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Rajoy pudo tener un final digno, pero prefirió pirarse

Foto: SUSANA VERA | Reuters

Ya lo han conseguido. Pedro Sánchez, de la mano del populismo radical de Podemos, de los nacionalistas vascos y catalanes y de los proetarras y los independentistas catalanes han desalojado a Rajoy de la presidencia del Gobierno. El final de Rajoy ha sido muy suyo. Rajoy tardó excesivamente en darse cuenta de que la moción de Sánchez iba en serio y salía. No era una pesadilla de una noche cruzada sino una realidad palmaria. El especialista en el manejo de los tiempos, el rey de la resistencia, cansado de tanto correr en su cinta sin avanzar un milímetro, se dio de bruces con la realidad, pero salió corriendo, pies para que os quiero, y tuvo el feo gesto de ausentarse durante toda la tarde del jueves del Congreso, dejando el bolso de la vicepresidente en su escaño, y se encerró en el restaurante Arahy, en la calle Alcalá, el antiguo Club 31, junto a varios ministros y personal del PP de su confianza que entraba y salía. Allí permanecieron desde las 14,30 hasta las 22,30, el chef cubano José Raimundo Ynglada les sirvió el magnífico atún rojo, croquetas de boletus y trufa blanca, tomate rosa con sal Maldon y aceite arbequina, algún solomillo asado en brasa con su puré de patata y el cremoso de queso y guayaba, mientras su Gobierno se iba al traste y Sánchez lograba su objetivo con el peligroso apoyo del populismo radical y del independentismo catalán y vasco, que veremos a ver a dónde le llevan, porque aún no conocemos los compromisos que ha adquirido, las hipoitecas con las que llega a La Moncloa.

La sentencia de Gürtel y la osadía y tenacidad de Sánchez han sido su tumba. Y su final no ha tenido nada de glorioso, ha estado abrochado por la aparente cobardía y escaso respeto a la institución y a los ciudadanos de darse el piro y fumarse la sesión, mal perdedor, poco empaque, no tuvo valor para afrontar su realidad. Le pedían que dimitiera pero él se piró a darse un homenaje, cerrando su mandato con escaso honor y categoría, y acreditando escaso respeto por la institución esencial en democracia, el Parlamento. Pudo tener un final digno, pero prefirió pirarse al reservado de un restaurante. Todo un síntoma. Este es Rajoy. Y ahora Sánchez. Habrá que darle los 100 días que se merece cualquiera, pero los apoyos que se ha buscado no auguran sentido común ni estabilidad, sino problemas serios. Y muchos.

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