Andrea Mármol

¡Que viajen más!

El pasado miércoles acudí a dar una conferencia en la sede barcelonesa del Colegio de Periodistas de Cataluña a un grupo de estudiantes holandeses. Los alumnos, del Máster de Políticas Públicas, habían fijado la visita de final de estudios en Barcelona, interesados en conocer más acerca de la situación política en Cataluña. En realidad, la charla tomó la forma habitual de debate entre partidarios y detractores de la secesión. Los holandeses, claro, habían considerado oportuno que los contertulios tuvieran opiniones encontradas respecto a la independencia de Cataluña.

Opinión

¡Que viajen más!
Foto: Manu Fernandez
Andrea Mármol

Andrea Mármol

Periodista descreída de las citas y datos. Demodé. De la levedad sabida nace la virtud.

El pasado miércoles acudí a dar una conferencia en la sede barcelonesa del Colegio de Periodistas de Cataluña a un grupo de estudiantes holandeses. Los alumnos, del Máster de Políticas Públicas, habían fijado la visita de final de estudios en Barcelona, interesados en conocer más acerca de la situación política en Cataluña. En realidad, la charla tomó la forma habitual de debate entre partidarios y detractores de la secesión. Los holandeses, claro, habían considerado oportuno que los contertulios tuvieran opiniones encontradas respecto a la independencia de Cataluña.

No sabría decir por qué, pero a medida que, tal y como procuró mi contertulio, nos enzarzábamos en la sempiterna discusión sobre la inmersión lingüística y los hechos diferenciales, el público mostraba señales de fatiga, por lo que la moderadora no dudó en abrir un inusualmente largo turno de preguntas. Al contrario de lo que suele pasar en sesiones similares, las preguntas no hicieron sino arrojar luz a una conversación probablemente enviciada de las menudencias que monopolizan el debate público catalán.

“¿En qué sentido puede un catalán sentirse oprimido por España?”, preguntó uno de los asistentes, señalando hacia el exterior, como diciendo: “he estado paseando y nada parece indicar que esto sea una colonia”. Otro chico –todos muy jóvenes- alzó la mano para reflexionar en voz alta: “Parece lógico que no se permita hacer un referéndum contrario a la Constitución, al cabo, España es una democracia”. Obviedades, sí, pero olvidadas a menudo en las tertulias catalanas, donde defender la unidad constitucional de España y el proyecto común parece reservado a opiniones residuales y estrafalarias.

No pude evitar sentir cierta pena al comprobar que para que uno encuentre sus argumentos secundados en Barcelona hagan falta los observadores ajenos a la realidad catalana –y en algunos casos, española-. Sin embargo, que el episodio tuviera lugar apenas una semana después del ridículo internacional de los líderes separatistas intentado que algún dirigente democrático se enrole en su causa tuvo algo de alentador. Lejos del fervor patrio, el sentido común puede reservarse todavía unos cuantos reveses para quienes tienen el único plan de volar las leyes en Cataluña.

Defender la Constitución no es una extravagancia y sí lo contrario: Carles Puigdemont cada vez hace más el ridículo sólo en su nombre y no en el de todos los catalanes. Si no fuera porque sí somos todos nosotros quienes padecemos los efectos económicos de esos gastos, sería positivo animarles a que viajen más y sigan coleccionado proclamas contrarias a la ruptura proferidas por líderes internacionales. Las mismas, por cierto, que son tachadas de subalternas si se hacen desde dentro.

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