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Querida Dulceida: el ‘influencer’ era Fernán Gómez

A mí lo único que me interesa de la ropa es lo que encierra: la desnudez. El mundo de la moda me parece una de las mediocridades mejor premiadas por esta civilización pusilánime, acojonada, sin discurso, que se atrinchera en escudos estéticos porque le cuesta sudor y sangre desarrollar personalidad propia. Algunos iluminados han descubierto que con un par de plumas sobre el cráneo y una falda mordisqueada uno puede fingir que no es insignificante. Lo entiendo: la vulgaridad da pánico. Yo abrazo su pobreza de carácter -bastante tienen-, pero a ratos me repugna su clasismo, sus anglicismos, su molar deficitario. El “estilo”, me gustaría decirles, es algo que se conserva hasta en cueros; y proviene de fuentes más turbias y sutiles, impermeables al grosor de la nómina y los caprichos del mercado.

El estilo no es ornamento, sino pureza temperamental, y se suda a veces en un gesto, en una risa, en un modo de pronunciar o de acercarse, de huir o de desordenar: el estilo es una cicatriz al mundo, y la moda -me perdonarán- es una soberana gilipollez, una burbuja para débiles que no han encontrado otro modo de transgredir. “Dios nos libre de la gente sin estilo”, escribía Manuel Vilas. “Esa gente que envilece la enigmática gracia de estar vivo”. Pienso en esto mientras fumo en bata -que es un outfit revolucionario en la medida en la que nada me presiona la entrepierna- y leo las noticias del día: la peña está muy enfadada porque Dulceida ha ido a hacerse fotos a una bañera llena de Ciudad del Cabo, que padece la peor sequía de su historia, y ha regalado gafas de sol a los niños a los que les ruge el estómago. “Feliz por haberlos hecho sonreír”, dice la espabilada. La dignidad, está visto, es otra de esas cosas que no se pueden comprar.

Más allá de su nula conciencia social, huelga decir que esta frivolidad no la ha inventado ella: cada verano, religiosamente, me revienta Facebook de álbumes de niños pijos abrazando a críos negros y famélicos allá en Kenia. La solidaridad para ellos es un daño colateral del exotismo, no más que un reclamo publicitario, un tierno gancho de likes: ya hay que ser miserable para sentirte sexy junto a la desgracia ajena. Luego, estos mismos adalides del tercer mundo pasan junto al sintecho de su barrio y se tapan la nariz. Ah: es que nuestros pobres espantan al turismo -que decía Aguirre-, pero los de África lo atraen.

En realidad, lo único que diferencia a Dulceida de otros hipócritas de este pelaje es que a ella la siguen millones de personas. Porque Dulceida es influencer: tócate los cojones. Se pone trapitos, se tinta el pelo, besa a su novia y pide “mucho amor para todos”, que es un eslogan arriesgadísimo -ya lo vimos en La llamada-. Cuando se levanta reivindicativa, exige que respetemos “todos los cuerpos”, pero su marca no admite tallas grandes. Dijo en el programa de Risto que no se arrepiente de no haber acabado la ESO, no lee periódicos y no tiene pajolera de política. Dulceida demuestra a cada paso que ni la ejemplaridad, ni el esfuerzo ni el talento sirven de lo más mínimo en un modelo neoliberal que nos promete meritocracia.

Ya puestos -y esto es un agravio a mi buen gusto-, en esta sociedad huera tampoco se premia el estilo. Pienso en Fernando Fernán Gómez cuando le recordaba a un fan, a gritos, que no necesitaba su admiración: “¡Si usted cree que tengo mal carácter, lo tengo, y muchísimo! Desgraciadamente, soy una persona maleducada. Déjeme en paz. Váyase usted a la mierda. ¡A la mierda!”. Pienso en Jesús Quintero: sus carcajadas largas, sus preguntas hondas y socarronas, su acento flotando entre el humo televisivo. Pienso en esa reseña del New York Times sobre Lola Flores: “No canta. No baila. No es guapa. No se la pierdan”. Se me ensancha la sonrisa de placer: las bloggers son alienables, pero, ¿y ellos? ¿Quién los puede imitar? Es probable que no fueran nada modélicos, pero ah, qué influencers de raza. Qué garbo, qué gracia, qué poderío. Dulceida, no tienes nada que hacer: hay quien vale igual desnudo que vestido.

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