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Quiero decir “negro” y que no me llamen racista

Quiero que me dejen en paz. Quiero decir “negro” en un artículo -como lo hice el otro día en una reseña de La Bella y la Bestia- y que nadie me llame “racista” ni me pregunte si pertenezco al círculo íntimo de Trump. Quiero decirles que “persona de color” me parece una soplapollez, una delicadeza inútil, una expresión paternalista y repugnante que sólo disfraza un pensamiento abyecto: que los negros son más débiles per se y que nosotros, todopoderosos occidentales, debemos protegerlos poniéndole barnices al lenguaje. Si históricamente han sido oprimidos por los blancos, ¿vamos a reproducir ese menoscabo tratándoles de pobrecitos?¿Eso ataja la discriminación o la perpetúa? Yo no quiero que nadie se dirija a mí con primor por ser mujer y, encima, joven. Yo no quiero que se cuiden conmigo, como lo han hecho tantas veces, con ese suspiro dulzón de “ah, qué graciosa la chavalita, mírala, qué rebelde”, como quien acaricia el lomo de un animal revoltoso pero inofensivo. Yo no quiero que sus discursos complacientes denoten, al final, que soy yo la que está por debajo.

Prefiero la agresividad -si me coloca en una posición de igual- que esa falsa simpatía, ese recato bienquedista que no hace más que maquillar una verticalidad insufrible. Yo quiero abrirle la puerta a Carolina los domingos por la mañana, saludarla con un “qué tal ayer, putón”, y que siga siendo una bienvenida amorosa hacia una mujer a la que respeto con la médula. Quiero que ella mire el Vietnam de mi salón y me diga “¿de qué era esa pizza, gorda?” y responderle que carbonara, claro, y que estaba cojonuda, en vez de correr llorando hasta la báscula. Quiero que sigan existiendo los guiños, las coñas tácitas, la complicidad hermosa que nos hace libres. Quiero que conservemos la inteligencia suficiente para poder olerle el fondo a las palabras y estudiar la boca de la que vienen y la intención que arrastran consigo.

Cómo va a contener un término todos los vicios de este ancho mundo, si los que estamos podridos somos los seres humanos. Una palabra no tiene poder; lo tiene quien la usa. Y oigan, yo, que no me creo sospechosa de nada, me siento legitimada por todo aquello que defiendo para hablar de lo que quiera sin pudores. Porque no hay suciedad debajo de la alfombra.

El problema es que esta intrusión va cada vez a más. Pienso en el tipo que me dijo “zorra comunista” por entrevistar al rapero Pablo Hásel. Pienso en el que me tildóde “franquista” por celebrar poemas de Luis Rosales. Esa pandilla de mamertos que mueven las olas de la opinión pública ya han empezado a meter sus sucias narices en nuestros interlocutores y en nuestros libros y han intentado homogeneizarnos, catalogarnos rápido a partir de nuestros paisajes -contradictorios muchas veces, por suerte para nosotros y desgracia para ellos- para tejer maniqueamente sus odios, para lanzarnos a la cara unos prejuicios que son suyos. Lo siguiente serátratar de intuirnos ideológicamente por las palabras que empleamos, como si el lenguaje fuese tan diáfano como el pensamiento. Como si los buenos no pudiésemos jugar. Tócate los cojones, Mariloli. Y no, tranquilos: no estoy diciendo que Mariloli sea transexual.

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