José María Albert de Paco

Ramblas y Stones

Anoche en Barcelona actuaban los Stones, y en las horas que precedieron al concierto los seguidores del grupo se hicieron notar por las Ramblas y aledaños: camiseta reglamentaria, chupa vaquera y mil años en cada patilla. No es que la ciudad no esté acostumbrada a esta clase de desembarcos, pues de hecho forman parte de su naturaleza misma, y ahí están el Primavera, el Sónar, el Cruïlla... o las decenas de artistas internacionales que recalan en el Olímpico o en el Sant Jordi. Y sin embargo, ayer, al ver a esos vejetas con cuatro pelos en guerrilla llegados de Madrid, Valencia, San Sebastián... me pareció percibir eso que da en llamarse un soplo de aire fresco. Años y años de esteladas en los balcones, de desfiles coreanos, de (jocosa) propagación de la xenofobia han terminado por anestesiar las zonas erógenas de la ciudad, esa fragua de eventualidades en que incluso el más vidrioso anonimato deviene principesco.

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Ramblas y Stones
Foto: ALBERT GEA| Reuters
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

Anoche en Barcelona actuaban los Stones, y en las horas que precedieron al concierto los seguidores del grupo se hicieron notar por las Ramblas y aledaños: camiseta reglamentaria, chupa vaquera y mil años en cada patilla. No es que la ciudad no esté acostumbrada a esta clase de desembarcos, pues de hecho forman parte de su naturaleza misma, y ahí están el Primavera, el Sónar, el Cruïlla… o las decenas de artistas internacionales que recalan en el Olímpico o en el Sant Jordi. Y sin embargo, ayer, al ver a esos vejetas con cuatro pelos en guerrilla llegados de Madrid, Valencia, San Sebastián… me pareció percibir eso que da en llamarse un soplo de aire fresco. Años y años de esteladas en los balcones, de desfiles coreanos, de (jocosa) propagación de la xenofobia han terminado por anestesiar las zonas erógenas de la ciudad, esa fragua de eventualidades en que incluso el más vidrioso anonimato deviene principesco.

Qué es la ciudad sino su gente, escribió Shakespeare. El posesivo, tan en boga desde que las huestes de Colau se lanzaron a hostigar al turista, se me antoja hoy repugnante. En cualquier caso, y siguiendo el aserto del dramaturgo, ninguna ciudad donde las autoridades animen a los escolares a marchar contra la democracia puede ostentar la divisa de ‘ciudad más hermosa del mundo’. A lo más que puede aspirar es a codearse con el Seaheaven de Truman, esto es, a competir en la categoría de los simulacros.

Cuenta la leyenda que el 11 de junio de 1976, Federico Jiménez Losantos apuraba la noche en el Café de la Ópera cuando entraron dos extranjeros algo estrambóticos. Eran Mick Jagger y Keith Richards, que venían de tocar en La Monumental (900 pesetas de la época) y buscaban avituallamiento. Cuarenta años después, y en espera del test de esfuerzo que le aguarda a la democracia española el domingo, la novedad, las noticias que no hablan de grallers, timbalers ni castellers sino de rockandroll, muestran de nuevo su rostro más indómito y esperanzador, como lo fueron los sucios trenes que huían hacia el norte. Contra el Under my thumb, no hay cacerola que valga.

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