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La mejor despedida

Foto: GABRIEL BOUYS | AFP

No he venido a hablar de mi libro, pero. Hace ya un año le mandé al Presidente Rajoy un ejemplar de mi “Maquiavelo para el siglo XXI”. Iba con una doble dedicatoria. Una a mano y otra impresa, justo en el lugar donde Maquiavelo había escrito el nombre de Lorenzo de Médici. En las últimas correcciones del libro los editores habían sugerido cambiar la dedicatoria al Presidente Mariano Rajoy, demasiado personal, por una dedicatoria, más general, al Presidente del Gobierno. Para darle al libro al menos la posibilidad de sobrevivir a una presidencia que parecía débil y se preveía corta. Como no estaba en situación de negarle nada a la editorial, acepté sin rechistar y les dije que como ellos viesen mejor. Sea porque confiaron en mí, sea porque confiaron en él o sea porque pensaban que yo lo cambiaría y yo pensaba que ya lo harían ellos, el caso es que nadie hizo nada y el Presidente se quedó donde estaba. Sospecho que no era la primera vez que le pasaba.

Tampoco era la primera vez que defraudaba a sus enterradores mientras observaba, aparentemente impertérrito, sospecho que a menudo estupefacto, cómo sus enemigos se dirigían a toda prisa hacia el abismo. Esa impasibilidad que se ha hecho tópico y en la que deben de residir tanto las virtudes como los defectos de su presidencia y quién sabe si de su persona. La impasibilidad que lo ha hecho parecer en las más de las ocasiones como el único sobrio en un mundo de hombres sedientos de acción, de poder y de historia; como el único que al menos era capaz de aparentar la serenidad para aceptar las cosas que no podía cambiar, valor para cambiar las que podía cambiar y sabiduría para poder diferenciarlas. La misma impasibilidad que le hizo suponer, en contra de la evidencia pero en favor de la lógica, que los líderes independentistas se detendrían a tiempo. Y la misma estupefacción con la que los ha visto cometer un error tras otro. Debía ser eso, y no una incapacidad congénita (cómo podría, en alguien conocido por algo tan insólito como pasear rápido) lo que le ha impedido actuar con la decisión, las prisas o la precipitación que tantos le han reclamado en tantos momentos y durante tantos años.

La moción de censura da buena muestra tanto de sus aciertos como de sus errores. El más grande de estos, como decía Gregorio Luri, el de “teniendo el poder, no haber sabido ganarse aliados”. De los aciertos, que se le eche del poder para quedarse con sus presupuestos da buena cuenta de que la situación económica ha sido peor. Que se le eche del poder con los nacionalistas catalanes votando, en el Parlamento español y a cambio de nada y por un gobierno firmemente comprometido en guardar y hacer guardar la Constitución, da buena cuenta de en qué ha quedado la amenaza independentista. Así deja Rajoy las dos peores crisis de la democracia española.

Para la historia de su adiós quedarán los memes del bolso de su vicepresidenta, la larga sobremesa en el restaurante Arahy y el “que alguien pare, coño”, con el que quiso cerrar la última ovación de los suyos. Quizás en honor al tópico del gallego, parece imposible que se vaya y, al mismo tiempo, parece que lleve años yéndose, que lleve años despidiéndose. La mejor despedida, de hecho, ya había tenido lugar hace tiempo. Creo que era un día cualquiera, en un acto cualquiera, en un gif que resume una vida y en el que se ve al Presidente saludar desde un barco a otro barco que pasa a lo lejos y sin rumbo conocido. Al girarse hacia la cámara, Rajoy levanta ligeramente el hombre y tuerce el gesto como diciendo; “bah, ya sé que no me habrán visto, pero había que hacerlo”.

Vendrán los otros y presumirán de sus éxitos. Me gustaría pensar que a él le molestará un poco menos que a los demás porque sabe, tiene que saberlo, que un buen presidente no puede aspirar a mucho más.

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