguo régimen. Todo régimen era nuevo y en construcción, y por eso toda mirada política era una mirada hacia el futuro. Por eso ni siquiera su conservadurismo es, como el europeo, un conservadurismo tradicionalista. De hecho, no le llaman neoconservadurismo porque sí, sino porque entiende bien que no hay nada de paradójico en que la asociación “Hijas de la revolución americana” sea una asociación de mujeres conservadoras.

Si llamamos a Trump y sus votantes reaccionarios es porque creemos que el único futuro posible, que el único futuro deseable, es el futuro que diga el progresismo en general y Obama en particular. Confirmando así que, como bien sospechaban, sólo se les llama reaccionarios porque se los quiere cosa del pasado, y se los quiere cosa del pasado porque no se quiere que tengan nada que decir sobre el futuro.

Si tantos votantes de Trump impugnan la era Obama no es tanto por reaccionarios como  por románticos. Porque creen menos en el retorno a un viejo Jardín del Edén que en el retorno de la ilusión en el futuro, de la esperanza de que todo esté por hacer y que todo sea posible. La ilusión de que el futuro no sea inexorable ni tengan que escribirlo necesariamente sus enemigos. Por querer seguir contando son, como decía Gómez Dávila, como aquél “estulto que asume la vanidad de condenar la historia, y la inmoralidad de resignarse a ella.” Por eso, como pronto van a descubrir los nostálgicos de Obama, no tiene nada de paradójico que a menudo ser progresista consista en pisar a fondo el freno de la historia. Ni nada tiene de paradójico que los más reaccionarios de entre los nuestros sean precisamente los que más presumen de progresistas

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