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Quince años de soledad

La soledad es una de esas materias literarias sobre las que una narración crece sana y robusta, sea en género novela, poesía, teatro o cine. Lo pensaba el otro día al leer que este agosto se cumplen quince años del estreno de la que quizás pase por ser la oda a la soledad más perfecta que nos ha legado el séptimo arte: Lost in translation. Desde que uno visualiza el culo de Scarlett Johansson en primer plano hasta que Murray desliza sus últimas palabras sobre la oreja de la joven, la soledad se paladea de una manera continua, obligándonos a empatizar con ella, haciéndonos creer que la belleza se construye sobre las relaciones que pudieron ser y no fueron, mucho más hermosas que aquéllas que terminan enchufando Netflix en el sofá de casa. Sofia Coppola define esta soledad con artificios extraordinarios: coloca a los protagonistas en calles atestadas, los hace cantar entre multitudes que aúllan, los monta en trenes con aforo completo, dirige miles de luces de neón hacia sus figuras… Moraleja: se puede estar solo aunque tengas miles de pupilas rodeándote.

Creo que lo más interesante de esta cinta es que todo lo que ocurre está ocurriendo en silencio. Sólo hace falta que esa rubia apunte con su mirada hacia cualquier parte para intuir lo que se pretende: celos, ilusión, hastío, ¿podría funcionar? Las grandes obras de arte son esas: las que sugieren, las que dejan lo explícito en manos del consumidor. Ocurre con un párrafo de Cortázar, con un verso de Lorca, con un cuadro de Goya. Cada uno se introduce en esas obras con un pie distinto, e imagina desenlaces que sólo le pertenecen a él. Es la magia de lo artístico, nos permite salir de la realidad por el método de la intuición, y de este modo huir, escapar, creer.

Volviendo a lo que la soledad nos ofrece: cuando Murray, por ejemplo, decide cambiar la mesilla de IKEA que su esposa le ha enviado por un mal polvo con una mujer tan agotada como él, de algún modo está disparando directamente contra la línea de flotación de una relación estable. En esa escena se percata de dos cosas: que pretende estar solo y que, aunque no lo pretendiese, lo seguirá estando. Y en la otra orilla, cuando Scarlett observa que su marido vive en un mundo distinto al que habita ella, de pronto siente el peso de su mala elección visitando el bar del hotel, que es donde empiezan todas las historias de desamor. De algún modo, cuando estos dos seres se encuentran, no se enamoran del otro, sino de la porción de soledad que ambos comparten. Y luego está ese majestuoso final, en el que él susurra algo inaudible junto al oído de ella, dejando que todo espectador se sienta legitimado para ponerle las palabras que sean a esa soledad infinita. ¿Le solicitó una cita al otro lado del océano? ¿Le juró amor eterno? ¿Le pidió que no se rindiese? Que la imaginación dicte sentencia.

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